martes, diciembre 25, 2007

Fin de tregua

Ahí estaba entonces, esperándome en el exacto lugar en el que la había olvidado. First time I met the blues. El cantante de los Yardbirds suena como un negro pero no lo es. Disonancia. Mientras ella se acerca sin apuro, me digo que la voz debe de ser la de Buddy Guy.

Se instala en silencio junto a mí. Recuerdo una tarde de infancia en las cercanías del puente del río Santa Lucía, un reel nuevo, una tarta de manzanas, las trenzas rubias de Patricia, mi hermana. Siempre en silencio, me acaricia el lomo como a un perro viejo y cansado. Caricia imposible y lustral. Bajo la cabeza y pienso en la felicidad, esa cosquilla. La levanto. Sigo solo en el sillón del estar. Dos fotos. El vaso de oporto por la mitad.

Arturito de los tres pelitos, atiborrado de champagne y foie gras, me grita desde la cocina, muy convencido:

–Vos pretendiste el lago de los cisnes con un gorila, mi frustrado Rothbart. Errores así no hay calendario que los perdone. El tiempo no pasa, pasamos nosotros. Lo sabés muy bien.

Ombliguismo, un roedor temblando de rabia frente al espejo. Ascendencia y descendencia en la misma nebulosa. Agitación en una placenta que nunca será. Gloria a lo absoluto. La certeza íntima de una última e inevitable soledad. La verdadera comunión.

domingo, diciembre 23, 2007

Musée des arts et métiers

Curioso que, pese a frecuentar la zona desde hace unos cuantos años, nunca haya ido a este museo. Supongo que me negaba a ir luego de mi pésima experiencia con el museo nazionale della scienza e della tecnologia, en Milán, infamemente denominado Leonardo da Vinci (es cierto que el hecho de que Milán sea una ciudad que no soporto debe de haber influenciado).

Sin embargo este museo me resultó excelente. Pude ver finalmente una pascalina. En realidad unas cuantas, con distintos objetivos. La lista es larga y va desde artilugios como los bastones de calcular de Neper (chapeau, mi viejo) hasta un modelo de acelerador de partículas, pasando por trabajos de relojería antes los cuales hay que ser un insensible para no maravillarse.

Me quedo aquí con un detalle. El metro, unidad de medida fundamental del sistema internacional de unidades (ex sistema métrico decimal), tuvo varias definiciones a lo largo de la historia, relativas y absolutas, hasta llegar a la actual, relativa, que lo expresa como la distancia recorrida por la luz en el vacío durante un tiempo inmensamente diminuto y ridículo. Pese a que lo vimos en la escuela o el liceo, no recuerdo, me llamó la atención la primera definición dada por la Academia de Ciencias francesa, en 1791, que relaciona el metro, el litro y el gramo. Su primera definición del metro fue relativa y era la longitud equivalente a la diez millonésima parte de un cuarto de meridiano terrestre. Luego, un litro era el volumen equivalente a la milésima parte de un metro cúbico. Finalmente, se define el gramo como la masa de un centímetro cúbico de agua a la temperatura de 4 grados centígrados. Todo esto corresponde a la unificación de medidas realizada durante la Revolución Francesa.

Detayes, lo sé, pero no está tan mal recordarlos, aunque más no sea para evocar el eterno deseo normativo, del cual son largamente tributarios comercio y ciencia.

miércoles, diciembre 12, 2007

Navidad

Allan Hobson, catedrático de psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, afirma, entre otras cosas, que las pesadillas no son sueños. Química cerebral mediante, lo que científicamente parece ser una hipótesis bien fundada, tiene también resonancia romántico-kitsch y cierto efecto alegórico facilitado por una semántica de bajo presupuesto.

Mi última pesadilla refiere muy vagamente a la Navidad y termina como casi todas mis pesadillas épicas, termina con exagerado sudor, con taquicardia, con la garganta imposiblemente seca, termina con ese dolor en el pecho que se prolonga aún más que el desvelo posterior. Arrancado violentamente de una emulsión inmunda a otra más inmunda aún, sucede entonces el descargo obligado y frenético en la primera hoja encontrada, cuestión de sacudir lo que quede de pesadez. Y luego horas de mirar el techo, reconstruir la pesadilla, buscar indicios, recordar voces o caras o lugares, asistir mudo a la lenta congregación de cicatrices y caprichos.

La Navidad no es una mierda. La Navidad es una gran mierda. Y no lo creo así por renegar del espíritu gregario occidental, por no querer ser cómplice de una costumbre inocente y entrañable como Lassie pero que hace agua apenas se la sopesa un poco, por renunciar voluntariamente al orgasmo consumista. No. Es algo que siento desde tiempos en los que, falto de una dialéctica más o menos elaborada, simplemente sentía.

Últimamente escucho menos música de lo habitual, lo que indefectiblemente mina mi estado de ánimo. Emilio Oribe, en su libro Teoría del Nous, anotaba: “Pensar es necesario. Vivir no es necesario.” Últimamente debo ocuparme de situaciones que califico de prescindibles pero que resultan fundamentales para moverse en las tres dimensiones cotidianas. Así, los días pasan pero el tiempo no; lo incierto permanece incierto y a mí me es imposible moverme inmerso en esta falsa reconciliación. Últimamente se congregan cicatrices y caprichos en algo a lo que sólo puedo asistir en tanto testigo. Tengo la certeza de que todo es debido al síndrome pre Navidad. Allan Hobson, científico ante todo, dirá que lo mío no pasa de ser una inferencia arbitraria. Allan Hobson, para quien la Navidad no es una pesadilla, se equivoca y lo sabe. Sabe bien que todo esto es a causa del síndrome pre Navidad. Y sabe igualmente que en momentos así me reconforta la leyenda de Salomón, sabe que me alivia recordar que esto también pasará.