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Buenos modales

Mahinda nos cuenta durante el almuerzo que en Sri Lanka es de mala educación pasarse un cuchillo de mano en mano. Así, la costumbre quiere que para darle un cuchillo a alguien, se proceda a colocarlo en un lugar neutro (por ejemplo una mesa), para que su destinatario pueda tomarlo. Pienso en cuántos intentos de asesinato por arma blanca terminan en suicidio y me río solo. Mahinda me mira sin comprender. Encuentro una excusa razonable y el almuerzo prosigue. Tema siguiente: el terrorismo en Francia.

*

Título ambiguo: El canto del cuchillo.

Diez

Sólo los Beatles pueden calmar un poco esto que se parece mucho a una fractura incurable. Tres semanas canadienses más tarde, vuelta a la oficina, agitada pecera sin rumbo, tarima ocasional por la cual es conveniente honorar piruetas de cuando en cuando porque —después de todo— para algo a uno le pagan lo que le pagan.

Hace poco le contaba a un amigo —que tiene la curiosa costumbre de abortar unilateralmente las conversaciones— que la crisis es vieja, estructural (la voz de Lennon en Anna (go to him) es conmovedora) y tiene demasiado gusto a insatisfacción. Es cierto. Otro amigo dice que su hermano dice que ningún trabajo es bueno. También es cierto.

En uno de los mejores momentos de su carrera, Gabriel Batistuta declaró que el fútbol no le gustaba sino que era su profesión. De inmediato suavizó lo declarado pero ya había mostrado la hilacha. Tout compte fait, diez años de estudios universitarios y de postgrado para descubrir que todo te importa tres huevos, hay que ser un perfecto imbécil. Diez páginas de currículum que hace un buen rato me parecen más un acta de defunción que un motivo de alegría de madre que habla del nene o de profesional que cuelga su abanico de diplomas por la casa, cuestión de que el visitante vaya entendiendo qué terrenos transita.

Por suerte existen los Beatles, capaces de rescatar esta mañana. Por suerte existen otros salvavidas, algunos ya mencionados por el viejo poeta de Úbeda en su Más de cien mentiras. Por suerte.

Primavera

Como siempre que termino un curso, además del cansancio me quedan más dudas que otra cosa. Restaurante universitario. Almuerzo solo. Zitarrosa canta por encima de mi espalda doblada. 

Madre, por los médanos blancos, sin decir nada, se fue mi padre. 

Hay que ser un tipo infinitamente quebrado por dentro para entender a ese gran monstruo que cada vez que canta deja huellas. Salud, viejo, a vos tampoco te conoceré. Pero sin duda es más fácil conversar contigo que con algunos estudiantes, signo de que por los salones que frecuento el único que cambia de edad soy yo.

Dudas, decía. Me pregunto si esta indolencia generalizada es real, resultado de una generación absolutamente idiotizada por la tecnología o simplemente la proyección de alguien que cada vez cree menos en todo. Ayer fue la segunda vuelta de las elecciones regionales. La derecha se comió una trompada muy disfrutable. El Primer Ministro dice que asume su parte de responsabilidad y que las reformas continuarán su curso. ¿Por qué nos toman? Ah, nostalgia de un mayo del '68 que no viví. 

Madre, por los médanos blancos viene descalzo ese dios verde.

Y pese a todo salió el sol. Dieciséis grados, París excedido, escotes y minifaldas como si hubiera un tiempo a recuperar. Leo La décroissance est-elle souhaitable ? (de Stéphane Lavignotte) convencido de principio a fin de que el ser humano es, ante todo, profundamente inmediato y por ende idiota. Pienso en Thoreau, en Nietzsche, en Zerzan, en Chomsky, la soledad es atroz. Pan y circo, escotes, minifaldas, la vieja Europa va tan mal como cualquiera. 

Madre, por los médanos blancos han remontado tres barriletes.

Mis amigos se casan y descasan, tienen hijos, plantan banderas preciosas, ajenas, inalcanzables. Yo compro una guitarra, desempolvo el método de Sinópoli, que tras quince años de sueño me devuelve las mismas partituras, vuelvo a tocar valses, estudios y preludios de Tárrega, de Sor, de Villa-Lobos, me divierto como un chico.  Falto de banderas, intento los puentes. Mi madre era profesora de música. En casa siempre hubo un piano, guitarras, un acordeón-piano, un arpa y kilos y kilos de partituras que yo leía casi estúpidamente sentado en el jardín. 

Madre, por los médanos blancos viene bajando un carro de mimbre.

Alguien tendría que haberme explicado, hace muchos años, que la vejez es exógena aunque el cuerpo traicione. Lo constato, aunque yo me sienta igual que hace quince años, en el trato que se me dispensa a veces. Pero me siento igual, o casi, pese a creer cada vez menos, huellas de otra canción, más antigua, más de fondo. 

Madre, me he vuelto viejo.

Espectador

En estas conferencias es frecuente percibir una tenue niebla que huele a trigo, rastrear el origen, chocar visualmente con el molino de viento perseguido por el investigador que habla y gesticula en la tarima de turno, vagos recuerdos del speakers' corner. Y cuando de inteligencia artificial se trata, las posturas e imposturas se ofrecen como un abanico y a mí me da la oportunidad de evadirme para revisar un titubeante camino que lleva ya poco más de diez años.

Porque, se sabe, todo depende del cristal con que, a buen entendedor sobran, etc. Con ojos cosmogónicos, si cabe, el frío y la soledad son tan crueles que sólo se puede ceñir el sayo al cuerpo y seguir empujando en el desierto el carrito de supermercado pleno de cachivaches, creyendo que realmente se va a algún lado pero sabiendo en el fondo que hasta el templo de Salomón supo desaparecer un día hoy olvidado.

Un enfoque religioso murmurará vanitas vanitatum y se retirará, presumiblemente a misa.

Cuando el investigador es modesto, cuando asume la desigual lucha como un signo inequívoco de sus (nuestras) propias limitaciones, sueña en voz alta y sus sueños suelen ser compartibles, deseables, a veces nobles.

Pero cuando el desgraciado es uno de esos egos Zeppelin que acostumbra ventilar sus perlitas como si hubiera encontrado el Santo Grial o las notas destruidas por Einstein con la clave del campo unificado, entonces la charla degenera en monstruo soporífero y a mí me vienen esas ganas indecibles de también murmurar vanitas vanitatum y salir a ver si terminó la misa y quedó algo de la sangre del Cristo que sirva para acompañar una buena picada y algo de música.

Hasta hace un par de años me fastidiaba la impostura. Hoy me apena ver gente así, consumida por un circo que no es ni mejor ni peor que otros, pero es, en definitiva, un circo. Una amiga insiste en que esa condición oculta un agrio fracaso en el plano personal. No lo sé y creo que tampoco me importa: para conjurar la pena que me da, recuerdo la oveja que comía la corona de hiedra de Zaratustra y decía Zaratustra ya no es un docto. Pobre estúpida.

Por lo demás, la enseñanza y la investigación se me antojan ocupaciones verdaderamente útiles, como la medicina o la carpintería o la música, por mencionar algunos ejemplos. Pero Jeremy Rifkin tiene razón: trabajar como un burro es indecente. Además del riesgo de convertirse en uno y terminar en una noria, fatigando molinos que no de viento pero molinos al fin.

Embrión en formol

Como siempre, todo sucede en un tren. Difícil explicarte, a vos que cada vez venís menos porque últimamente hay poco y nada, difícil decirte que en realidad hay bastante pero se parece mucho a un embrión en formol: futuro asegurado, calidad de vida dudosa. ¿Triste borrón? Y travesía del desierto también.

Jornada agotadora en Grenoble. Presentación. Charla. Contactos. Y la eterna impostura, lujo de mariposa empalada en plena lepidoteca, brillo de roble apolillado, mirar de reojo el reloj, desear el techo, aire, sentir los hombros pesados, Atlas y otros oscuros.

En el palm suena la Bersuit. La argentinidad al palo. Milo es argentina, porteña, incapaz de decir championes o agua jane, cosas tan naturales, y quizá porque ahora pienso en ella sean estas líneas, estos garabatos que se arrastran frente a mí mientras me digo que no es ni la Argentina ni el Uruguay ni el dulce de leche ni un buen asado de tira –pero qué bien vendría un poco de picanha– sino un detalle de calendario. No hace mucho cumplí cinco años de residencia en Francia. Es cierto, hubo un impasse oriental de casi dos años en el medio, largo martirio de escenas repetidas, distimia como látex y también papelerío, jueza y finalmente un acta de divorcio que hoy ocupa un lugar privilegiado junto a otros diplomas que, justo es decirlo, también en buena ley he ganado.

Pero no es sólo un detalle de calendario. Me es triste escribirlo pero conozco mucho más Francia que Uruguay. Excepción hecha de la Corse y del DOM-TOM, he puesto un pie en cada región francesa. Difícil explicarte los motivos. Cuestión de trenes, tal vez. Sin embargo, la única vez que crucé el Río Negro fue para ir a San Gregorio de Polanco. Y todo era clandestino, clandestino e inocente, un imberbe de veintidós años mirando cómo una niña de dieciséis lo afeitaba frente al espejo del baño.

Pausa. Parada de quince minutos en Lyon. Y baila, baila, baila una danza rara. Tan Beatles, arreglos perfectos, tema de Bersuit, gran descubrimiento.

Y quisiera decir que es sólo una ignorancia geográfica. Quisiera. Por supuesto que desde esto que también es una burbuja sigo las noticias, me sigo enfureciendo y alegrando en medidas aleatorias, mando la papeleta, espero que llegue. ¿Y si hay plebiscito? Quiero creer que no viviré, desde lejos, una remake del voto amarillo.

Hace no mucho, en Montevideo murió Eros, un gato que vivió con nosotros más de quince años. Te parecerá estúpido pero la burbuja tiene esas cosas, las ausencias te golpean más, porque si imaginás que la ausencia acumulada como un silencio insoportable te prepara mejor… A la distancia, la certeza de la ausencia es la certeza del vacío aunque vuelvas, oh borrón de Ulises. Y eso se digiere despacio, rumiando, como la prosa de Nietzsche o el strudel. Zitarrosa dice que si estar vivo es viajar hacia la muerte, la vida es una viuda que sonríe. Actualmente estoy leyendo Morirás lejos, de José Emilio Pacheco. Zitarrosa, inmenso, canta murió mi madre, yo estaba ausente. Difícil que pase un día sin que piense en cosas así. Por eso me resulta curioso escribir que en general voy bien, que las ciclotimias han –tenuemente– entregado las armas, que esto es realmente una burbuja y yo disto mucho de ponerme a escribir mi Walden, pese a que con Milo cada vez pensemos más en un pavillon alejado de tanto ruido.

Te parecerá trivial y sin embargo tendrías que ver hasta qué punto están sembrados los campos franceses. Y si supieras hasta dónde ciertos lugares de la Camargue se parecen a Rocha (nota: hacer abstracción de caballos blancos y flamencos; otra: recordar el verso de Cortázar: de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados).

Y esto termina por aquí, sabrás comprender, incompleto, larvario, desordenado, cuestión de estar a tono con el sintagma que Rodia poco apreciará, no tanto por lo de embrión sino por el complemento preposicional, justo él, que suele entregarse a los caprichos de la morfotáctica y de la última tontería tecnológica, mientras lee a Shakespeare, gran quimera, y disfruta como una perra en celo.

Triple seis

Y su nombre es Thierry. Vagos rasgos de lechuza marcan sin clemencia su rostro y su bien ganado apodo de El autista –un máximo de diez palabras intercambiadas cada día– no oculta, al buen observador, un carácter particularmente abyecto. He sentido más aprecio por ciertos insectos que por él (pienso, por ejemplo, en las innúmeras arañitas desalojadas por la ventana con una servilleta). He tenido, me consta, niveles de comunicación más elevados con algunos insectos que con él. Baste observar que en el juego de apagar la luz para que el mosquito zumbe prenderla y plaf hijo de puta estás muerto hay una complicidad lustral y en cierto modo lúdica. Pero no, imposible, ardua tarea será el plaf en plena oficina, ver a Thierry como una hoja de palma contra la pared, descender indeciso en su deceso, darse contra el suelo, aplastado, hijo de puta estás muerto.

El autista hace lo que quiere y como quiere, y suele querer muy mediocre, solución a caballo entre ley de mínimo esfuerzo y mongolismo. Su andar de camello sin bozal refleja esa fofa y traicionera actitud frente a la vida. Incapaz de aceptar un error, se ríe nerviosamente de todo. En situaciones de alto estrés, cuando el cliente está a media hora de distancia y él no terminó lo suyo, incapaz de tirar la esponja dignamente, se ríe entre dientes y busca un compañero al que culpar. Experto en el arte de despejar el balón sin contemplaciones, encuentra en Clément una blanda cabeza de turco.

Entre él y yo apenas si cenizas, desprecio mutuo obliga. Soy su superior jerárquico pero no puedo despedirlo a causa de un complejo encadenamiento de relaciones personales y favores. Lo sabe. Pero lo que no sabe, siquiera remotamente, es el significado que quien garabatea estas líneas en un ferry camino a Tenerife atribuye a la palabra paciencia.

Confieso que cada vez que su cara de lechuza regordeta llega a la oficina –siempre tarde, siempre como un poco sucio y con aire de ir de compras al mercado–, murmuro mentalmente el proverbio árabe: siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su nombre es Thierry. Y como hasta el último testigo de este mundo, de cierto, de cierto te digo que contados están sus días.

Ponencias

Desde hace años colecciono títulos de ponencias. Me cuesta creer, a veces, que haya un escudo humano dispuesto a defender ciertos engendros. Confieso, sin vergüenza, que suelo asistir a algunas tan sólo para observar al bípedo eucariota ejercer el oficio que nos distingue de los simios o para tomar notas más amigas de una voluntad costumbrista o psicológica que de una curiosidad científica. No lograría explicar en breves párrafos cuánto me divierten ciertos malabarismos pseudo intelectuales. Hay que ir. En la última, hace poco, el hombre era tan esnob que, mientras respondía a una pregunta, dejó caer un hic et nunc que no sólo no venía al caso sino que podría haberlo dicho perfectamente en criollo, es decir en francés.

Estoy en plena escritura de un capítulo de un libro colectivo, lo cual me obliga a rever la bibliografía (ver post anterior). Indefenso, me encuentro con un llamado a un coloquio organizado por la cátedra de fisiología de la percepción y de la acción, del instituto de biología del colegio de francia (espero que las minúsculas aligeren un poco). Permitiéndome una traducción, el coloquio versa sobre la pluralidad interpretativa - fundamentos históricos y cognitivos de la noción de punto de vista. Go taking, me digo, cediendo a otra traducción, sin duda menos fiel. Encuentro joyas varias, entre las que destacan:

- La manipulación mental de los puntos de vista: ¿uno de los fundamentos de la tolerancia?
- Amabilidad y punto de vista en los diálogos del Renacimiento italiano.
- La paradoja hermenéutica.
- Waterloo y los espejos cruzados de la interpretación, de Stendhal a la teoría de juegos.

A veces me digo que la vida vale la pena. Los dejo, tengo que volver al capítulo.

Recomendables

  • Baccino T. – La lecture électronique, Presses Universitaires de Grenoble, collection Sciences et Technologies de la Connaissance, 2004.
  • Briet S. – Qu'est-ce que la documentation, EDIT, Paris, 1951.
  • Buckland M.K. – « What is a "document" », Journal or the American Society of Information Science 48 - nº 9, 1997, pp. 804-809.
  • Coirier P., Gaonac’h D., Passerault J.-M. – Psycholinguistique textuelle. Approche cognitive de la compréhension et de la production des textes. Armand Colin, Paris, 1996.
  • Fauconnier G. – Espaces mentaux, Paris, Ed. de Minuit, 1984.
  • Foucault M. – L'Archéologie du Savoir. Gallimard, Paris, 1969.
  • Halliday M., Hasan R. – Cohesion in English. Longman, New York, 1976.
  • Kintsch W. – Comprehension. A Paradigm for Cognition. Cambridge, Cambridge University Press, 1998/2003.
  • (para Krahd) Landauer T. – « Let’s Get Real: A Position Paper on the Role of Cognitive Psychology in the Design of Humanly Useful and Usable Systems ». In Baecker R., Grudin J., Buxton W., Greenberg S. (eds) – Readings in Human-Computer Interaction: Toward the Year 2000, Morgan Kaufmann Publishers, pp. 659-665, 1991.
  • Otlet P. – Traité de documentation. Editiones Mundaneum, Brussels, 1934. Reprinted 1989, Liège: Centre de Lecture Publique de la Communauté Française.
  • Peirce C.S. – Ecrits sur le signe, rassemblés traduits et commentés par G. Deledalle. Paris, Le Seuil (coll. L’ordre philosophique), 1978.
  • Saussure F. de – Cours de linguistique générale. Paris, Payot, 1995 (Paris, Payot, 1916).
  • Van Dijk T.A., Kintsch W. – Strategies of discourse comprehension. Academic Press, New York, 1983.
  • Vandendorpe C. – Du papyrus à l’hypertexte. Essai sur les mutations du texte et de la lecture. Éditions La Découverte, Paris, 1999.

Pasen y vean

En un post de Zeta, sokon m anota lo siguiente : “No se puede vivir de la literatura. Ud. tiene un trabajo de verdad, la cobertura perfecta para ser escritor. He visto que eso mismo pasa con la investigación académica/docencia: es una carrera en pos de unos mangos de presupuesto, un proyecto aquí y otro allá, un convenio acuyá.”

Si no me equivoco, lo que quiere decir sokon m es que no se puede vivir de la investigación académica/docencia (sic) y por ende se recurre al adagio de cualquier monedita sirve. Me consta que tiene razón. Y me parece interesante apuntar que ese comportamiento no es endémico de sociedades que consideran que la educación e investigación son caprichos relativamente prescindibles. Francia es un buen contraejemplo.

Aclimatado a tierras galas, conozco de memoria el ritmo que impone la mandolina. Porque hay mucho de instrumento de cuerda, de cantarle serenatas a la luna, de paye puro y duro. En lo personal es un fenómeno que denomino investigación vitrina. Grave degeneración epistémologica, el objeto no es un objeto de estudio sino de proyección: mostrar. Pasen y vean qué lindas tolderías. No todo es investigación vitrina; hay signos que la revelan. La ausencia de metodología es quizá el principal. La falta de rigor está a la orden del día. Y como si fuera poco, la investigación en Francia está sufriendo un cambio drástico. La creación de la ANR (Agence Nationale de la Recherche), en detrimento del rol del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique), ha hecho que para poder seguir jugando el juego se deba tener proyectos financiados por la bendita agencia. No porque los salarios no sean suficientes, ese no es el problema. El problema, además del dinero que financia viajes y cierta mano de obra, es ser parte de, estar en, poder responder en un congreso a la pregunta: ¿y uds. cuántos proyectos ANR tienen? Cosas así.

De golpe se cambia de economía. ¿Punto fuerte? Aumento de competitividad y, como supuesta consecuencia, de calidad (típicas loas mercadolibristas). ¿Punto débil? Aumento desmesurado de la investigación vitrina. Ergo, me digo, la calidad al tacho. Porque en este nuevo sistema cuanto más proyectos, mejor. Luego, el que mucho abarca poco aprieta y se hace un experto en mandolinas. Porque este nuevo sistema hereda la visión institucional y jerárquica que tan cara resulta a los franceses. Luego, un partenaire determinado puede “asegurar” la aceptación de un proyecto, lo que hace que los investigadores se inclinen de más en más a colaborar con instituciones que con personas.

Por lo demás, los casos de corrupción están a la orden del día. Y si bien el calificativo de corrupción puede parecer exagerado, da la medida justa. Porque una cosa son las luchas de poder, la constancia de que, así como lo administrativo está por encima de lo docente en ciertas “universidades” privadas en Uruguay, lo político está por encima de lo académico en Francia. Pero otra cosa son los acomodos: oscuras negociaciones de puestos que se suponen concursables y abiertos; proyectos que se presentan diciendo que se va a hacer algo que se sabe: (a) que no se va a hacer porque no hay interés o porque no es posible hacerlo, (b) que decir que se va a hacer asegura que el proyecto será aceptado; incluir en un proyecto a gente sin consultarla, cuestión de hacer pesar algún CV importante... La lista es larga.

El año pasado, Xavier Duzenat, docente-investigador en sociología, renunció, luego de un año de ejercicio, a su puesto en la universidad de Lille 1. Su carta de demisión es un buen retrato del mundillo académico francés, que se ve francamente agravado ante el establecimiento explícito de un mercado (si en el modelo anterior, en el que habría podido existir pacíficamente un esquema más transparente, la competitividad era atroz, ahora es mucho peor). A guisa de ejemplo, Duzenat no puede vivir tranquilo sabiendo cómo fue reclutado: en la comisión de especialistas (encargada de entrevistar a los candidatos y seleccionar quién queda en el puesto) coexistían dos “mandarines” que no se ponían de acuerdo: cada cual quería que su pollo (candidato local, ahijado propio o favor intercambiado) se quedara con el puesto. Entonces, como no lograron ponerse de acuerdo, eligieron a Duzenat para desempatar. Este hombre no tendría que haberse enterado de esto, puesto que los debates de las comisiones deben ser secretos. Pero fue tal la desprolijidad, que el rumor corrió en la universidad. Triste sensación ha de ser saberse reclutado así.

En lo personal, conozco tantos cuentos de serruchadas de piso, de venganzas cobradas, que podría escribir un libro, cosa que no haré. Rodia me desaconseja tratar este tema y me sugiere curarme en salud. Tiene razón. Pero esta es una forma también de ir cerrando etapas. Además de señalar que lo del proyectito acá y allá también pasa en el primer mundo, donde la cuestión salarial, puedo dar fe, poco tiene que ver con el asunto.

De coyunturas y otros males menores

Vacío de todo. Desde hace semanas, pasando hoja tras hoja. Gesto cansado y mecánico en un cuaderno ya casi ajeno. Borrones apenas, esfuerzos inútiles, tristes grises. Solo en la burbuja. La sala, opaca, se deja ganar por el saxo alto. Brubeck. Cuarteto. Take five. Del otro lado de la ventana, la garúa fina, helada, acuarelosa, también gris, se filtra poco a poco y llega a los pies del canapé. Quién dijo que todo está perdido, te preguntás estúpidamente mientras el saxo acentúa el azul. No sabés por qué pero es azul, un azul que se acerca al índigo y te hace sudar un poco las manos, sentir la garganta seca mientras intentás distinguir algo en la oscuridad, comprender de qué modo, azul, índigo, estúpido, garúa, gris, Desmond obliga al oporto. Savonner la planche. Serruchar el piso es savonner la planche. Y viceversa, aunque el contexto, depende, como siempre, vos me entendés. Hace rato que te están enjabonando la tabla. Lo sabés, lo ves, te da rabia. Intuís que tu añorado anarquismo primitivista no te ayuda. Demasiado Zerzan por este mes, te decís algo convencido, mientras observás por la ventana a los cuervos alinearse sobre la enorme antena de la vecina. También oscuros, garúa, arteros, parecen otear el horizonte. Les falta fumar y hablar de la vida. Les falta ponerse corbata. Les falta acercarte un saludo porque con cuervos hace meses que venís almorzando, reuniéndote, disertando en seminarios, pretextos mínimos para ofrecerles la tabla que enjabonan con todo el gusto del mundo, entre sonrisas y deseos de buen viento. Pero su único horizonte es el espejo. Estás harto de la impostura y no pensás mover un dedo porque hace rato que estás buscando la puerta de salida. Pero lo mismo la rabia. Y no pensás mover un dedo por aquello de las margaritas y los chanchos. Pero lo mismo no te lo esperabas. Y no pensás hacer otra cosa que quitar el cuerpo y seguir camino porque, pese a todo, seguís siendo fiel a tus berretines taoístas, y porque sabés perfectamente que la resistencia es también punto de apoyo, flanco ofrecido, una falencia. Pero te cansa y te deja vacío. Quién dijo que todo está perdido. Segunda copa. Honrás una vez más la inscripción del anillo de Salomón. Dios guarde la leyenda. De momento decidís volver a la música. Take five. Cuarteto. Brubeck. De momento sabés lo que vas a seguir haciendo. Lo mismo que desde hace semanas. Pasar hoja tras hoja en el mismo gesto cansado y mecánico. Vacío de todo y a la espera. Vacío, vacío, tres veces vacío, disfrutando anacrónicamente de un mejor día, uno azul pero distinto, azul de prusia, sol y pájaros, decimocuarto arcano mayor, la Paz, ese gran hotel de paso.


Puntos de vista

He presenciado muchísimas discusiones entre lingüistas, pero la de hoy tuvo berretines de épica. Porque cuando lo que se discute es la terminología, entre lingüistas corre sangre. Ejemplifico caricaturizando. Coloque una manzana sobre una mesa. La manzana es verde y la mesa, de roble. Es todo lo que hay en una sala que no existe porque el resto es la nada o el todo, discusión que no abordaremos aquí porque estamos en el sector lingüística y no filosofía.

Intuimos que es con perfidia que Juan comienza diciendo que la manzana es una fruta. Pedro, de inmediato, hace saber a los contertulios que, Magritte mediante, ese objeto es una instancia concreta de una clase del mundo que, casualmente, se denomina, en español moderno (pausa enfática antes de decir moderno), manzana. En respuesta, Juan de seguro cita a algún griego -puede ser Zenón, por ejemplo, o Aristóteles, que es un favorito en el área- y procede a opinar que el procedimiento que lo lleva, a él, a aceptar la manzana en tanto manzana consiste en la aceptación de la lengua como reflejo de una realidad en la que significado y significante son, en su modesta opinión (pronuncia modesta con engolamiento), independientes de toda instancia enunciativa. Pedro, que no prestó atención porque está pensando en cómo darle profundidad a su proselitismo sin que parezca tal, sale al cruce hablando de un fenómeno paradigmático mediante el cual una manzana y una pera no son lo mismo pero andan ahí. Ahí en tanto clases pero no instancias, ojo al gol (cejas en alto, lento rotar de cabeza para cubrir la sala con la mirada).

En general estas discusiones llenan el espacio y el tiempo como la masa el molde. Se pasa inevitablemente por una fase de echarse la culpa, de acusarse entre todos de embarrar la cancha con definiciones inútiles, con referencias descontextualizadas. Unos quince minutos más tarde, cuando la sangre ya ha corrido lo suficiente y ambos siguen hablando de lo mismo pero, bajo ningún concepto, de lo mismo, Juan, con presumible alevosía, menciona al pasar que la equivalencia pera-manzana no se corresponde en términos estructurales puesto que, sabido es, una es una esferoide y la otra una simple pera. Pedro, casi poseso, previene que según Corquivart, 1960, tratado general de lingüística y afines, ediciones Manolito, página 78, tercer parágrafo; según Corquivart la palabra peroide podría existir como resultado del mismo mecanismo que vuelve caducas las de por sí no muy sostenibles pretensiones de Juan. Este último, un poco hastiado ya, comenta que el estructuralismo frutal jamás dio resultados y que sus alegres voceros no hicieron sino tomar unos pocos ejemplos harto convenientes.

No dejan de sorprender los buenos modales. Porque esta gente te cava una fosa y te entierra de pie, sí, pero para agarrar la pala se ponen guantes blancos.

Si todo sigue su curso natural, vendrá un compacto de diez minutos en los que se intentará, infructuosamente, discernir si, en realidad, la manzana está sobre la mesa o la mesa debajo de la manzana. La cuestión no es menor porque sirve para distinguir roles y funciones, que, bajo ningún concepto, son la misma cosa, atento Casco. Alguien desde la tribuna acotará que todo eso (probablemente índice en alto), todo eso sin haber atacado el problema del color de la manzana, que es verde pero no uniformemente, por lo tanto no es verde, cuestión que le arruina la ataraxia a cualquiera.

Curioso que el desenlace sea más o menos siempre el mismo. Los bandos formados, la charla va derivando según caprichos, autores y vientos verbales, hasta que en algún momento llega Eva y se come la manzana, punto inicial de una historia que, si no me equivoco de auditorio, más o menos todos conocemos.

Pseudo ranas

Había una pseudo rana. Eso acaba de decir la mujer: había una pseudo rana. ¿Cómo llegué, en nombre de Dios y todos los santos, a esta reunión? Y ella sigue hablando de la falsa disección de ranas, mientras yo pienso en la inmortalidad del cangrejo. Pero ella no habla de decápodos highlanders. Ella habla de ranas. De pseudo ranas. Hablar. Son las 15:25. Comenzamos a las 10. Terminaremos a las 18. En algún lado de mi organismo anda el conejo con spaghetti del mediodía. Parece vivo. Y bastante inquieto. Otro highlander, quizá. Y luego esa crème brulée que fue imposible terminar. Y ahora las ranas. Las pseudo ranas. Terminaremos a las 18. ¿Cómo llegué, Dios mío, a esta reunión? Pero ella sigue hablando de ranas, de escalpelos virtuales, de las épocas de l'école (ah, quand on était à l'école, hein...). De pseudo ranas. Y así.

Gabón

El morocho es gabonés. Lo delata su color casi azul, su acento y, sobre todo, que a cada rato refiere a su nacionalidad. Gabón, tierra de pigmeos; aunque el tipo, justo es decirlo, es enorme. La problemática evocada en su presentación es que el país es un crisol de etnias, pueblitos con variaciones lingüísticas propias, y, como si tuvieran poco ya, el idioma hablado viene a complicar aún más las cosas. Lo olvidamos a menudo, pero un idioma se adquiere, es una herramienta y puede ser al mismo tiempo una característica de pertenencia, un signo de. Pero en tanto signo puede también revelarse estigmatizador, como ya veremos.

El país está partido al medio; o algo así. Por un lado los pueblitos, en los que se hablan lenguas vernáculas, y por otro lado la capital, en la que la que rige el mambo es el francés. Los niños, tema principal de la ponencia del morocho, adquieren el idioma del padre “culturalmente más fuerte”. Ni siquiera tengo tiempo a mentalizar mi duda porque este buen hombre explica de inmediato que la noción de “cultura” está íntimamente ligada, o más bien supeditada, a una noción de “políticamente conveniente”. ¿Un ejemplo? Una pareja de etnias diferentes se casa. Etnia diferente significa idioma diferente. ¿Cuál idioma se habla en casa? ¿Cuál hablarán los niños? Bueno, si resulta que la mujer tiene un hermano que está casado con la hija de un ministro, y el hombre, al contrario, es monsieur n’importe qui, entonces el idioma que prevalece es el de la mujer. Así lo explica el morocho.

Pero eso no le parece tan grave. Grave le parece que lo que más se esté hablando últimamente sea el francés, fenómeno ligado a que todos se van a la capital. ¿Por qué se habla sólo francés en la capital? Cuestión de que ninguna lengua vernácula tenga lugar, lo cual lograría que una etnia prevalezca. Y entonces, para asegurar ese todos-al-fondo-del-tacho, hacemos que el idioma oficial sea el francés y que, por lo tanto, la educación se imparta en dicha lengua. Siguiendo un razonamiento mínimo: si querés “ser alguien” (i.e. salir de la miseria de los pueblitos), tenés que estudiar, ergo hablar francés. ¿Prospección del morocho? La muerte de las lenguas gabonesas, a saber: feng, gisir, ikota, inzebi, insangu, tsogo, lembaama, liduma, myene, pove, punu, teke, vii, wumvu. Su estudio, realizado sobre mil doscientos niños, parece apoyar este presagio.

Confieso que me distraje imaginando combinaciones graciosas, tales como feng ikota punu punu, liduma teke teke. Pero esto no viene al caso, porque, mientras yo divagaba, el morocho se extendía en un discurso sobre el doble discurso de Francia, que por un lado habla de querer ayudar al Gabón y por otro lado promueve una educación en francés.

Tiene razón. Le faltó decir –pero el lugar no da, tiene que hablar de otra cosa– que Francia retrocede. Y lo hace, principalmente, por un temor indecible a, cuando menos, tres países: Brasil, China e India. Estos tres países, denominados “emergentes”, disponen de enormes cantidades de mano de obra barata, situación combinada con patéticas lagunas en materia de derechos laborales y humanos en general. ¿Solución a esto? Para Francia, completamente obsesionada e idiotizada por estos fantasmas, la solución es retroceder unas cuantas casillas en la Historia. Y por ello Sarkozy, alguien capaz de pisotear décadas o siglos de derechos ganados, asumirlo y, mejor aún, sentirse orgulloso de.

Y una cosa no está tan lejos de la otra. Los pueblitos se vacían. Francia retrocede. El santo y seña es el mismo: globalización, esa gran degenerada. Pero el morocho no puede decirlo. Realmente no puede. Y es una lástima.

Ibant obscuri sola sub nocte per umbras

Salgo no sé si muy vivo pero al menos coleando de una breve temporada en el infierno. Dos semanas de nudo en el estómago, de volver a trabajar más de sesenta horas semanales, fines de semana incluidos. Largos días de perro acorralado, de buscarle la vuelta a algo que no podía no suceder y que, como todo lo que no puede no suceder, sucedió: el veranillo se termina en dos meses. Mi estado de situación coaguló en menos de un segundo: no existe reconciliación posible, no compass, no map, no reasons to get back. Es decir que el veranillo se termina y me urge continuarlo. Entonces, como dijo Lenin: ¿qué hacer? La respuesta es obvia y se resume en una palabra: quedarse. Nueva pregunta: ¿cómo?

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En mi mesa de luz un desorden de libros, todos a medio leer, calco perfecto del otro desorden y una mala costumbre que lleva años de leer varios libros al mismo tiempo: François Miterrand, Serge Bramly, Abbé Pierre, Raymond Devos, Vladimir Jankélevitch, Alexandre Soljénistyne, Boris Vian, José Emilio Pacheco, Néstor Sánchez, John Fowles, Juan Martín Castellonese, William Yeats. Y pese a la temporada y a la mala costumbre pude, sin embargo, terminar Oro, de Cizia Zykë. Libro de aventuras que cuesta situar en el siglo XX, libro de un aventurero que, viviendo sin leyes, por una carambola desembarca arruinado a Costa Rica y se dedica, entre otras cosas, a buscar oro. Quienes hayan disfrutado las aventuras contadas por Sepúlveda o Paternain, para no caer en el trillado ejemplo de Coloane, disfrutarán del libro y al mismo tiempo se enterarán de la corruptela existente en Centroamérica a comienzos de los años ochenta. Dicho sea al pasar, varios pasajes de Oro me hicieron pensar en el libro La llanura de Dotán, de Castellonese. El otro libro terminado se llama Bernard Pivot. Le métier de lire y se lo recomiendo a quien no conozca a Pivot, director del programa de televisión Apostrophes, referente para la literatura en Francia durante quince años. Para decirlo breve: por Apostrophes pasaron casi todos. A modo de ejemplo, además de casi todos los autores de los libros que atorran en mi mesa de luz, asistieron Nabokov, Dumézil, Yourcenar, Bukowski, Lévi-Strauss, Vargas Llosa, Le Carré, Perec, Modiano, Barthes, Sagan, Hagège, Simenon, Eco, Kundera, Wolfe, Miller, Mailer, Sontag... O sea que andá llevando.

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Y decía que salgo de una temporada. Creo al menos que salgo. La agonía deja un plan apenas esbozado. No muy minucioso, sin duda, pero un plan. Un plan que recuerda a los chinos, esos devotos del principio de optimalidad. Un plan que honra al Tao, a aquello de que más que planificar a muy largo plazo, lo que optimiza es aprovechar el potencial de cada situación. Un plan al fin.

Desplazamientos

Otra vez en un tren, allez hop. Gare de Lyon. TGV. Avignon en 2h37’. Me espera una jornada y media de reuniones con semiólogos y lingüistas para trabajar en torno a la mediación actual en sitios Web, teniendo en cuenta el potencial que brinda la tecnología hoy. Se hará particular hincapié, a lo largo del proyecto, en la noción de traza de uso que, por ahora, nadie nos ha sabido definir formalmente.

Zitarrosa en el palm, camisa, olor a after shave y un par de guantes porque se vino un frío nórdico que te la debo.

En la última reunión de este proyecto, bastante adormecido, había atinado a anotar en un papel que encuentro ahora mientras preparo la media jornada de hoy: “¿Todo es una traza? Una tribu de escribas en Armani. Visión final: un reloj roto, el desierto, la marca de la soga. La paz.”

Estaba cansado y exageraba, porque en realidad la temática del proyecto me gusta. Y más aún me gusta viajar. De Avignon me quedo con el mistral, la luz, el puente mil veces caído, el palacio de los Papas donde pude asistir al poder del clero, sus bajezas, quizá el pináculo de su hipocresía. Deuda pendiente: el museo de pintura del Petit Palais, que me lo han mentado como grandioso.

Son las diez y media de la mañana. Fiel a un carácter contradictorio, odio las mañanas pero las disfruto enormemente y suelo ser productivo en las primeras horas, incluso soñoliento y titubeante.

Y hablando de productividad, a causa de una exposición temporal, estuve por el Pompidou el fin de semana pasado. A Giacometti lo conocí en el Museo Lousiana, en Copenhague. Admiro incondicionalmente algunas de sus obras. Y por eso mismo al salir de la exposición me quedo pensando, algo triste, si se repitió el artista en sus fantasmas o el museo en sus obras. Y luego el resto del Pompidou, lo moderno y lo contemporáneo, que siempre tomo con pinzas, sopesándolo con cuidado. Seguramente suceda con todo el arte, pero hay cierto tipo de expresión artística que no puede ni decodificarse ni valorarse si no se tiene en cuenta su contexto histórico, mal que le pese a krahd, quien opina, no sin cierta razón, que el punk no pasa de un peinado y tres acordes. Contextos. La famosa frase de Lennon en el Royal Variety no deja de ser una tontería, una ocurrencia infantil con una sonrisa que la amortiguaba; pero la reina estaba en el público. En sus orígenes en Europa, el tenedor no pasaba de un capricho, un capricho digno de abominación en algunos casos extremos. La foto del soldado negro saludando la bandera francesa, en tanto expresión artística, es otro ejemplo, bien explicado por Barthes, de contextualización obligatoria.

Por eso el Pompidou me genera siempre sentimientos que se mueven entre la emoción y el rechazo. Me sigo quedando con mis escasos gustos, algunos Miró y Braque, casi todos los Kandinsky, Zao, los desnudos de Balthus, mi venerado Modigiliani, con suerte algún Mondrian, Pollock monstruo nocturno, algo de Picasso, de Malevitch, el surrealismo en todas sus formas, aún las más trilladas y Bretón repetido, sin ideas, intelectualmente arruinado. Pero por el resto, que caigan ranas del cielo y se abra la tierra.

Sin embargo ahora debo concentrarme en los seis textos que se discutirán en la jornada y media que me espera, en Avignon, luego de 2h37’ de atravesar el interior de Francia, de ver transcurrir bosques, montes, pequeñas ciudades, innúmeros campos sembrados y pensar en la canción de Zitarrosa, que sigue en el palm, y preguntarme yo también, aunque sepa en gran medida la respuesta, por qué, en Uruguay, si hay tanto campo hay tanta gente pobre.

Reuniones

Salgo arrastrándome de una reunión repleta de lagartijas, perezosos y hasta un mellado que hizo una presentación oral, un muchacho muy, muy voluntarioso pero demasiado muy.

Y pienso en lo curioso del final de la reunión. La directora del proyecto que me llevó hasta la ominosa sala habla de los somníferos y se propone responder a la pregunta siguiente: ¿cuál fue el primer somnífero? Somníferos, oh coincidencia, me digo bostezando. Alguien atribuye su invención a Hipócrates. “El primer médico” repite dos o tres veces el mamaliano terrestre con un aire de erudito entarimado que te la debo. Pero el sayo, luego de una búsqueda en Internet, le cae finalmente al romano Celsus y se ven caras de aprobación en la hinchada. Dudas varias porque los egipcios, ya se sabe, pero la hinchada se conforma con Celsus, posiblemente por la hora –pasado el mediodía– y el hambre. Se cita en voz alta el pasaje encontrado, en el que se refiere a la mandrágora.

Mandrágora me lleva inevitablemente a Sabina y este a “Yo me bajo en Atocha”. Comienzo a escuchar mentalmente la canción, lo cual me alivia de la fauna existente porque justo resulta que entre lagartijas y perezosos había una cacatúa a la que se le ocurre activarse a último momento, cuando ya todos miramos la puerta de salida con cariño.

Pasado el trance, llega la clausura: momento de atribuir tareas. Entonces, misteriosamente, todos nos convertimos en perfectos contorsionistas en el antiguo juego de quitarle cierta parte del cuerpo a la jeringa. Haciendo un rápido cálculo mental, me digo que es una escena que debo de haber vivido, por lo menos, unas trescientas veces. La idea de computar en trescientas el número de reuniones de este estilo me genera un malestar que sólo logro aplacar subiéndole el volumen a Sabina.

Ya no sueña aquel niño que soñó que escribía: corazón de María no me dejes así...

Autocrítica

Me encuentro con un colega y discutimos un rato sobre los proyectos de cada uno. Se permite realizarme sugerencias varias, que anoto con interés y palpando la criba por una cuestión de rigor automático. Animado, retribuyo con algún apunte sobre sus trabajos, principalmente en aspectos bibliográficos y cruzándolos con otra disciplina, cuestión de ganar en perspectiva. Su rostro cambia ligeramente pero el tipo mantiene la figura como un Lord. Intuyo que no le agrada la idea de hospedar mis apuntes y haciendo gala de un mecanismo que conviene dominar en estos ámbitos, a saber el de despejar la cancha groseramente, le indico que mis sugerencias apuntan a prevenir ataques de ciertos colegas que suelen pulular por los pasillos con la guadaña en una mano y la botella de champagne en la otra. Muy español él, me recuerda estos versos del Siglo de Oro, pertenecientes a un plagiador de Quevedo:

ni me inquieta y os absolvo
si pensáis que es mierda en polvo
me resulta indiferente
si decís mierda caliente

No sé qué responderle pero intuyo que en este caso mi asentimiento gracioso ha sido lo más adecuado.

Todo es número

A veces me pregunto cómo llegué a esta situación. Hasta cierto momento yo era un estudiante, luego un ayudante, vinculado al ambiente universitario pero siempre viviendo en mi burbuja y en algún momento plop me encontré del otro lado del mostrador.

Me consta que el carácter excéntrico es endémico del ambiente en el que me muevo. No reniego de mi condición de chimpancé. Es sólo que no me gusta ser parte del circo. Cumplo con mi impostura pero me interesa que siga siendo precisamente eso: una impostura.

Las excepciones, que las hay, son lo que más rescato de esta zona nebulosa porque son personas que también se mueven a contramano del promedio, suponiendo que el término promedio tenga algún sentido.

Tardé años en darme cuenta de que la casi totalidad de mis amigos son universitarios. No escribe un clasista, escribe un sorprendido. Porque tardé todavía un poco más en darme cuenta de que había salido de una burbuja para meterme en otra.

En literatura se habla de registro lingüístico. En psicología, de habilidades sociales. En los amplios salones, de buenas costumbres. Mezclo, lo sé, soy consciente de que cruzo conceptos en el mejor de los casos amigos.

¿Alguna vez fuiste consciente de tus propias impostaciones? ¿Te preguntaste por qué te rodea la gente que te rodea? ¿Cómo llegaste a estar donde estás y en el estado en el que estás?

Rectificación

Confieso que me equivoqué. Quisiera rectificar el post anterior. El congreso está bastante aceptable. No tanto porque haya charlas que me interesan, ese suele ser siempre el caso, sino porque la gente es agradable. Me quedo pensando si será el estilo expansivo y familiero de los tanos. Eso sí, no faltan los anglosajones con su estilo business is business y las preguntas cuyo espíritu es: ¿funciona o no funciona? y si funciona ¿a qué porcentaje lo hace?

Este humilde personaje, contaminado por el espíritu galo más bien hiperreflexivo y orgulloso de saberse (¿creerse?) una excepción cultural (hablo del espíritu, por supuesto), tiende a tomar con pinzas las preguntas modelo cuadrillé.

Rodia contradecirá estas líneas pero no me importa: en breves días estará por Lutecia y más le vale que vaya poniendo las barbas, que no tiene, en remojo porque acá lo de funciona o no funciona directamente no funciona.

¿La octava colina?

Estoy en Frascati. Esto no es un juego de palabras: estoy realmente en Frascati. Una vez más, solo en un pueblito, revisando la presentación, el inglés, las camisas (horror, horror), afeitándome prolijamente, todas las credenciales necesarias para calzar en este molde que, si me apurás un poco, te diría que me tiene bastante podrido. En situaciones así recuerdo ciudades como San Carlos, Jaén, Cáceres, Caen, Avignon, Rosario, Autrans, La Habana, Santiago de Chile... La idea es la misma de siempre. Ya he dicho que un burro con corbata es cuando menos un burro respetable. Y así vamos. Yo no uso corbata, pero lo mismo rebuzno, aunque de costado, a lo compadrito, cuestión de estar a tono y ponerle un toque rioplatense al asunto.

Siempre es raro estar en una ciudad en la que no conocés a nadie, en la que tus únicos referentes son un hotel, una conexión a Internet y un cuadernito de notas en el que escribís apuntes como éste. En los aeropuertos y en las estaciones de tren tengo invariantemente la sensación de que, además de estar en un lugar absolutamente impersonal, estoy en un espacio fuera del tiempo, como estático pese a su función dinamizante, una sucesión de calcos de personas yendo y viniendo, recibiendo y despidiendo a otras personas, cosas así. Al recordar el cuento de Onetti llamado “El infierno tan temido”, me he imaginado en más de una ocasión trabajando en un aeropuerto. Suelo ser vendedor en un free shop o barrendero. En las horas más amargas soy controlador de inmigración. Creo sinceramente que el trabajo dignifica, pero Dios me libre y guarde.