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La Schutzstaffel en Uruguay

En 1975 Serge Gainsbourg publica la canción S.S. in Uruguay. Bajo el sugerente título se esconden la visión de un Uruguay refugio de nazis y todos los lugares comunes sobre los cuales, con lucidez, canta el Cuarteto de Nos en No somos latinos.

S.S. in Uruguay, sous un chapeau de paille je siffle un jus de papaille avec paille. Esta canción, pegadiza, casi trivial y tonta, con los clásicos coros gainsbournianos de mujeres cantando un francés con acento británico, se ve saturada de sombreros de paja, jugos de papaya tomados con pajita, el sol omnipresente.


Curiosa miniatura de Gainsbourg (a quien se le perdonan largamente ésta y otras burradas, tanto como a Voltaire cuando hablaba de geografía), forma parte de un conjuro denominado Rock around the bunker, cuyas tierras pueblan grandes canciones como Nazi rock o Yellow star.

Dejaré de lado la polémica que causó el disco, muy mal recibido en la época, por la acidez —a la Vian— inherente al tratamiento musical de los temas cantados. Yellow star, por ejemplo, es lo más parecido a un mal comercial de juego de quiz, en el que Gainsbourg canta que se ganó la estrella amarilla y termina diciendo: “difícil para un judío la struggle for life cuando lleva la estrella amarilla”. Que un judío se burle de los judíos siempre me ha generado un cierto respeto. Dejaré de lado igualmente la versión de S.S. in Uruguay que hace Julien Doré, especie de Taddei o Johansen francés.

Et toujours ces couillons qui parlent d'extradition. Mais pour moi pas question de payer l'addition...

Cuando escuché este tema por primera vez (hace por lo menos cinco años), me reí de la letra. Luego, hace algo así como un año, cuando se descubrió que el ángel de la muerte pernoctó en tierras orientales, no me causó ninguna gracia. Gainsbourg no lo sabía: eligió Uruguay por la sonoridad y sin saber que, como dice su tema, Mengele tampoco pagó la adición.

Espejo

Yo también lo noto cada vez más. Cuenta Borges en "El congreso":

Noto que estoy envejeciendo; un síntoma inequívoco es el hecho de que no me interesan o sorprenden las novedades, acaso porque advierto que nada esencialmente nuevo hay en ellas y que no pasan de ser tímidas variaciones.

Groucho

—Vos siempre el mismo anacrónico, negro —me apostrofa Arturito de los tres pelitos, que volvió de un largo invierno y desde hace media hora investiga mi nuevo apartamento—. Ahora te colgás con la genialidad de Groucho Marx y no hay quien te soporte, leés encerrado en el baño del hotel para no joder a aquélla, como si contigo no tuviera suficiente, buscás durante horas en Internet, arrasás youtube cual pichón del azote de Dios, vos que de huno no tenés ni medio, si me permitís chascarrillo y figura por el mismo precio. Che, linda cueva tenés ahora, qué andarás fabricando.

Lo interrumpo para comentarle que lo que el tipo le hace a Bill Cosby es para sacarse el sombrero.

—Y vos de seguro te sacarías el chambergo o el jipijapa, sin querer ofenderte. Naciste en el siglo equivocado, mi viejo —me alcanza un vaso de vino—. Catame este tinto Rioja que te traje de España. Es crianza y propiamente un asco, mejor sería masticar roble o la sordina del piano. Lo que es un milagro es que no te gusten los vestidos de muselina y no honres ajenjo y rapé como debería alguien con tu perfil. A ver, nombrame un filósofo, un músico, un humorista y un escritor que veneres y estén vivos.

Vacilo algunos segundos, digo que eso de venerar habría que verlo en detalle, luego cito en orden y poco convencido a Sloterdijk, Gad Elmaleh, Abelardo Castillo y me quedo en blanco, pensando en un músico posible. El vino es intragable. ¿Smith? ¿Waits? ¿Buarque? ¿Calamaro? ¿Jarrett? ¿Tiersen? Decisión imposible, queda poco y lo que llega, cuando no es mierda en polvo, apenas se acerca a lo aceptable.

—Mirá —me dice canchereando, mientras revisa todos los armarios de la cocina en busca de algún sólido—, el germano te gusta por provocador, decís Gad sabiendo que Pettinato es más brillante y que a Ryan Stiles no le llega ni a los tobillos, fijate un poco. Y Castillo, maestro, se lo merece, pero tanto como Peri Rossi. Pero no sabés qué más decir porque vos en realidad hubieras querido decir Nietzsche, Mozart, Groucho y Poe, o, por qué no, llenarte la boca con Thoreau, Gainsbourg, Coluche y Borges, u otras variantes similares, figuritas que, mal que te pese, están más manoseadas que las remeras con el Che estampado.

Me limito a acotar que tal vez no se equivoque.

—Gran amante del litote saliste, perlita de arrabal. Tu problema no admite demasiadas soluciones. Dejando de lado el suicidio, que negás andá a entender por qué, tenés la nostalgia, el polo norte y el rummy canasta.

No recordaba que le gustara tanto cansar los maxilares. Además no es exactamente un litote por el rasgo condicional del tal vez. Pero lo sabe, me está toreando. Cito de memoria a Luis Rosales: como sé que al morir terminará la muerte.

—Y mi tía Gregoria —me dice antes de abrir la heladera—. Bueno, pizpireta dama de organdí, hasta la heladera está vacía. Rajo al súper a comprar algo porque ya veo que vos mucho Groucho pero para picar ni un queso pasado de época como vos, esas franchuterías que te gustan tanto y que además de abundar en grasas saturadas sirven para espantar cucarachas y mosquitos. Aguantame. Te dejo masticando el vino.

Tal vez vuelva. Difícil saberlo con Arturito. Por lo demás, tiene razón, cada lectura de un suplemento cultural, cada acercamiento a los estantes de novedades en librerías y disquerías confirman lo que la bestia de los tres pelitos dice con tanta dulzura. Dejando de lado otras decadencias que plagan los cuatro vientos, la que más difícil me hace la vida es una de orden estético. No creo que cambie. Ni la situación ni Arturito. No es grave, el polo norte no está nada mal, lo cual, además de confesión, califica como litote.

Cuando en tierras extrañas miro triste

Bueno, ocurre otra cosa: yo estaba en el año sesenta y uno en Austin, Texas –un territorio que yo quiero mucho– y había un señor paraguayo. Y me hizo oír unos tangos. Yo estaba avergonzado, se llamaban A media luz, La cumparsita, no recuerdo los otros… Y pensé: qué horror, voy a tener que simular que me gustan y a mí me parecen una vergüenza. Luego me di cuenta de que estaba llorando. Es decir que mi cuerpo lo sentía de otro modo.

Imposible contarlo de mejor manera. Pero eso ya lo sabés, vos que también pernoctás bajo este cielo que no es el cielo de tu tierra, vos sabés muy bien por qué recluido en el baño luego de una reunión con un potencial cliente, Herr Doktor evocó, durante cinco minutos que le parecieron un desahogo eterno, esta confesión que Borges le hace a Carrizo en sus memorables Conversaciones.

Es así y ya lo cantaba la épica en noches remotas. Está el momento en el que el fiel falla y la balanza se te va al quinto carajo, instantes en los que una foto o un perfume, sea de monte o de calle empedrada, pesan más que las frutas y la mirra que has ido acumulando en tu plato cotidiano. Poco importa que luego te recuperes, que le digas al día y al espejo que la vida es el mundo y que –como es sabido– sigue andando, así que mejor volver a la oficina porque tenés una lista obscena de pendientes. Poco importa porque luego, preferentemente de madrugada y a solas con un oporto o un Saint-Émilion, cuando la vida se hace carne, los otros pendientes, los que realmente importan, aparecen de nuevo y te empieza a importar que esta luna no brille como aquella, la que de noche blanca corría pero hace años no ves más.

Todo empieza de mañana con la curiosidad casi infantil de algunos compañeros de trabajo, ¿música popular uruguaya?, ¿no es igual que en Cuba? ¿es como Shakira?, cosas así. Herr Doktor se propuso, con mucho gusto porque una cosa es el destierro y otra la estupidez, confeccionar un compilado más o menos decente. En el mensaje enviado se vio disculpándose de un repertorio a la Prévert, hablando de milongas, gatos, bagualas y chamarras, payadas, vidalitas y zambas, mencionando la murga y confesando su poco amor por ella. Hubo una breve historia de mestizajes, del esclavismo, y, a falta de ejemplo concreto, hubo hasta Clara de NTVG y Negra murguera de la Bersuit. Quiso explicar más pero temió la enciclopedia inútil. Se limitó a mencionar algunos artistas, colocando a Zitarrosa al frente, por mejor, por poeta, por su voz, por sus arreglos de cuerdas y los sinfónicos también. Y, como de costumbre, Herr Doktor terminó hablando de las dictaduras, del exilio, de un sufrimiento que duda puedan siquiera evocar.

Y luego la piedra ahí mismo, todo el día el bloque en el estómago, en el pecho, sube y baja, en cada correo, cada intercambio, pregunta o respuesta o chiste, el almuerzo obligado y la reunión con el potencial cliente. La piedra incrustada, salvaje, mientras el hombre le habla de costos y beneficios y ventajas fiscales y él oye al Pepe Guerra que le canta al oído, cuando en tierras extrañas miro triste, pero poco puede hacer, todo obliga a la cabeza en alto, a la percha empresarial, el hombre le plantea escenarios diferentes y él sabe que tiene que dar una respuesta en cada caso, y lo hace y lo hace bien, además, sonriendo con la piedra ahí mismo, dibujando con las manos mientras la piedra se mueve, mientras el Pepe Guerra sigue cantando, mirando triste la lejanía azul del horizonte, y Herr Doktor siente al mismo tiempo que el hombre, pese a ser un perfecto monigote, se va transformando en un cliente mientras la voz del Pepe Guerra ablanda el bloque poco a poco, otros vagan sin consuelo por el mundo, ya la piedra, porosa y blanda, duele menos, diez minutos más y la reunión por suerte termina y ya puede ir al baño tranquilo a acordarse de las confesiones de Borges, a tratarse de cualquier cosa frente a un espejo que ha conocido tiempos mejores, a recordarse –como si hiciera falta– que la única certeza que no conoce distancias es el lento lamido de la sombra, lo cual lo conforma muy poco pero ahora no importa porque tiene que volver a la oficina, a los pendientes, a eso que unos pocos optimistas llaman vida.

Estilo

Porque no sucede sólo en literatura. Acalorando la gola de la 12 descamisada, Palermo realizó ciento cincuenta goles más que Maradona. Nadie inferiría, sin embargo, que Palermo es mejor jugador que el barrilete cósmico: cualquier mortal que aprecie el deporte sabe que Maradona es por lejos el mejor fútbol que jamás haya honrado una cancha. Sería igualmente curioso oír a alguien cuestionar que la canción Aserejé es más conocida que la Música Funeral Masónica de Mozart. Lo que tampoco creo que cuestione un individuo con un mínimo de sensibilidad es que esta última convoca un estado espiritual que la primera ignora. En un plano más prosaico, disfruto comprando mi baguette en la panadería de la esquina porque tiene el mejor pan del barrio, mucho mejor que el de la panadería del Monoprix, que también es pan.

Es cuestión de gustos, sin duda, pero sobre todo es cuestión de estilo. El de Maradona, el de Mozart y el del maestro panadero de la mencionada boulangerie. Y como otras veces, hoy es igual: siempre que voy a escribir sobre la cuestión del estilo literario, abandono el ejercicio por considerarlo de perogrullo, palabra repulsiva si las hay. Luego me doy cuenta de que el carácter de trivial se lo concedo yo: me resulta superficial proponerme un mal calco de lo que Castillo afirmó con lucidez: el estilo de un escritor es su manera de vivir, no de escribir. Yo creo, ingenuamente acaso, que el estilo es una voluntad que se corresponde con una manera de percibir un idioma y su expresión. ¿Manera de percibir la vida? No lo sé, pero no me extrañaría. En todo caso, en el juego de fronteras que se da entre lengua y habla deambula alguien que se proponga escribir decentemente.

No hablo ni de género ni de corrientes literarias; considero al estilo transversal a ambas supersticiones. Tampoco hablo del estilo como incapacidad. Promover floripondios como los que hace un tiempo cité de Federico Andahazi no constituye una toma de posición sino una falencia: ese hombre no puede –aunque quiera– escribir mejor (Woody Allen dice que la ventaja de ser inteligente es que siempre se puede simular ser imbécil, mientras que lo contrario es absolutamente imposible). Tampoco importa a estas líneas, por secundario, que esa incapacidad sea aplaudida en plaza pública y festejada edición tras edición. Eso es ceniza y sombras de las que se encarga el tiempo.

Hablo entonces del estilo como voluntad de escritura. Si la función de un escritor –la que él se atribuye– consiste sólo en vehicular información para lograr que un mensaje llegue a un receptor determinado, el estilo puede considerarse un ornamento, un estorbo, posiblemente un capricho. En este limitado paisaje, un Pollock literario estaría condenado al fracaso. La conclusión sería desoladora: el libro Exercices de style de Queneau resultaría un exceso, las acrobacias de Perec se calificarían de herejía, el resumen de la obra de Neruda cabría en el espacio de una página. No me molesta que un escritor se permita un lenguaje coloquial: me desagrada que no se dé cuenta y que en el texto se note esa ignorancia. Propongo como ejercicio contar cuántas veces fruncen el ceño los personajes de la novela El código Da Vinci.

En su Teoría del túnel, Cortázar contrapone el escritor-Balzac al escritor-Flaubert. Puesto a elegir, simpatizo largamente con el segundo grupo: sufro la superstición según la cual un escritor de narrativa cuya prosa sea más bien llana (léxico pobre, construcciones gramaticales simples, tropiezos en el ritmo, escasa intuición para juegos pragmáticos) es, en el mejor de los casos, un escritor correcto. Hay ciertas construcciones que deploro y que pueblan páginas de bestsellers y de la última promisoria opera prima. Emir Rodríguez Monegal desprecia a Felisberto Hernández como escritor. Entre sus vagos argumentos anota que Hernández escribe “parados” por “de pie”, lo cual le parece inadmisible. Igualmente inadmisible me parece a mí ese error de principiante, pero ojalá los errores más graves que se ven fueran de ese calibre. El leísmo deferente de las traducciones españolas es insultante, y poco me importa lo que diga la RAE.

Si, al mismo tiempo, la función que se atribuye un escritor es escribir como se debe escribir, Fortuna nos castiga con cosas como: “En medio del páramo se alzaba, como una torta abandonada, la gran casa de la Compañía Ganadera, rodeada por un césped absurdo, defendido contra los abusos del clima por la esposa del administrador, quien no pudo resignarse a vivir fuera del corazón del Imperio Británico y siguió vistiéndose de gala para cenar a solas con su marido, un flemático caballero sumido en el orgullo de obsoletas tradiciones.” Aire, por favor.

Me aburren los escritores que antes de sentarse a escribir sacan el frac del armario, se ajustan la corbata y miran al horizonte. Ejemplos, mal que me pese, abundan, y el citado en el párrafo anterior no es de los peores. Lo que sucede en el fondo es que detesto la novela puramente informativa, logorrea de predicaciones y de cuando en cuando un desliz de “buena literatura”, el adjetivo cantado, las descripciones de siempre (siluetas que se recortan, fisonomías al detalle, masturbaciones paisajísticas). Es decir que siento repulsión frente al lenguaje malamente llamado literario, la necesidad de reducir (rebajar) a metáforas de cartón para el gran público un texto que podría ser algo como: "repetirlo repetirlo repetirlo hasta la afonía un solo grito frente al barranco a lo lejos el valle sólo el valle luego una tribu el fuego el posible encuentro". ¿Por qué no dejarlo así?

Difícil continuar porque estas apreciaciones me resultan evidentes. Es preferible referirse de nuevo a Castillo, a dos mínimas de su libro Ser escritor:

- Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: "ahí está la ventana" que "la ventana está ahí". En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.

- Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.

Eco y lo falso

Umberto Eco es de los pocos intelectuales vivos que admiro sin reparos. Supongo que lo admiro en parte por respeto a su conocimiento y en parte -y tal vez principalmente- porque desdeña de la impostura, sayo tan caro a los so called intelectuales.

Literariamente hablando, leer El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault fueron experiencias de enriquecimiento que perdonan largamente que La misteriosa llama de la reina Loana se haya extinguido a las ciento veinte páginas y caído en el olvido, vaya ironía. Como semiólogo, su Tratado de semiótica general es al mismo tiempo complejo y sólido, respetable, digno de la mayor atención aun para sus detractores. Y sin embargo lo que a mí más me gusta de Eco son sus ensayos, difícilmente clasificables. Por eso Apocalípticos e integrados. Por eso El superhombre de masas, Entre mentira e ironía y ahora La guerre du faux (la guerra de lo falso), desparejo compendio de publicaciones periodísticas, bastante bien estructurado y con una aclaración del propio Eco a modo de paraguas frente a sus propias contradicciones, inherentes a un investigador que va refinando sus opiniones según pasa el tiempo y cambia el viento.

La recopilación cubre un período de veinte años que comienza en 1963. Entre las fuentes de los artículos se encuentran los famosos Corriere della sera y Espresso (del cual provienen la mayoría de los artículos). De las seis secciones en las que se organiza el libro, mi preferida es "Leer las cosas", de la que extraigo fragmentos del artículo "Cómo presentar un catálogo de obras de arte".

Este irónico ensayo desarrolla un conjunto de instrucciones destinadas a un prefaciador de catálogos de arte (PCA). La tesis de Eco es que, al contrario que en el mundo de la literatura o el cine, en el que un crítico tiene un impacto mitigado -es decir acotado- sobre el éxito de una obra, en el caso de las exposiciones de arte el PCA puede crear o destruir un artista. Comparto plenamente la tesis de Eco si hablamos de arte moderno y contemporáneo, en el que usualmente toda obra va acompañada de un discurso que la explica, porque, justo es decirlo, esta curiosa epifanía discursiva suele ser más importante que la obra en sí.

Para prefaciar una obra, la motivación que deberá encontrar (sic) un PCA puede ser, según Eco, una de las siguientes:
a. corrupción (poco usual)
b. contrapartida sexual
c. amistad (en los dos versiones: simpatía real e imposibilidad de rechazar)
d. regalo de una obra del artista
e. admiración real del trabajo del artista
f. deseo de asociar su nombre al del artista
g. compartir intereses ideológicos, estéticos, comerciales en el desarrollo de una corriente o de una galería de arte
Decretada esta especie de taxonomía motivacional, Eco considera un caso de estudio hipotético: el pintor Jambonneau que desde hace treinta años pinta fondos ocres con, en el centro, un triángulo isósceles azul cuya base es paralela al borde sur del cuadro, sobre el cual se superpone en transparencia un triángulo escaleno rojo, con una inclinación sudeste en relación a la base del triángulo azul. El PCA deberá tener en cuenta que según el período histórico (entre 1950 y 1980) el artista dio a sus obras los títulos siguientes:
1. Composición
2. Dos más infinito
3. E = mc2
4. ¡No es sino un comienzo!
5. El nombre del Padre
6. A/través
7. Retorno a Kant
Eco opina: "¿Cuáles son las posibilidades (honorables) de intervención para el PCA? Fácil si es poeta: dedica un poema a Jambonneau. Por ejemplo: Como una flecha/(¡Ah!, cruel Zenón)/el impulso/de otro dardo/parasanga trazada/de un cosmos enfermo/de agujeros negros/multicolores. La solución es prestigiosa para el PCA, para Jambonneau, para la galería, para el comprador."

En uno de los los varios estilos de prefacio que presenta, para mi gran placer y estupefacción Eco se lanza en una cruzada pseudo científica cuando propone que un ECA con formación científica podría escribir: "Los triángulos de Jambonneau son grafos. Funciones composicionales de topologías concretas. Nodos. ¿Cómo pasamos de un nodo U a otro nodo? Es necesario, como se sabe, una función F de evaluación, y, si F(U) es inferior o igual a F(V), hay que desarrollar para todo otro nodo V, U, en el sentido en que engendramos nodos derivados de U. Una perfecta función de evaluación satisfará entonces la condición según la cual si F(U) inferior o igual a F(V), entonces d(U,Q) es inferior a d(V,Q), dónde, por supuesto, d(A,B) es la distancia de A a B en el grafo. El arte es matemático. Tal es el mensaje de Jambonneau."

Un tal prefacio estaría perfectamente alineado con el ethos y el pathos del pituto Cantero. Después de leerlo unas quince veces, me convenzo de que es un malabarismo que no está tan lejos de intentar encontrar un camino de distancia mínima entre dos nodos aplicando el principio de optimalidad (que, como se sabe, se cumple si no hay distancias negativas).

Otras proposiciones apelan al Pierre Menard de Borges, a la teoría de las catástrofes de René Thom, a la interpretación política, a la metafísica y a la psicología gestáltica, pasando por Lévi-Strauss, Mao, Sartre, Berkeley y su estúpido esse est percipi, Pollock, la Gioconda... Y todo más o menos en la misma bolsa.

Creo que los dos ejemplos presentados dan el tono del ensayo, que es uno de los tonos posibles del libro. Que Eco se dé el lujo de escribir cosas así me lleva a decir que desdeña de la impostura del clásico intelectual, esas hienas de papel, lo cual, sabiendo que se ha movido principalmente en el ambiente académico, no es poco. Hasta el nombre del supuesto autor es un mal chiste: Jambonneau en la versión francesa, Prosciuttini en la italiana, yo podría haberlo traducido como Jamonetti o Jamonardo.

En cuanto a "Cómo presentar un catálogo de obras de arte", luego de una guitarreada muy mastropieresca que corresponde a la última posibilidad del PCA, el artículo, irrisorio, termina de la siguiente manera: "Lo cual establece, más allá del criterio de practicabilidad y eficacia, un criterio de moralidad: basta decir la verdad. Naturalmente hay maneras y maneras."

Relatividad (de la teoría a la práctica)

El sexo no aparece en la obra de Borges. Se salva, acaso y muy tangencialmente, Ulrica. Si hay otros ejemplos, los desconozco y serán bienvenidos. No sorprenderá a nadie que Borges tuviera razón: al proyectar una antología pornográfica, el maestro, que mil veces ha dado fe del trajín de la poesía, en perfecta métrica se inspira:

La señora de Pérez y sus hijas
comunican al público y al clero
que han abierto un taller de chupar pijas
en la calle Santiago del Estero

Cotidiana

Cuestión que, como afirmaba el cantante del grupo “Los del ciscón”, hoy me cago en todo. Me dieron mi nuevo permiso de residencia, arreglé un malentendido por los impuestos, encaminé otros trámites. Por ahora va bien. Curioso que a la vuelta el único lugar en el que verificaron mi permiso de residencia haya sido Montevideo. Un imberbe empleado de Pluna. Simpático. Y en Barajas, ese aeropuerto para cíclopes, el gaita de inmigraciones me arruinó el denso discurso preparado y ni se mosqueó. Más aún, ni siquiera revisó la página de renovación de mi pasaporte. No es la primera vez. Intuyo que, mientras la buscan, se aburren de ver tanto sello y visa y permiso de residencia amontonado ahí y en un momento paf le encajan otro sellito y tomatelás, sudaca, que allá viene un peruano jugoso. Fin de semana (pasado) de randonnées en Mont Dore. Insolación grotesca, labios como empanadas, la lepra un poroto, fiebre. Probé las Vélib’. Gran invento. Milo prepara pastafrola. Alegría de hormigas. Suena “Gallo rojo, gallo negro”. Poetas. Estoy con Israfel (el de Castillo). Acudo de cuando en cuando a uno de Pessoa titulado “Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal”. El hombre era brillante y desentonaba con su propia mundanalidad, por cuanto (me digo) se vivía a sí mismo en varios carbónicos. En una de las sesiones mediúmnicas anota: “Eres tan misógino que te encontrarás moralmente impotente, y de esa forma no producirás ninguna obra completa en la literatura. Debes abandonar tu vida monástica y ya.” Sin saber por qué, recuerdo las cartas a Nora Barnacle, que son por lejos mejores que las de Mme. de Sévigné. Vi a Joyce denostado gratuitamente en un extenso texto, extraído quizá de un (espurio) manual de autoayuda. Hoy viché alguna cosa de Lugones y de Ingenieros, más que nada siguiendo consejos de Castillo. En el avión releí El juguete rabioso. El vocabulario de Arlt se me aparece como mucho más extenso que el de Borges. Leo luego que González Lanuza, lexicometría mediante, computó esta impresión años ha. Por acá están con la máquina Cannes. Aburre. El periodista estrella de France 2 le pide a Angelina Jolie que le confirme si va a tener gemelos. Bajo has caído, oh, Pujadas, tú que de alto ya tenías poco. El gobierno francés sigue a contramano pero la gente ya está agarrando la suficiente presión y no va a soportar mucho más. Con un poco de suerte y viento a favor, dentro de unos meses estaremos haciendo saltar hasta las tapas de las alcantarillas. Desobediencia civil pacífica my foot. Salir a la calle y destrozar alguna que otra cosa, cuestión de armar el suficiente quilombo como para que se den cuenta de que va en serio y la cosa no da para más, es infinitamente menos violento y criminal que un gobierno que canta la plutocracia. Volví al laburo. Ya tuve una reunión de esas antológicas. El que fue más indefenso llevó Lector in fabula, de Eco. Mi hermana en Nueva Zelanda. Pobres kiwis. Pobre flaca. Mundo loco, dijo una vez más la mujer, como remedando, como si lo tradujese. Esta breve y absurda comedia. Y sigue, qué más remedio.

Abelardo Castillo II

En el libro "Ser escritor", Abelardo Castillo enumera los puntos de un decálogo que no es, y que tiene todo de ironía. El quinto elemento, imperdible, dice así:

Si tiene tendencia a escribir cristal, en vez de vidrio; rostro, en vez de cara; ascender, en vez de subir; o utiliza expresiones como ¡bingo!, pantaletas, carrusel, dése una vueltita por el mundo real.

Ulysses

Cada página del Ulysses, en traducción de José Salas Subirat, ha valido el esfuerzo. Si bien apenas comenzado, haber recorrido de un tirón –y superado– las primeras cuarenta páginas, las que, en novela, suelen anunciar mi himno de retirada, promete buen puerto. Tras lectura cautelosa, privada de adjetivos, acaso ingrata, celebré la genialidad de Joyce cuando en la página vigesimosegunda afirma, admirablemente, que «el pensamiento es el pensamiento del pensamiento.» Recordé que, escasos lustros más tarde, Kurt Gödel concebiría artilugios similares en sus teoremas de incompletitud, con resultados fundamentales para la ciencia.

El prólogo a esta edición, ejecutado por Jacques Mercanton, agrega sombra a la ya oscura obra: en su aplicada tarea de orfebre existe, tal vez, un rasgo de ingenuidad: frente al Ulysses todo prefacio es, como en el caso de la Biblia y otras summas, indigno de la obra.

Sin saberlo y –esto es seguro– sin que en algo lo perturbe, Joyce me ha obligado a repasar la Historia del pueblo irlandés (If you had the luck of the Irish...), releer a los clásicos, desempolvar los tratados de Vicente Cicalese, recurrir a enciclopedias con frecuencias vergonzosas. El vocabulario, extenso, no ha traído rémoras sino afortunados descubrimientos. La marea alta ha llegado, en cambio, con su vasta cartografía de referencias. A riesgo de naufragio, anticipo obligatoria la comprensión cabal del vínculo que Irlanda ha tenido (tiene) con la religión católica romana, gimnasia espiritual a la que Joyce dedica lo más logrado de su sarcasmo.

De lectura por momentos tediosa, la fortuna ha querido aliviar mi fajina con un viaje a Dublín realizado hace pocos meses. Busqué consuelo en otros lectores. En la siguiente revelación de Borges encontré un primer alivio: «Confieso no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran, confieso haberlo practicado solamente a retazos y sin embargo sé lo que es, con esa aventurera y legítima certidumbre que hay en nosotros, al afirmar nuestro conocimiento de la ciudad, sin adjudicarnos por ello la intimidad de cuantas calles incluye.» (El Ulises de Joyce, Inquisiciones). Años después, en la revista Sur, el argentino diría a propósito de su entonces nonato Ireneo Funes que «...lo indiscutible es que es un monstruo. Lo he recordado porque la consecutiva y recta lectura de las 400 mil palabras de Ulises exigiría monstruos análogos.» (Fragmento sobre Joyce, Sur, Febrero, 1941)

Pero Borges no es anglosajón, aunque así lo declame el bardo herido. Honrando paternidades, acierta Faulkner cuando aconseja: «You should approach Joyce's Ulysses as the illiterate Baptist preacher approaches the Old Testament: with faith.» Sea. Sin embargo, sus lectores serán tributarios de añoso preámbulo pues la obra, lo quisiera o no su autor, se situará siempre más allá del círculo de los ignaros.

Poco importa –así lo creo al menos– si un libro ha sido felicidad de imprentas o amigo del impreciso comercio de la crítica literaria. Poco importa, además, si en su entusiasta haber se computan lectores que no tuvo: adivino que en los ilustrados salones sólo cabe negar la derrota que supone su lectura; adentrarme en sus páginas me ha facilitado la elucidación del motivo: Joyce obliga a la humildad, virtud tan postergada en los altos cenáculos.

Leeré el resto del libro recordando una frase de Unamuno (Cómo se hace una novela): «Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que se satisfaga su curiosidad.» Mientras, quiero clausurar estos grumosos párrafos con una cita del Borges de Inquisiciones (op. cit.) a unas palabras que Lope de Vega expresara en relación a Góngora:

Sea lo que fuere, yo he de estimar y amar el divino ingenio deste Cavallero, tomando del lo que entendiere con humildad y admirando con veneración lo que no alcanzara a entender.

Abelardo Castillo

Rescato dos breves pasajes del libro "El oficio de mentir - conversaciones con María Fasce", que me permitió acercarme un poco más al escritor, acaso al hombre. Luego de leerlo, de descubrir cercanías, de trazar acuerdos y desacuerdos, de un vasto inventario de sorpresas y –principalmente– del buen gusto de haber aprendido mucho, Castillo se me aparece, ante todo, como alguien sincero, que honra la oralidad hablando como habla y no como escribe (detestable vicio intelectual), que corrige brutalmente a su interlocutora, que dice cuando no leyó un libro, cuando un tema no le interesa, cuando algo le parece que amerita, sin ambages, el calificativo de mierda líquida. María Fasce anota esto de la siguiente manera: "Castillo puede inspirar, casi simultáneamente, temor, desagrado y simpatía." A continuación los dos fragmentos.

Existe demasiada literatura trivial, no "de lo trivial". Hay, siempre hubo, una gran literatura de lo trivial, Chéjov, Katherine Mansfield, el propio Carver. Al fin de cuentas, las Novelas ejemplares de Cervantes también eran literatura de lo trivial. El problema no es la trivialidad aparente de los temas –suponiendo que haya temas triviales–, lo descorazonador es la patética trivialidad del lenguaje. El estilo de un escritor es su manera de vivir, no de escribir. Hoy en día los chicos salen de la escuela primaria, leen un poco a Bukowski y creen que con tres o cuatro puteadas solucionan el problema de la escritura. Ni siquiera se dan cuenta de que detrás del lenguaje de Bukowski, como de Carver, hay una vida despedazada que los respalda.

Más que a una generación yo pertenezco a un modelo de escritor que ya es de museo. Con decirte que nunca pude entender ese tipo de arte que les producía lipotimia a las chicas del 60 que iban al Instituto Di Tella. Me parece muy bien que alguien haga eso, pero si lo juzgo con el mismo sistema de valores con que juzgo a la gran pintura –y no me tengo que ir a Giotto ni a van Gogh, digo gran pintura pensando en artistas contemporáneos como Bacon–, me resulta un poco menor. Hay todo un "arte" contemporáneo que me parece banal e innecesario. Tal vez lo mejor de ese arte va a quedar como testimonio del momento en que vivimos. Tal vez sea muy interesante como documento de una época lamentable, pero me cuesta sentir que pertenece a lo que yo llamo pintura o música. Lo mismo me pasa con la literatura.

La soldadera

cosa de hombres pensarías
mientras caminando ves
los niños muertos de hambre
viejas contra la pared
de ranchitos que no caen
sobre malvas o llantén
porque aún no decidieron
para qué lado caer

Henri Salvador

Murió hoy mismo. 90 años. Seguía pareciendo un pibe. Algo así como Compay Segundo, pero versión francesa bossanovesca. Por más que aquella dijera que era un hdp con su hijo natural, a mí el tipo me caía simpático. Mi tema favorito, por lejos favorito de él es "Faire des ronds dans l'eau", que pego a continuación a modo de gesto que ni yo entiendo mucho. ¿Motivos? Recordar las playas del Finistère. Honrar la letra de la canción, que es un poema estupendo. Mencionar aquí a este hombre, que intuyo poco conocido en tierras orientales.




De la primera al último

vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó

(...)

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Borges/El Aleph

*

Ante la pregunta de por qué no cumplió con su profecía de suicidarse el 25 de agosto de 1983, Borges contesta sin afectación alguna: "Por cobardía".

Sedentarios y nómades

Entonces, Instituto Cervantes mediante, vuelvo a leer a Vila-Matas. Estoy con París no se acaba nunca, y encuentro una cita a Perec en la que propone, en su libro Espèces d'espaces, un cara-o-cruz que por ahí los vaivenes de la vida (qué novela, señores) te hace experimentar en versiones menos uno a la ene:

Ou bien s’enraciner, retrouver, ou façonner ses racines, arracher à l’espace le lieu qui sera vôtre, bâtir, planter, s’approprier, millimètre par millimètre, son « chez-soi » : être tout entier dans son village, se savoir cévenol, se faire poitevin.

Ou bien n’avoir que ses vêtements sur le dos, ne rien garder, vivre à l’hôtel et en changer souvent, et changer de ville, et changer de pays ; parler, lire indifféremment quatre ou cinq langues ; ne se sentir chez soi nulle part, mais bien presque partout.
Vaya el siguiente intento de traducción:

O bien arraigarse, encontrar o formar sus raíces, arrancarle al espacio el lugar que será propio, construir, plantar, apropiarse, milímetro a milímetro, de su hogar : pertenecer por entero a su pueblo, saberse de Cevennes, hacerse de Poitou.

O bien no llevar sino lo puesto, no guardar nada, vivir en un hotel y cambiar a menudo de hotel y de ciudad y de país; hablar, leer indiferentemente cuatro o cinco idiomas; no sentirse en casa en ningún lado, pero bien en casi todos los lados.
Todos, necesariamente, forman filas en ambos bandos y no faltan desertores y arrepentidos y caídos de la higuera. Yo conozco a alguien que hizo del primer párrafo un himno al Uruguay. Le funciona perfectamente, aunque yo crea que su bandera hace tiempo descansa a media asta. Como escupo en aquello de que dulce et decorum est pro patria mori, en lo personal, ab imo pectore, prefiero el segundo párrafo; por lo antedicho y también por ser fiel al hecho inevitable de que todo el tiempo alea iacta est; así que heme aquí deo gratias y que me echen un galgo, expresión de la cual no tengo una locución latina equivalente.

De nuevo

Parecerá exagerado y hasta yo me he sorprendido, pero la tristeza de la noticia se mantiene. Hará dieciséis años que escuché por primera vez la grabación realizada por Darnauchans. Hoy volví a escucharla porque en el fondo el amigo de krahd tenía más que razón y hace muy bien al no circunscribir esa especie de homenaje o catarsis al espacio de una jornada, lo cual podría revelar un reflejo snob o un espíritu más bien blandengue.

Pese a esfuerzos sinceros, no he logrado rastrear la fuente exacta. Doy vagamente con un disco que intuyo vinculado a la revista Sur, en el que se menciona la grabación, en la voz de Victoria Ocampo, de dos versiones del poema (una del autor, González Lanuzza; la otra de una supuesta traducción al francés realizada por Ocampo, que curiosamente mantiene el título original del poema). Agradeceré todo dato adicional que puedan aportar quienes lean esta entrada. La transcripción es personal y por lo tanto discutible. De adolescente me impactaba el final del poema, en particular el verso de la densidad de olvido, que me parecía (me parece) sencillamente perfecto. Hoy lo que más me moviliza es su comienzo.

*

¿Sabes que acaso te está hablando un muerto? / Eco callado soy que resucito / Única voz que se atigró en cien soles / No bronce o mármol / Frágil ser aguarda esta inmortalidad que estás oyendo

Voz que ya nadie dice / Luz de un sol extinguido que aún galopa en el tiempo / Bajo mis alas, trémulos, se acurrucan minutos de otros días

Tu atención ya la he visto y he de verla abierta en otros / Sois reflejos míos / Yo soy la realidad / Sombras vosotros / Que con ser sólo un aire estremecido, yo he de vivir aún más que quien me dijo / Soy el claro prodigio sin misterio / Voz que se dice sola y para siempre

En vano sobre mí pondrán los hombres leve silencio o densidad de olvido / Vendrá una mano y volaré de nuevo / Diré otra vez lo que te estoy diciendo

Le habrá pasado a más de uno

Y hasta resulta estúpido comentarlo. Hace un par de días me puse a escuchar Épica. Por la letra. Porque estaba pensando un post que por ahí tenía un ritmo similar. Qué sé yo. Y después esto, que es como masticar guano lento muy lento. Curiosamente me pasó algo similar con el corto Buscaglia (y un amigo muy querido se rió de mí). Y me hizo acordar de un texto de Cortázar, que aplica y al mismo tiempo no del todo; ya ves cómo es.

*

BURLA BURLANDO YA VAN SEIS DELANTE

“Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente. A veces ya no pensábamos tanto en ellos, se habían quedado atrás en la historia; other voices, other rooms nos reclamaban. De alguna manera estaban siempre allí, pero como los cuadros que ya no se miran como al principio, los poemas que sólo perfuman vagamente la memoria. Entonces -cada cual tendrá sus sombras queridas, sus grandes intercesores- llega el día en que el primero de ellos invade horriblemente los diarios y la radio. Tal vez tardaremos en darnos cuenta de que también nuestra muerte ha empezado ese día; yo sí lo supe la noche en que en mitad de una cena alguien aludió indiferente a una noticia de la televisión, en Milly-la-Forêt acababa de morir Jean Cocteau, un pedazo de mí también caía muerto sobre los manteles, entre las frases convencionales. Los otros han ido siguiendo, siempre del mismo modo, Louis Armstrong, Pablo Picasso, Stravinski, Duke Ellington, y anoche, mientras yo tosía en un hospital de La Habana, anoche en una voz de amigo que me traía hasta la cama el rumor del mundo de afuera, Charles Chaplin. Saldré de este hospital. Saldré curado, eso es seguro, pero por sexta vez un poco menos vivo.”

Adriano

No es por contradecir a Rodia. No. Tampoco por competir con Coetzee. Qué necesidad. No va por ahí la cosa. Pero no puedo evitar la siguiente confesión: hecha la salvedad de "Sin los dos", que es como un hermano menor, hacía años que un libro no me golpeaba tanto en tan poco tiempo. Hablo de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. La prosa, traducción de Cortázar mediante, es brillante. Sencillamente brillante. La perspectiva de un cuerpo postrado que da testimonio de su vida, palpable. Fragmentos hay muchos y si siguiera mi primer impulso postearía el libro entero. Creo sin embargo que dos fragmentitos pueden arrimar elementos de juicio suficientes.

"Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. (...) Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera."

"Acabaríamos prefiriendo las simples verdades del libertinaje a las tan sabidas estratagemas de la seducción, si en aquéllas no reinara también la mentira. Estoy pronto a admitir en principio que la prostitución puede ser un arte como el masaje o el peinado, pero me cuesta ya sentirme a gusto en manos del barbero o los masajistas. Nada puede ser más grosero que nuestros cómplices. En mi juventud me bastaba la mirada de reojo del tabernero que me reservaba el mejor vino, privando por lo tanto a algún otro de beberlo, para asquearme de las diversiones romanas. Me desagrada que una criatura se crea capaz de calcular y prever mi deseo, adaptándose mecánicamente a lo que presume ser mi elección. Este reflejo imbécil y deformado de mí mismo, que me ofrece en esos momentos un cerebro humano, me induciría a preferir los tristes efectos del ascetismo. Si la leyenda no exagera las extravagancias de Nerón y las sabias búsquedas de Tiberio, esos grandes consumadores de delicias debieron de tener harto apagados los sentidos para procurarse un aparato tan complicado, y un singular desprecio de los hombres para tolerar que se burlaran o aprovecharan así de ellos."

De genios y boludos...

Cuando, aún imberbe, le entré a las Cartas Filosóficas de Voltaire a la par de vasos sin fondo pero llenos de cachaça (verano, calor, pies descalzos, pinos y presumiblemente VP aunque Eco absolutamente desconocido), encontré en el flaco Arouet un psicodélico inteligente y curioso argumentador, además de un compañero en la ignorancia absoluta de la geografía. Lo que se dice un loco lindo o un loco bravo, según se lo mire. A modo de ejemplo, extraigo un razonamiento contundente de la edición traducida por Savater:

“Hasta ahora, como ya lo hemos observado juntos, es en los siglos más bárbaros cuando se han hecho los descubrimientos más útiles; parece que lo propio de los tiempos más ilustrados y de las compañías más sabias sea razonar sobre lo que los ignorantes han inventado. Se conoce hoy, tras las largas disputas del Sr. Huyghens y del Sr. Renaud, la determinación del ángulo más ventajoso de un timón de barco con la quilla; pero Cristóbal Colón había descubierto América sin sospechar nada de ese ángulo.”

Sencillamente brillante. Creo percibir un cierto espíritu maracanazo-like en sus apreciaciones, pero no viene al caso. Lo interesante es que el palo que Voltaire le da a Pascal en este libro no es menor que el desprecio y burla que le profesó en vida a Rousseau. Y es que Jacobito y su bon sauvage son bastante difíciles de digerir, ya no de defender.

Por una manía de comprar libros que luego hacen bulto, pasean por ómnibus, parques, casas de amigos, se pierden en el baño y posteriormente se pierden para siempre sin haber sido siquiera abiertos, compré Les Confessions de Rousseau (el primer tomo me pareció suficiente para un acercamiento). Los motivos fueron de orden morboso y escatológico: una persona me dijo que Rousseau contaba como se orinaba de niño (lo cual aún no he podido confirmar). Hoy, dos años después de haberlo comprado, decidí hojearlo. Ya en la primera hoja me encuentro con un impedimento de orden mayor.

« Je forme une entreprise qui n'eut jamais d'exemple et dont l'exécution n'aura point d'imitateur. Je veux montrer à mes semblables un homme dans toute la vérité de la nature ; et cet homme ce sera moi. Moi seul. Je sens mon cœur et je connais les hommes. Je ne suis fait comme aucun de ceux que j'ai vus ; j'ose croire être fait comme aucun de ceux qui existent. Si je ne vaux pas mieux, au moins je suis autre. Si la nature a bien fait ou mal fait de briser le moule dans lequel elle m'a jeté, c'est ce dont on ne peut juger qu'après m'avoir lu.»

Todavía me cuesta creer que pudiera ser tan pero tan connard. Si tuviera el DSM IV a mano postearía los rasgos de un trastorno narcisista de personalidad. Cet homme ce sera moi !!! Demasiado. (Por supuesto que las confesiones de Jacobito serán acometidas hasta donde soporte mi pituitaria intelectual, camino que intuyo relativamente corto y lleno de atajos.) El comienzo de esta autoapología digna de un boludo, además de revolverme en mi asiento y desacomodarme la cazuela de lentejas que acababa de terminar, me llevó a recordar una que es sencillamente genial: la que ejecuta Nietzsche en su Ecce Homo. Algunos de los capítulos del libro (traducción de Andrés Sánchez Pascual) se titulan: “Por qué soy tan sabio”, “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué escribo tan buenos libros”. Transcribo el comienzo del capítulo “Por qué soy un destino” pues me parece un párrafo que haría palidecer hasta al tan querido Miguelito de Notre Dame:

“Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo gigantesco, de una crisis como jamás la había habido en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita. Y a pesar de todo esto, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son asuntos de la plebe. Yo siento la necesidad de lavarme las manos después de haber estado en contacto con personas religiosas…”

Estas palabras, comenzadas el 15 de octubre de 1888 (día del cuadragésimo octavo cumpleaños de Nietzsche), poco tiempo antes de que tuviera el ataque que lo dejó tristemente abrazado a un caballo, muestran, para mi gusto, a alguien que definitivamente sentait son cœur et connaissait les hommes.