Ya se habrá visto cómo en el mejor tema de Jesus and Mary chain el cantante lleva la melodía con un tempo que nace lento, casi arrastrándose con la pandereta que suena a lo lejos, un tempo que nace tímido y luego va engordando poco a poco como una ola que viene de lejos. En un momento llega la mejor parte, ya se huele la bruma salada, and I talk to the filth and I walk to the door, la ola se levanta como una cobra, como el cantante que se endereza frente al micrófono, I'm knee deep in myself but I want to get more, la voz grave se hace desear un segundo más, of that stuff, y la ola blum, enorme, rendida de placer, se derrumba contra el estudio de grabación y deja los últimos rastros color escarcha antes de hacerse amiga de las alfombras, antes de irse a los rincones y más allá de las rendijas de las puertas, a morir en soledad.
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Coraje
Cuenta la historia que el hombre que mató al Che —herido, cansado, infinitamente solo—, por las noches, mientras su mujer e hijos duermen, busca una foto tomada en La Higuera y la coloca en el espejo del baño. Después de encender un cigarrillo y pitarlo sin apuro, se mira varias veces en el espejo, en la foto, vuelve a preguntarse cómo pudo tener tanto coraje. La foto no responde. El espejo tampoco. Y la noche se termina, húmeda y silenciosa, vacía, sin sentido, unos minutos después de ese cigarrillo que muere entre sus dedos.
Nuevas generaciones
No vino del MIT, tampoco de Nokia o de la tierra del sol naciente, mucho menos del prodigio llamado computación cuántica. Para hacer frente a la crisis y alentados por criterios ecológicos, investigadores de la Universidad del Ferrol presentaron el lunes pasado en el Salón Mundial de la Tecnología, en París, su revolucionario modelo de teléfono celular que funciona a monedas.
Su mecanismo, tributario de los antiguos teléfonos públicos que aún hoy adornan las calles españolas, no presenta mayores complicaciones: una ranura situada en uno de los costados del dispositivo permite a un usuario alimentar el crédito de su teléfono celular.
Este producto del mejor ingenio español presenta como virtud —en palabras de Manuel Sánchez, jefe del proyecto— la imposibilidad física de realizar llamadas telefónicas cuando no se tiene un duro, vamos, además de su rasgo ecológico, hombre, pues el cacharro no necesita de esas tarjetas de recarga que tanto contaminan un planeta en extinción.
Su estructura ha sido publicitada como inviolable y cumpliría todas las normas de seguridad pregonadas por la Unión Europea. Los investigadores prevén una red mundial de centros en los que los usuarios podrán acudir a fin de que la empresa telefónica pertinente recolecte las monedas consumidas.
Ajenos a las críticas sobre el problema de encontrar cambio en estos días tan virtuales y el peso que adquiere el adminículo a medida que se utiliza, los investigadores realizaron una demonstración de su primer prototipo, cuyo nostálgico nombre es El pesetín, ante un público mayoritariamente francés que dudaba entre la perplejidad y la carcajada. Rápidamente los niños han descubierto que además de teléfono, con el reservorio a medio llenar, el teléfono sirve también para emular una maraca. El semanario Charlie Hebdó de hoy trae una nota poco amistosa sobre el dispositivo, adjunta de varios chistes gráficos. En uno de ellos se ve un conjunto musical español armado de teléfonos y una pancarta que reza Los pesetines.
Los últimos rumores indican que los investigadores habrían desarrollado un nuevo modelo, que se llamaría El diferido, cuyo crédito se alimenta de manera directa con cheques al portador. Contactado por nuestro equipo esta mañana, Manuel Sánchez no ha querido pronunciarse sobre esta hipótesis, aduciendo que lo primero será lograr implementar una versión comercial de El pesetín. Entre tanto, los principales operadores telefónicos y las grandes marcas de teléfonos celulares no han querido decir palabra, lo cual, dado el caso, no deja de ser una falta de comunicación inaceptable.
Su mecanismo, tributario de los antiguos teléfonos públicos que aún hoy adornan las calles españolas, no presenta mayores complicaciones: una ranura situada en uno de los costados del dispositivo permite a un usuario alimentar el crédito de su teléfono celular.
Este producto del mejor ingenio español presenta como virtud —en palabras de Manuel Sánchez, jefe del proyecto— la imposibilidad física de realizar llamadas telefónicas cuando no se tiene un duro, vamos, además de su rasgo ecológico, hombre, pues el cacharro no necesita de esas tarjetas de recarga que tanto contaminan un planeta en extinción.
Su estructura ha sido publicitada como inviolable y cumpliría todas las normas de seguridad pregonadas por la Unión Europea. Los investigadores prevén una red mundial de centros en los que los usuarios podrán acudir a fin de que la empresa telefónica pertinente recolecte las monedas consumidas.
Ajenos a las críticas sobre el problema de encontrar cambio en estos días tan virtuales y el peso que adquiere el adminículo a medida que se utiliza, los investigadores realizaron una demonstración de su primer prototipo, cuyo nostálgico nombre es El pesetín, ante un público mayoritariamente francés que dudaba entre la perplejidad y la carcajada. Rápidamente los niños han descubierto que además de teléfono, con el reservorio a medio llenar, el teléfono sirve también para emular una maraca. El semanario Charlie Hebdó de hoy trae una nota poco amistosa sobre el dispositivo, adjunta de varios chistes gráficos. En uno de ellos se ve un conjunto musical español armado de teléfonos y una pancarta que reza Los pesetines.
Los últimos rumores indican que los investigadores habrían desarrollado un nuevo modelo, que se llamaría El diferido, cuyo crédito se alimenta de manera directa con cheques al portador. Contactado por nuestro equipo esta mañana, Manuel Sánchez no ha querido pronunciarse sobre esta hipótesis, aduciendo que lo primero será lograr implementar una versión comercial de El pesetín. Entre tanto, los principales operadores telefónicos y las grandes marcas de teléfonos celulares no han querido decir palabra, lo cual, dado el caso, no deja de ser una falta de comunicación inaceptable.
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La excepción confirma la regla
Curioso cómo un detalle le puede arruinar la digestión a cualquiera. En España la compañía "Pepe's Uey", buscando unir lo lúdico a lo culinario, acaba de anunciar la comercialización de sus ingeniosas olivas bravas sin hueso. Nombre de dudosa eficacia publicitaria, la compañía se compromete a que cada lata de aceitunas sin carozo cuente siempre con -exactamente- una que albergue al susodicho. La noticia ha sido recibida con regocijo por niños perversos y más de un dentista de barrio.
Honrando la sangre española, el Rastro de Madrid ha visto nacer la primera tómbola de las olivas bravas. De reglamento sencillo, el juego tiene como ganador al afortunado que consiga comer la aceituna con carozo. La inversión es escasa; el escenario, de lo más austero. Una mesa al aire libre, la lata abierta encima y una extensa cola de ambiciosos que por un euro eligen la aceituna, y luego de persignarse y encomendarse a algún santo cierran los ojos y se llevan el preciado elipsoide a la boca.
Las variantes no se han hecho esperar y en la Rambla barcelonesa, donde el juego ilegal es tan profuso como turistas y estatuas vivientes, los rumanos proponen un doble o nada: quien encuentre el carozo puede retirarse con el premio o bien acertar de una escupida a un blanco colocado a una distancia imposible. Si acierta, se lleva el doble del premio. Si pierde, debe desembolsar el equivalente del mismo y no tiene derecho ni al carozo.
Por desgracia la Organización de Consumidores y Usuarios ha logrado terminar con esta fuente de gozo popular luego del creciente número de casos de atragantamiento de niños y viejos y despistados de todo pelaje. En el fondo, ha declarado Jaime Bernstein, presidente de "Pepe's Uey", esta decisión es un atropello a la libertad de empresa y al derecho a la excepción, sobre el cual, según comentan fuentes allegadas, Bernstein había decidido erigir el promisorio imperio de su empresa familiar.
Por un efecto de moda, en las últimas semanas se ha afirmado que algunas empresas de preservativos manejarían la idea de introducir en el mercado paquetes de profilácticos basados en el mismo principio: todos perfectos, uno imperceptiblemente roto. Hasta el cierre de nuestro semanario ninguna de las compañías ha confirmado o desmentido el rumor que, salvo casos aislados, no ha sido muy bien recibido por el público. Creemos que porque la tómbola del condón resulta más difícil de llevar a cabo. Además de la Organización de Consumidores y Usuarios, y las buenas costumbres, claro está.
Honrando la sangre española, el Rastro de Madrid ha visto nacer la primera tómbola de las olivas bravas. De reglamento sencillo, el juego tiene como ganador al afortunado que consiga comer la aceituna con carozo. La inversión es escasa; el escenario, de lo más austero. Una mesa al aire libre, la lata abierta encima y una extensa cola de ambiciosos que por un euro eligen la aceituna, y luego de persignarse y encomendarse a algún santo cierran los ojos y se llevan el preciado elipsoide a la boca.
Las variantes no se han hecho esperar y en la Rambla barcelonesa, donde el juego ilegal es tan profuso como turistas y estatuas vivientes, los rumanos proponen un doble o nada: quien encuentre el carozo puede retirarse con el premio o bien acertar de una escupida a un blanco colocado a una distancia imposible. Si acierta, se lleva el doble del premio. Si pierde, debe desembolsar el equivalente del mismo y no tiene derecho ni al carozo.
Por desgracia la Organización de Consumidores y Usuarios ha logrado terminar con esta fuente de gozo popular luego del creciente número de casos de atragantamiento de niños y viejos y despistados de todo pelaje. En el fondo, ha declarado Jaime Bernstein, presidente de "Pepe's Uey", esta decisión es un atropello a la libertad de empresa y al derecho a la excepción, sobre el cual, según comentan fuentes allegadas, Bernstein había decidido erigir el promisorio imperio de su empresa familiar.
Por un efecto de moda, en las últimas semanas se ha afirmado que algunas empresas de preservativos manejarían la idea de introducir en el mercado paquetes de profilácticos basados en el mismo principio: todos perfectos, uno imperceptiblemente roto. Hasta el cierre de nuestro semanario ninguna de las compañías ha confirmado o desmentido el rumor que, salvo casos aislados, no ha sido muy bien recibido por el público. Creemos que porque la tómbola del condón resulta más difícil de llevar a cabo. Además de la Organización de Consumidores y Usuarios, y las buenas costumbres, claro está.
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Fantasía (toma 1)
Abrió por tercera vez el ventanal y se quedó mirando el edificio de todas las noches, combinación de ventanas como fichas encendidas o apagadas en un gran panel, la misma televisión que aturdía seguramente a una pareja de ancianos, el cuerpo de la mujer que como en un ritual se duchaba todas las noches a la una de la mañana.En el comienzo no es una fantasía, largo arpegio yendo y viniendo y terminando en un Re, restos de olas que mueren ante las patas indiferentes de albatros y botellas rotas, una playa que no identifico pero que puede ser Piriápolis en invierno o Le Touquet andá a saber cuándo. Casi las 2:22 AM, los ojos cerrados, la revisión involuntaria, peso que se va, imágenes, una moza unirrostramente asiática pregunta para quién es el té verde, me sirve el bol de chirashizushi, me agradece y no sé por qué, cultural, debe ser cultural, cultura capricho del tiempo, leyendas al milímetro, cultura y acento inconfundible, luego salir, pagar y salir y caminar bajo la garúa tenue, París cada vez más sucio, ir a ver muebles, preparar la mudanza, es domingo y está abierto, Francia se desangra y allí enfrente veo a una bichicome sentada hablando disimuladamente por celular y yo me siento cada vez más lejos de este mundo.
–Qué culo formidable –murmuró poco convencido mientras terminaba el vaso de vino, sabiendo de sobra que a esa distancia cualquier cosa podía ser tanto formidable como prescindible. Como siempre: la perspectiva, un culo del cual desde tan lejos se podía estimar a voluntad si valía oro o barro.
–Juicios a distancia –dijo sirviéndose otro vaso y yendo a sentarse–. Dios nos libre y guarde.
Rascándose la barba sucia, Esteban se puso de pie, volvió a acercarse al ventanal abierto, con el vaso en la mano. Sabía que todo eso era absurdo, tan absurdo como suponer que porque hoy fuera su día sería el día y que él finalmente vendría, un capricho, coincidencia, destino, corrompida palabra, por eso lo mejor era seguir tomando, observando el edificio de enfrente, recurriendo a la Biblia como a la sangre y por qué no a la carne, todo tan absurdo en esa noche absurda, un payaso anunciando a los deudos el deceso, eterno doble discurso, maquillaje barato, largas filas de cíclopes que durante el sermón aplastan cabezas pero recogen dientes de oro.Lo que suena es la Fantasía en Re menor K.397. Lo que me espera mañana es de nuevo el pozo, el vampiro laboral, la monotonía de lo imprevisible, como lo es ahora volver a ver los Glens de Antrim, las putas de Belfast (pero eran niñas, más que las de La Habana), una señora muy anciana y húmeda que cuenta historias a media voz en una de las casitas del Ulster American Folk Park, el volante a la derecha, como Francia, como Hadopi, como Edvige, como Loppsi 2, como mi raya ante el espejo, como encontrar un papelito perdido que dice: “Modigliani: Portrait Chaïm Soutine”, como el mismo espejo al que le preguntaba esta mañana qué discusión pueden tener árboles y pájaros.
–Peor la tribu de la fe, en la versión que se te ocurra, barbudos, rapados, con túnica, boinita negra o danza a cuatro manos, todos con la única verdad, un desprecio ejemplar hacia lo que cante otro Verbo. Y no me joden los sectarios gordos en alpargatas de oro, tribunos sin rostro, me joden las hormigas, los que forman filas a campo abierto, bajo rigor de rocío o curtiendo al sol una piel que hay que evitar pero no se puede porque el cuerpo, pese-a-todo, late y pide carne. ¿Nunca te pusiste a pensar que el planeta está a una de cantar la última flor y que sólo el quince por ciento de las personas son ateas o agnósticas?Lo mejor de esta Fantasía de Mozart es el indeciso scherzo que, inesperadamente, se mueve como una suricata hacia la mitad de la composición, una composición que, ahora que lo pienso, es en sí una enorme suricata, tan acorde a la imagen de los astronautas tomando su propia orina, disonancia, entre la Madre Teresa y Mengele ocurre un mundo que se me escapa, algo que tal vez podrá explicar un imposible mestizaje de neandertales y cromañones y brindemos por la vieja Lucy.
–¿Y vos nunca pensaste, pichón de Werber, que no son hormiguitas sino soldados contentos?
–Claro que sí. Por eso te digo que el mundo es una gran mierda.
–El mundo es absurdo, Esteban.
–El mundo no existe. Existimos nosotros, vos, yo, esta mesa, los raboteurs de parquet ahí, el vaso de vino que no aceptás desde hace más de tres horas.
–Nosotros –el visitante se quedó en silencio mirando la botella sobre la mesa–. Con algo de suerte, espectadores. El tiempo pasa y nos borra.
–El tiempo no pasa, pasamos nosotros. Lo sabés muy bien.
–Hace años que no sé lo que es levantarme y sentir el pecho limpio, mirar por la ventana, ver el sol en lugar de esos Übermenschen tomando helado y coca cola mientras sacan a pasear sus miserias por el parque más cercano, hablando del tiempo, de los buenos tiempos, cuando el amor no era una operación bursátil, cuanto todavía cogían como Dios manda, vivían por algo, todo lo que esperaban era buen trigo y pescado.No, no es una suricata enorme, al principio es más bien una tarántula, horror y elegancia, imagen cruel, violenta, azar y religión, juicios maniqueos decididos por dados algo pegajosos, la semiótica en versión Braille, llega a ser lo que eres, barro y polvo y tickets de bus y un edificio-pecera que no puede representar mejor el cliché capitalista. Sigo leyendo a John Perkins, enterándome de primera mano lo que todos sabíamos de primer bolsillo.
–Siempre te ha quedado bien el asfalkote, siempre te ha quedado bien el recuerdo, viejo malvón crecido en Belvedere. ¿No estarás adornando la memoria?
–Festinger no pasaba de un mediocre de mierda. La disonancia cognitiva es un himno al gregarismo. Prefiero infinitamente reafirmarme en mis erratas, a riesgo de que el Karma realmente exista y un día se me pasen todas las facturas que fueron derecho a pasivos sin que yo dijera esta boca es mía.
–Ni tan arrepentido ni encantado. Y hubo tiempo de melancolía, de creer que aún por ahí capaz que. Idioteces, en definitiva. Luego la ciudad me fue hundiendo en sus rutinas, horarios de oficina, el corte de pelo mensual o la vigilia entre guadañas y confeti.Cuando la locura, una jubilación o una 45 son destinos que te dan absolutamente igual, cualquier arañazo para arrancarte de este hastío de nuevo siglo, de la Historia, esa puta carroñera, de tu cara en el espejo que no deja de decirte que cada día estás más viejo y que si vos no te hacés cargo, la otra lo hará en algún momento, para alegría de gusanos y ciertos vecinos, si es que no son la misma cosa. La Fantasía se deja morir, muere, no puede hacer otra cosa que morir, muere pero otro tema comienza.
–Y vos te creías que llevabas las riendas y encima que ibas a algún lado, muñeca, pulpo, Leguisamo solo, dando vueltas en el mismo potrero de siempre, calesita viva, espectáculo para niños y borrachos y soñadores, indigna forma de perder el tiempo mientras en África se mueren de hambre y todavía hay tanto problema por resolverse.
–Exacto.
–¿Te duele Andrea todavía?
–No es tanto ella como el fastidio de lo repetido, otra vez el mismo sketch mal actuado, ir acomodando el recuerdo, dejando crecer el desapego, las ganas de olvidar, las mismas ojeras en el espejo, cigarrillos y vino como si fuera el último día.
Tell me true, tell me why was Jesus crucified…
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Joseph von Furstenberg
Ocupa a esta página el autor de Die jüdische Frage und der rap (Pendo Verlag, 2008), extensa vindicación del rap judío y testimonio de una retórica cuyo linaje puede rastrearse hasta los versos de Gilgamesh y, parcialmente, al perfecto Cantar de Salomón. Confieso haber frecuentado con inquietud de quiróptero las setecientas setenta y siete lentas páginas en las que el germano revela, a igual tiempo, identidad religiosa y pasión por los juegos de anacronías. La tesis central de Joseph von Furstenberg sostiene que el origen del rap, establecido por el vulgo en el continente negro, se sitúa indiscutiblemente en la Torá. Los dos corolarios principales, tal cual los he entendido, promueven el recobro inmediato del territorio musical rapero usurpado por el mundo goim, en especial por moros y gitanos, y la aceptación de la identidad enseñanza-rap, que lleva al autor a afirmar, desde el prefacio hasta el punto final, que todo es rap.
No nos intimida el posible panfleto. Tampoco nos desagrada la revelación de Moisés como primer hombre de rap. Baste recordar que en su versión folletinesca del judío errante, Eugène Sue prefigura elementos que hoy nos resultan cotidianos: el castigo a la falsa adoración, el pecado eterno, la diáspora como fenómeno aglutinante, referencias obligadas —es sabido— en las canciones de rap que plagan hoy los cuatro vientos. Sin embargo, las aflicciones registradas por Sue fueron expiadas muy anteriormente por griegos y sumerios —Sísifo, Prometeo, Gilgamesh tras la serpiente, son algunos breves ejemplos de nuestra inevitable tendencia a la épica—, por cuanto tampoco sería absurdo postular que el rap fue incluso antes que Moisés.
El libro se excede en referencias. Generoso, otorga la amistad a figuras tan disímiles como el Rabbi Jacob de Louis de Funes, Paul Dundes Wolfowitz, José de Arimatea y los grupos raperos judíos de fama internacional Before Lilith y The kosher boys. Estas variaciones de orfebre parecen refutadas por un detalle acaso trivial: el docto alemán incurre en un error grave al desconocer —o simular desconocer— que la estructura rítmica clásica del rap no puede coincidir con la de los muchos versos que pueblan nuestro Pentateuco.
Sus escasas intervenciones públicas no son más soberbias que su obra. Invitado por Thomas Kausch a su emisión cultural hebdomadaria en Arte para compartir panel con Sinik —rapero francés de origen magrebí—, Jack Lang —ministro de cultura de Miterrand— y un ex agente del Mossad que participó vía teleconferencia desde un lugar incierto, von Furstenberg supo defender los argumentos capitales de su libro: la aliteración como evidencia de rap impuro, el ritmo natural de las lenguas semíticas, las primeras Parasha Hashavua como sesiones musicales encubiertas, el silencio largamente guardado por los escribas. Inútil que Jack Lang refutase la tesis, por espuria, y procediera a relatar su último viaje oficial a Jerusalén. Insuficientes los versos improvisados en dialecto kabyle por Sinik a fin de demostrar no sabemos muy bien qué. Los mejores diálogos quisieron ser los de von Furstenberg y el oscuro ex agente, quienes, obedeciendo las costumbres talmúdicas que obligan sus raíces, incurrieron en arengas sin descanso. Un auditorio de dudosa mansedumbre agregó la tensión restante a la emisión, que registró un récord de audiencia.
A la luz de tantos siglos de exégesis, juzgamos avara la afirmación del ex agente, experto en teología, según quien Moisés, al término de una alquimia imposible en el monte Sinaí, concibió a dos manos doctrina y destino único. Lo hemos dicho anteriormente: la unicidad es un privilegio divino. En la antigüedad, frente al movimiento de los mares la única explicación admisible fue la divina. Igual suerte compartieron viento, sol y luna. Evite el lector la falacia de negación del antecedente. Las mitologías manejan múltiples caprichos y son propensas a los juegos geométricos. Asimov, en su elogio de la escuela jónica, por ejemplo, refiere la dualidad en la mitología babilónica: Tiamat, diosa del agua salada, es escindida en dos por su descendiente Marduk. Como en toda muerte mitológica hay nacimiento, de una mitad fue el cielo; de la otra, la tierra firme. La historia ha querido que el curioso Tales de Mileto, verdadero padre de la ciencia, tenga mejor destino que los sofistas. Todo es agua, equivocó, sin embargo. Todo es número, se aseguró luego. Las variantes de este juego son innúmeras y meramente paradigmáticas: basta cambiar el sustantivo para obtener resultados más o menos conocidos, más o menos verdaderos: energía, movimiento, caos, luz, música, cartas todas de la misma baraja en la que soñamos desde hace milenios, como hoy sueña el docto alemán al asegurar que todo es rap.
Joseph von Furstenberg vive actualmente en Heidelberg y es profesor de teología en la Ruprecht-Karls-Universität.
No nos intimida el posible panfleto. Tampoco nos desagrada la revelación de Moisés como primer hombre de rap. Baste recordar que en su versión folletinesca del judío errante, Eugène Sue prefigura elementos que hoy nos resultan cotidianos: el castigo a la falsa adoración, el pecado eterno, la diáspora como fenómeno aglutinante, referencias obligadas —es sabido— en las canciones de rap que plagan hoy los cuatro vientos. Sin embargo, las aflicciones registradas por Sue fueron expiadas muy anteriormente por griegos y sumerios —Sísifo, Prometeo, Gilgamesh tras la serpiente, son algunos breves ejemplos de nuestra inevitable tendencia a la épica—, por cuanto tampoco sería absurdo postular que el rap fue incluso antes que Moisés.
El libro se excede en referencias. Generoso, otorga la amistad a figuras tan disímiles como el Rabbi Jacob de Louis de Funes, Paul Dundes Wolfowitz, José de Arimatea y los grupos raperos judíos de fama internacional Before Lilith y The kosher boys. Estas variaciones de orfebre parecen refutadas por un detalle acaso trivial: el docto alemán incurre en un error grave al desconocer —o simular desconocer— que la estructura rítmica clásica del rap no puede coincidir con la de los muchos versos que pueblan nuestro Pentateuco.
Sus escasas intervenciones públicas no son más soberbias que su obra. Invitado por Thomas Kausch a su emisión cultural hebdomadaria en Arte para compartir panel con Sinik —rapero francés de origen magrebí—, Jack Lang —ministro de cultura de Miterrand— y un ex agente del Mossad que participó vía teleconferencia desde un lugar incierto, von Furstenberg supo defender los argumentos capitales de su libro: la aliteración como evidencia de rap impuro, el ritmo natural de las lenguas semíticas, las primeras Parasha Hashavua como sesiones musicales encubiertas, el silencio largamente guardado por los escribas. Inútil que Jack Lang refutase la tesis, por espuria, y procediera a relatar su último viaje oficial a Jerusalén. Insuficientes los versos improvisados en dialecto kabyle por Sinik a fin de demostrar no sabemos muy bien qué. Los mejores diálogos quisieron ser los de von Furstenberg y el oscuro ex agente, quienes, obedeciendo las costumbres talmúdicas que obligan sus raíces, incurrieron en arengas sin descanso. Un auditorio de dudosa mansedumbre agregó la tensión restante a la emisión, que registró un récord de audiencia.
A la luz de tantos siglos de exégesis, juzgamos avara la afirmación del ex agente, experto en teología, según quien Moisés, al término de una alquimia imposible en el monte Sinaí, concibió a dos manos doctrina y destino único. Lo hemos dicho anteriormente: la unicidad es un privilegio divino. En la antigüedad, frente al movimiento de los mares la única explicación admisible fue la divina. Igual suerte compartieron viento, sol y luna. Evite el lector la falacia de negación del antecedente. Las mitologías manejan múltiples caprichos y son propensas a los juegos geométricos. Asimov, en su elogio de la escuela jónica, por ejemplo, refiere la dualidad en la mitología babilónica: Tiamat, diosa del agua salada, es escindida en dos por su descendiente Marduk. Como en toda muerte mitológica hay nacimiento, de una mitad fue el cielo; de la otra, la tierra firme. La historia ha querido que el curioso Tales de Mileto, verdadero padre de la ciencia, tenga mejor destino que los sofistas. Todo es agua, equivocó, sin embargo. Todo es número, se aseguró luego. Las variantes de este juego son innúmeras y meramente paradigmáticas: basta cambiar el sustantivo para obtener resultados más o menos conocidos, más o menos verdaderos: energía, movimiento, caos, luz, música, cartas todas de la misma baraja en la que soñamos desde hace milenios, como hoy sueña el docto alemán al asegurar que todo es rap.
Joseph von Furstenberg vive actualmente en Heidelberg y es profesor de teología en la Ruprecht-Karls-Universität.
Esteban Castillo/Apuntes de una enciclopedia patafísica
Liceo 26
«Con el tiempo el liceo 26 ha dejado de ser lo que solía», se había dicho Santiago Strada la última vez que había ido a votar. Comienzo obligado de frase oliendo a nostalgia, recordando las pujas entre Líber Arce y Acosta y Lara, la indignación estudiantil y la postura oficial que prolongaba el tiempo de los muchachos, la impune bota sucia de mierda clavada en la nuca durante doce años. En ese entonces Sol no trabajaba en el liceo, era estudiante y creía que los muchachos eran los empleados que tenía su padre a cargo en la barraca que comenzaba a declinar. Hubiera sido imposible explicarle los motivos de aquellas reverencias de pelo corto y mirada gacha que continuaban pese a que ya se estaba, oficialmente, en democracia. Ni que hablar del pecho insuflado por el himno patrio, donde el tiranos temblad era un emblema para quienes todavía pensaban que en cualquier momento se iban a abrir las grandes alamedas, como si se estuviera yendo a algún lado y no deambulando como carne de cañón en un fuego cruzado del que mejor ni empezar a hablar.
O sea que mejor volver al liceo 26 hoy, con su legión de ventanas rotas, las dos escaleras que comunican las diferentes plantas, el terreno con el pasto generalmente crecido. El liceo 26 con sus aulas deslucidas y la última reforma de la educación a cuestas. Si bien la vida sigue siendo como un trompo, los graffitis en las paredes han cambiado sus mensajes, la protesta es otra, y los yuyos han ido ganándole superficie a las baldosas con una indiferencia elogiable. El liceo sigue con su patio enorme y un muro corto donde Sol está apoyada, asistiendo ausente al primer recreo de la mañana.
No muy lejos unos niños juegan con el busto de Artigas, le ponen una bufanda, tapándole los ojos, y le acercan un cigarrillo encendido a los labios de bronce. Mientras uno de ellos, agachado al costado de la peana, mantiene el cigarrillo junto a la boca del prócer, otros tres simulan fusilarlo. Se ríen cuando uno comenta «A éste no le entran ni las balas», y se alternan en la complacencia del deseo final. No ha terminado la tercera ronda de fusilamientos cuando un adscripto acude expeditivo a aplicar el rezongo de rigor y todos se dispersan salvo el dueño de la bufanda, que permanece obligado para escuchar que es una vergüenza nacional vilipendiar (y el niño no se muestra propenso a expandir su vocabulario) a nuestro héroe patrio. La próxima vez, una sanción.
O sea que mejor volver al liceo 26 hoy, con su legión de ventanas rotas, las dos escaleras que comunican las diferentes plantas, el terreno con el pasto generalmente crecido. El liceo 26 con sus aulas deslucidas y la última reforma de la educación a cuestas. Si bien la vida sigue siendo como un trompo, los graffitis en las paredes han cambiado sus mensajes, la protesta es otra, y los yuyos han ido ganándole superficie a las baldosas con una indiferencia elogiable. El liceo sigue con su patio enorme y un muro corto donde Sol está apoyada, asistiendo ausente al primer recreo de la mañana.
No muy lejos unos niños juegan con el busto de Artigas, le ponen una bufanda, tapándole los ojos, y le acercan un cigarrillo encendido a los labios de bronce. Mientras uno de ellos, agachado al costado de la peana, mantiene el cigarrillo junto a la boca del prócer, otros tres simulan fusilarlo. Se ríen cuando uno comenta «A éste no le entran ni las balas», y se alternan en la complacencia del deseo final. No ha terminado la tercera ronda de fusilamientos cuando un adscripto acude expeditivo a aplicar el rezongo de rigor y todos se dispersan salvo el dueño de la bufanda, que permanece obligado para escuchar que es una vergüenza nacional vilipendiar (y el niño no se muestra propenso a expandir su vocabulario) a nuestro héroe patrio. La próxima vez, una sanción.
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Ulysses
Cada página del Ulysses, en traducción de José Salas Subirat, ha valido el esfuerzo. Si bien apenas comenzado, haber recorrido de un tirón –y superado– las primeras cuarenta páginas, las que, en novela, suelen anunciar mi himno de retirada, promete buen puerto. Tras lectura cautelosa, privada de adjetivos, acaso ingrata, celebré la genialidad de Joyce cuando en la página vigesimosegunda afirma, admirablemente, que «el pensamiento es el pensamiento del pensamiento.» Recordé que, escasos lustros más tarde, Kurt Gödel concebiría artilugios similares en sus teoremas de incompletitud, con resultados fundamentales para la ciencia.El prólogo a esta edición, ejecutado por Jacques Mercanton, agrega sombra a la ya oscura obra: en su aplicada tarea de orfebre existe, tal vez, un rasgo de ingenuidad: frente al Ulysses todo prefacio es, como en el caso de la Biblia y otras summas, indigno de la obra.
Sin saberlo y –esto es seguro– sin que en algo lo perturbe, Joyce me ha obligado a repasar la Historia del pueblo irlandés (If you had the luck of the Irish...), releer a los clásicos, desempolvar los tratados de Vicente Cicalese, recurrir a enciclopedias con frecuencias vergonzosas. El vocabulario, extenso, no ha traído rémoras sino afortunados descubrimientos. La marea alta ha llegado, en cambio, con su vasta cartografía de referencias. A riesgo de naufragio, anticipo obligatoria la comprensión cabal del vínculo que Irlanda ha tenido (tiene) con la religión católica romana, gimnasia espiritual a la que Joyce dedica lo más logrado de su sarcasmo.
De lectura por momentos tediosa, la fortuna ha querido aliviar mi fajina con un viaje a Dublín realizado hace pocos meses. Busqué consuelo en otros lectores. En la siguiente revelación de Borges encontré un primer alivio: «Confieso no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran, confieso haberlo practicado solamente a retazos y sin embargo sé lo que es, con esa aventurera y legítima certidumbre que hay en nosotros, al afirmar nuestro conocimiento de la ciudad, sin adjudicarnos por ello la intimidad de cuantas calles incluye.» (El Ulises de Joyce, Inquisiciones). Años después, en la revista Sur, el argentino diría a propósito de su entonces nonato Ireneo Funes que «...lo indiscutible es que es un monstruo. Lo he recordado porque la consecutiva y recta lectura de las 400 mil palabras de Ulises exigiría monstruos análogos.» (Fragmento sobre Joyce, Sur, Febrero, 1941)
Pero Borges no es anglosajón, aunque así lo declame el bardo herido. Honrando paternidades, acierta Faulkner cuando aconseja: «You should approach Joyce's Ulysses as the illiterate Baptist preacher approaches the Old Testament: with faith.» Sea. Sin embargo, sus lectores serán tributarios de añoso preámbulo pues la obra, lo quisiera o no su autor, se situará siempre más allá del círculo de los ignaros.
Poco importa –así lo creo al menos– si un libro ha sido felicidad de imprentas o amigo del impreciso comercio de la crítica literaria. Poco importa, además, si en su entusiasta haber se computan lectores que no tuvo: adivino que en los ilustrados salones sólo cabe negar la derrota que supone su lectura; adentrarme en sus páginas me ha facilitado la elucidación del motivo: Joyce obliga a la humildad, virtud tan postergada en los altos cenáculos.
Leeré el resto del libro recordando una frase de Unamuno (Cómo se hace una novela): «Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que se satisfaga su curiosidad.» Mientras, quiero clausurar estos grumosos párrafos con una cita del Borges de Inquisiciones (op. cit.) a unas palabras que Lope de Vega expresara en relación a Góngora:
Sea lo que fuere, yo he de estimar y amar el divino ingenio deste Cavallero, tomando del lo que entendiere con humildad y admirando con veneración lo que no alcanzara a entender.
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Montevideo
Las vacas que se escaparon
de los palos y los dueños
aún andan por las barriadas
vagando como en un sueño
de los palos y los dueños
aún andan por las barriadas
vagando como en un sueño
Fernando Solanas
*
Notas tomadas en 2004. Aún vigentes, duelen menos. No cambió la ciudad sino el torpe amanuense. Gallego, cachila y sombrero, sos extranjero tanto como yo. Nacido en A Coruña, mi abuelo llegó a principos del siglo veinte, de polizonte y catorce años, tras un Montevideo en cuyo puerto, según mentaban, se recogían pepitas de oro. No lo conocí. A mis otros abuelos tampoco. Mi desarraigo es, primero, familiar; luego, geográfico.
Llegué la semana pasada. Me juré que, un día, los ingenieros viales que han deshonrado a esta ciudad serán ejecutados en plaza pública, si no es que la muerte les ha otorgado antes otro destino, acaso más digno. En escasos cinco días fui fiel a mis rituales. Compré libros, mayormente por reflejo, y charlé un rato con los bouquinistes de Tristán Narvaja. Por momentos no pude evitar que me ganara esa tristeza que quemaba y venía de abajo, de algo que tenía que ser el píloro porque el spleen, según creo, es una superstición. Circe, que acertó a obsequiarme Valfierno, asocia mi gabardina a cierto personaje novelístico del cual, hoy, prefiero recordar una confesión: "Por más que me pese nunca seré un indiferente como Etienne".
*
Al otro día de haber vuelto de París, Santiago Strada iba en un taxi camino a una casa desconocida en el barrio Jacinto Vera, escuchando despreocupadamente al taxista, que lo ponía al día de las principales noticias del país. Mirando por la ventanilla, devolvía indiferente alguna pregunta sobre quién era ese jugador nuevo en Peñarol o cómo se podía entender que Uruguay pudiera quedar de nuevo descalificado para el mundial. «Y con lo mal que ligamos, maestro», se quejaba del otro lado de la mampara el conductor, mientras metía otro bocinazo y agregaba un «Laputaqueteparióporquénotefijáspordóndecarajomanejáshijodeputa.»
«La finesse autochtone, quoi…», se dijo Santiago sin que le causara gracia. Comenzaba a darse cuenta de que volver no era tanto un regreso sino un lento proceso de ajuste que en realidad le parecía un repliegue. La arquitectura, los ruidos y los olores, el trato de la gente, la falta de educación, los medios de transporte, la comida, los hurgadores, el jet set y la farándula que por momentos le parecían monigotes de mímicas parafinosas apareciendo en revistas y por el paralelepípedo detestable, la lentitud de los periodistas al hablar; en todo había algo nuevo que (y tomar conciencia de eso era lo que más le angustiaba) era en realidad una ausencia que siempre había estado pero que nunca había visto.
*
Para el período de aclimatación su lista de tareas se conformaba por (a) esperar a que se realizaran los trámites del puesto que le habían prometido, (b) recorrer disquerías y librerías, (c) visitar el Cementerio del Norte y (d) caminar Montevideo para ponerse al día, tarea que en dos días dio por concluida. Con no poca pesadumbre se iba sintiendo vencido por la oferta cultural, las formas de hablar, el lenguaje como un pez en un acuario, plagado de latiguillos detestables, una prosodia en la que le parecía vislumbrar un ruinoso calco del acento porteño que tan bien le queda a los porteños pero a los montevideanos para qué, la incómoda hermandad callejera, el desinterés y la desidia generalizadas, el régimen de la espera, el notemetás como método, las puertas que nadie se dignaba sostener, los ruidos del tránsito, la contaminación sonora de la ciudad, que notaba por primera vez. Ya tenía un equipo de audio (una de las primeras medidas que había tomado al llegar) y se había instalado austeramente en el apartamento de la calle Scosería que Gabriel le había conseguido, consciente hasta la médula de que su examen inicial no pasaba de superficial y pequeñoburgués, y no era nada que no pudiera solucionar una botella de buen oporto, un corrido de Los Tigres del Norte o un pasaje sólo ida a París.
*
No veía un sol como ése desde principios de agosto y hacía cuatro años que no sentía un calor tan pegado al cuerpo. Se subió al ómnibus en Bulevar Artigas y Colorado, y saludó instintivamente al conductor, que le devolvió una mirada y un silencio, mientras arrancaba antes de cerrar la puerta, y subía el volumen de la radio en la que sonaba una cumbia plancha que a Santiago le resultó vomitiva. Dudó en dirigirse a la gente con algo que bien podría comenzar: «contra la impermeabilidad hipopotámica del honorable público», pero, intuyendo un honorable público ejemplarmente hipopotámico y poco propicio a discursos ultraístas, decidió pagarle el boleto al guarda (que de seguro también era sordomudo), tomar asiento y camuflarse con el paisaje que le hacía recordar a los comedores de papas de Van Gogh. Al sentarse, ajeno a la cumbia plancha, a Ingrid, al par de mongoloides responsables de ese transporte capitalino, a Montevideo, y reviviendo la sensación de ahogo que le había causado el cuadro cuando lo vio por primera vez una Navidad en Amsterdam, sintió como si una mano le empujara la cabeza y lo forzara a mirar algo. Entonces vio por primera vez a Sol, con dos cuadernos bajo el brazo.
*
Y en ese pleno diciembre, con treinta y dos grados yo todavía traía el invierno en los huesos, en la mirada, en las imágenes de un Montevideo que iba redescubriendo sin misterio ni emoción, repitiéndome peccata minuta ante cada choque cultural que más bien me parecía una pasada de aplanadora, temiendo lo que me deparara la cotidiana, insoportable condición de existir.
*
En algún momento se metió en un bar a desayunar. Estuvo media hora leyendo un diario con desgano, enterándose de la novedad nacional, que le parecía que de novedad tenía poco y de nacional demasiado.
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Pesadillas
Fumando en la oscuridad desde las cinco de la mañana, Santiago Strada rememoraba la pesadilla en todos sus claroscuros, la gallina colgando, el patio misteriosamente insonoro, ensimismado, la voz de Sol como de Apocalipsis en tiempos de Torquemada. Cada vez que respiraba profundamente, se materializaban en la penumbra residuos de sueño y volvía a sentir la cerrazón en el pecho, el garfio incrustado en el plexo solar. Entonces pitaba angustiosamente el cigarrillo y se decía que la única respuesta posible era que la gallina estuviera viva.
En el equipo de audio hacía dos horas que se repetía el rondó de la Patética, licuando el aire viciado de la pieza, la pesadumbre en humo que llenaba los rincones, asfixiándolos. Desde la calle llegaban los ruidos de la primera mañana, los automóviles, los ómnibus, algún perro ladrando a lo lejos. Se oía el viento en los árboles. «Pero entonces la gallina estaba viva», se alentó una vez más.
Se decidió a pasar al allegretto de la Tempestad al mismo tiempo que comenzaba un nuevo cigarrillo, recordando que se cumplían dos semanas de la ruptura con Sol.
Siguió así una hora más, murmurando de a ratos que la gallina estaba viva, hasta que, apelando a exorcismos que sólo los innombrables comprenden, se convenció de devolverle el equipo de audio a Mónica Baraka e ir a buscar sus cosas a lo de Sol.
En el equipo de audio hacía dos horas que se repetía el rondó de la Patética, licuando el aire viciado de la pieza, la pesadumbre en humo que llenaba los rincones, asfixiándolos. Desde la calle llegaban los ruidos de la primera mañana, los automóviles, los ómnibus, algún perro ladrando a lo lejos. Se oía el viento en los árboles. «Pero entonces la gallina estaba viva», se alentó una vez más.
Se decidió a pasar al allegretto de la Tempestad al mismo tiempo que comenzaba un nuevo cigarrillo, recordando que se cumplían dos semanas de la ruptura con Sol.
Siguió así una hora más, murmurando de a ratos que la gallina estaba viva, hasta que, apelando a exorcismos que sólo los innombrables comprenden, se convenció de devolverle el equipo de audio a Mónica Baraka e ir a buscar sus cosas a lo de Sol.
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Seis años
Habían sido seis años de adolescencia atrasada, de hacer el amor como gatos, refugiándose en las azoteas, en los rincones oscuros, en las hamacas paraguayas. Años que cubrían un casamiento que don Hugo, con una salud desmejorada inexplicablemente en cuestión de meses, intentó impedir a toda costa, más allá de los intentos estériles de Santiago por ser aceptado.
Seis años que Santiago Strada había vivido, sin que Sol lo supiera, como si se tratase de una libertad condicional o un veranillo, casi esperando el momento en el que apareciera algo para arruinar todo, convencido ahora de que ese algo había sido un ultimátum tanto como podría haber sido una singular carambola astrológica o levantarse una mañana y sin saber muy bien por qué rascarse la cabeza y darse cuenta de que todo se había terminado y que no había mucho más para rescatar, esa clase de desventuras que le pueden ocurrir a cualquiera.
Seis años que Santiago Strada había vivido, sin que Sol lo supiera, como si se tratase de una libertad condicional o un veranillo, casi esperando el momento en el que apareciera algo para arruinar todo, convencido ahora de que ese algo había sido un ultimátum tanto como podría haber sido una singular carambola astrológica o levantarse una mañana y sin saber muy bien por qué rascarse la cabeza y darse cuenta de que todo se había terminado y que no había mucho más para rescatar, esa clase de desventuras que le pueden ocurrir a cualquiera.
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Un amigo
–No es mala idea. El problema con el Lord es que no sólo no le van a pagar sino que lo están usando. El desprecio resulta evidente. El viejo por homofóbico y Alejandro por erudifóbico. Dicho sea de paso, el viejo se volvió a atragantar pero una vez más no se murió. Hay cada enfermo ejerciendo de padre. La paternidad está de saldos, te digo.
–Ni que lo digas –murmuró Gabriel–. ¿Y vos vas a ejercer en carácter de qué, más o menos?
–Me vas a decir que estoy loco.
–Noooo. Si te dijera eso, de seguro vos…
–Supongo –dijo Santiago–. En cuyo caso, ante mi respuesta, vos estarías argumentando como cuando…
–Pero es claro que no te rebatiría –interrumpió Gabriel, pidiendo el cigarrillo– porque te largarías con prolegómenos tendientes a mostrarme cómo minaste cuidadosamente el campo y que por eso debería tener cuidado, aunque quizá sea demasiado tarde y ya mi pie me traicionó con su ceguera comprensible, su ignorancia absoluta, un tacto confirmatorio más que anticipador, un instrumento inútil.
–Sí –concluyó Santiago–, algo por el estilo, mi querido no man’s land. De todos modos, Sol me preguntó si me había decidido y le dije que sí.
–¿Así nomás?
–¡No! ¿Estás loco? Puse mis condiciones.
–Pero si el ultimátum te daba más tiempo y no era definitivo.
–Sí, pero puse mis condiciones.
Gabriel lo observaba de reojo, mordiéndose los labios para no reírse porque las condiciones a las que apelaba Santiago en momentos de crisis solían ser dignas de una ponencia a clasificar. Santiago fumaba y largaba el humo contenido mirando al cielo. Cada pitada parecía un ruego.
–…
–Sin los dos –dijo.
Gabriel le pidió el cigarrillo y comenzó a fumarlo, forzándose al silencio porque le parecía que en el fondo Santiago le había embocado con la condición, aunque pocos segundos más tarde comenzaba a detectar algo muy ridículo, algo tan irreal que le empezaba a dar la idea para un artículo que remplazara el de los problemas de la percha del Nilo en Tanzania, y que sin saber muy bien por qué le empezaba a dar ganas de reírse. Sin los dos como condición para tener un hijo, lo que se dice una contención de daños. Tenía que ser un chiste pero no lo era, la cara de Santiago como esperando un veredicto lo decía todo y él tenía que jugar el papel del amigo, apoyar, mostrar los aspectos rescatables, darle el empujón prospectivo que lo sacara de esa cara de bobalicón cósmico a la espera de una sentencia y decirle que todo iba a estar perfectamente, que un hijo caía como pan del cielo así que ya mismo era cuestión de ponerse a planificar la inminente paternidad, los escarpines, el nombre, el set de sonajeros y si decirle o no que los reyes son los padres, dilema que Santiago Strada jamás había resuelto. A los treinta segundos Gabriel estaba de rodillas, apoyado en la pared para no caerse, muerto de risa.
–Me imaginaba –dijo Santiago–. Pero no está tan mal como condición, Gabriel. Pensalo bien.
Se miraron fijo y Santiago cayó al costado de Gabriel, gritando convencido que no estaba tan mal como condición pero sin poder aguantar la risa. Gabriel concedía que no estaba tan mal porque debía de haber peores y volvían a hundirse entre carcajadas y un cigarrillo que se iba consumiendo.
–Ni que lo digas –murmuró Gabriel–. ¿Y vos vas a ejercer en carácter de qué, más o menos?
–Me vas a decir que estoy loco.
–Noooo. Si te dijera eso, de seguro vos…
–Supongo –dijo Santiago–. En cuyo caso, ante mi respuesta, vos estarías argumentando como cuando…
–Pero es claro que no te rebatiría –interrumpió Gabriel, pidiendo el cigarrillo– porque te largarías con prolegómenos tendientes a mostrarme cómo minaste cuidadosamente el campo y que por eso debería tener cuidado, aunque quizá sea demasiado tarde y ya mi pie me traicionó con su ceguera comprensible, su ignorancia absoluta, un tacto confirmatorio más que anticipador, un instrumento inútil.
–Sí –concluyó Santiago–, algo por el estilo, mi querido no man’s land. De todos modos, Sol me preguntó si me había decidido y le dije que sí.
–¿Así nomás?
–¡No! ¿Estás loco? Puse mis condiciones.
–Pero si el ultimátum te daba más tiempo y no era definitivo.
–Sí, pero puse mis condiciones.
Gabriel lo observaba de reojo, mordiéndose los labios para no reírse porque las condiciones a las que apelaba Santiago en momentos de crisis solían ser dignas de una ponencia a clasificar. Santiago fumaba y largaba el humo contenido mirando al cielo. Cada pitada parecía un ruego.
–…
–Sin los dos –dijo.
Gabriel le pidió el cigarrillo y comenzó a fumarlo, forzándose al silencio porque le parecía que en el fondo Santiago le había embocado con la condición, aunque pocos segundos más tarde comenzaba a detectar algo muy ridículo, algo tan irreal que le empezaba a dar la idea para un artículo que remplazara el de los problemas de la percha del Nilo en Tanzania, y que sin saber muy bien por qué le empezaba a dar ganas de reírse. Sin los dos como condición para tener un hijo, lo que se dice una contención de daños. Tenía que ser un chiste pero no lo era, la cara de Santiago como esperando un veredicto lo decía todo y él tenía que jugar el papel del amigo, apoyar, mostrar los aspectos rescatables, darle el empujón prospectivo que lo sacara de esa cara de bobalicón cósmico a la espera de una sentencia y decirle que todo iba a estar perfectamente, que un hijo caía como pan del cielo así que ya mismo era cuestión de ponerse a planificar la inminente paternidad, los escarpines, el nombre, el set de sonajeros y si decirle o no que los reyes son los padres, dilema que Santiago Strada jamás había resuelto. A los treinta segundos Gabriel estaba de rodillas, apoyado en la pared para no caerse, muerto de risa.
–Me imaginaba –dijo Santiago–. Pero no está tan mal como condición, Gabriel. Pensalo bien.
Se miraron fijo y Santiago cayó al costado de Gabriel, gritando convencido que no estaba tan mal como condición pero sin poder aguantar la risa. Gabriel concedía que no estaba tan mal porque debía de haber peores y volvían a hundirse entre carcajadas y un cigarrillo que se iba consumiendo.
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Del nombre de este antro
–¿Qué pensaste, Santiago? ¿Querés? ¿No querés? ¿O querés pero no querés?
Strada comenzó a hilvanar rápidamente, consciente de que el ultimátum era ineludible y su postulado no le parecía más insensato que afiliarse a un club de manualidades en uranio 235 o practicar el bungee jumping en el puente peatonal de Salinas. ¿Quería? Daba manotones en la bolsa de argumentos como los niños en las rifas por televisión. ¿No quería? Como si el ángel Gabriel hubiera descendido, se daba cuenta de que no podía no querer en el corto plazo y seguir con Sol en el mediano; enfrentado a un árbol decisional que más bien degeneraba en arbusto tautológico, concluía rápidamente lo que venía evitando desde hacía unos días: tenía que querer. QED.
Pero tampoco iba a ser cuestión de dar un sí a la Gorbachov, quería claudicar como un cimarrón (los aires campestres le venían de Zitarrosa), algo compadrito como el caminar de los cuervos, aun recordando que el que había sentenciado a la tarde «Quod scripsi, scripsi» se había lavado las manos a la mañana. Finalmente le pareció encontrar algo, vio que la luz descubría un intersticio y ahí mismo tenía que aplicar la palanca.
–Sí, quiero…
–¿¡En serio!? –dijo Sol.
–Pará, pará, descolgá las guirnaldas, cortá la música, esperá. Sí, quiero. Está bien. Pero sin los dos.
–¿Cómo sin los dos?
–Entendés muy bien. Y no es un parricidio sino las cosas en su lugar.
–…
–Hola. ¿Seguís ahí?
–…
–¿Sol?
–Pero, Santiago, ¿qué querés que haga con papá?
–Ah, eso no lo sé, lo hablamos luego, no lo tengo muy pensado. Pero sin los dos, tiene que ser sin los dos. ¿Te imaginás, si no, el gasto en pañales?
–¡Pero no seas fantoche!
–En serio, pensalo.
–Santiago, pese a todo es mi padre.
–Sí, eso mismo, pese a todo, ese pese a todo pesa. Pesá todo y fijate.
Strada comenzó a hilvanar rápidamente, consciente de que el ultimátum era ineludible y su postulado no le parecía más insensato que afiliarse a un club de manualidades en uranio 235 o practicar el bungee jumping en el puente peatonal de Salinas. ¿Quería? Daba manotones en la bolsa de argumentos como los niños en las rifas por televisión. ¿No quería? Como si el ángel Gabriel hubiera descendido, se daba cuenta de que no podía no querer en el corto plazo y seguir con Sol en el mediano; enfrentado a un árbol decisional que más bien degeneraba en arbusto tautológico, concluía rápidamente lo que venía evitando desde hacía unos días: tenía que querer. QED.
Pero tampoco iba a ser cuestión de dar un sí a la Gorbachov, quería claudicar como un cimarrón (los aires campestres le venían de Zitarrosa), algo compadrito como el caminar de los cuervos, aun recordando que el que había sentenciado a la tarde «Quod scripsi, scripsi» se había lavado las manos a la mañana. Finalmente le pareció encontrar algo, vio que la luz descubría un intersticio y ahí mismo tenía que aplicar la palanca.
–Sí, quiero…
–¿¡En serio!? –dijo Sol.
–Pará, pará, descolgá las guirnaldas, cortá la música, esperá. Sí, quiero. Está bien. Pero sin los dos.
–¿Cómo sin los dos?
–Entendés muy bien. Y no es un parricidio sino las cosas en su lugar.
–…
–Hola. ¿Seguís ahí?
–…
–¿Sol?
–Pero, Santiago, ¿qué querés que haga con papá?
–Ah, eso no lo sé, lo hablamos luego, no lo tengo muy pensado. Pero sin los dos, tiene que ser sin los dos. ¿Te imaginás, si no, el gasto en pañales?
–¡Pero no seas fantoche!
–En serio, pensalo.
–Santiago, pese a todo es mi padre.
–Sí, eso mismo, pese a todo, ese pese a todo pesa. Pesá todo y fijate.
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Niño que ya no naciste
Las primeras gotas frías de la garúa, que seguía lenta pero implacable, lo devolvieron a la realidad, al croissant inmóvil sostenido a pocos centímetros de la boca, al bolo alimenticio reclamando saliva, a la idea de dar un paseo por la reserva de fauna autóctona para luego tirarse en el sillón del estar a leer un poco, mirando esporádicamente hacia el bosque, oliendo la humedad que traería el viento, los pinos mojados.
Decidió subir al auto, volver a la caricia de Ekdahl. La idea de tener un hijo lo angustiaba genuinamente. Temía obrar como si tan sólo siguiera un impulso de la raza, caer en la mediocridad de ejecutar lo esperado y verse un día al espejo golpeándose el pecho al grito de «¡Qualis pater, talis filius!» o de la versión menos letrada pero no muy disímil de «¡Hijo’e tigre!». Era reticente a iniciarse al capítulo universal Sea el primogénito como quien va al quilombo del barrio o fuma el primer cigarrillo ante la presión liceal. Nunca se había visto como un padre, aunque sus esporádicas incursiones en la docencia le hubieran mostrado que le gustaba enseñar, sentir el placer de ayudar a alguien a comprender algo, así ese algo fuera una serie de Taylor y no cómo comer el puré de manzana con mediana autonomía o atarse los cordones hábilmente. Era así y no le parecía demasiado injusto, por lo menos consigo mismo, aunque lamentara un poco creer que era mejor transmitir el conocimiento que los genes, misteriosas cadenas donde imaginaba que estaría perfectamente escrita la historia humana, desde el cordón umbilical al plateado, nacer, hacer pipí y popó, decir papá y mamá, los monosílabos más simples repetidos para orgullo y emoción de padres y parientes, aprender a jugar, a estudiar, rebelarse, mujeres u hombres o ambos, trabajo, una casa, un auto, un hijo, quizá el segundo, por qué no un tercero, ser un buen padre, una buena madre, ser útil, lo que se dice un buen homo sapiens, servir, plantar un árbol, escribir un libro y finalmente besar la tierra o entregarse al polvo. Una trayectoria que en el fondo le parecía perfectamente inútil. Conocía de sobra los argumentos en torno a la felicidad, a la extensión de uno mismo, al milagro de crear vida (el hecho de que alguien se sintiera demiurgo por su ínfima participación en un proceso que en realidad no controlaba le parecía digno de un poeta o de un imbécil), pero en la vida se sentía inquilino y lo que le gustaba sin intermediación alguna era la muerte, que honraba como los antiguos guerreros. Contrario a las consignas al por mayor, nunca había cargado una bandera que no fuera la suya y no quería cargar con un hijo ni hacer a nadie cargar un padre así. Pero había también el recuerdo de una infancia particularmente triste, de pocos amigos y muchas traiciones, esteparia; el temor de transmitir una tendencia a la pesadumbre enmascarada por la ironía. Y todo esto sin dejar de reconocerse ampliamente egoísta y de profunda raíz anárquica, un antiescolástico ejemplar, resquicios de una adolescencia revoltosa e iconoclasta de la que había sobrevivido gracias a la facilidad para el estudio y bastante suerte.
Decidió subir al auto, volver a la caricia de Ekdahl. La idea de tener un hijo lo angustiaba genuinamente. Temía obrar como si tan sólo siguiera un impulso de la raza, caer en la mediocridad de ejecutar lo esperado y verse un día al espejo golpeándose el pecho al grito de «¡Qualis pater, talis filius!» o de la versión menos letrada pero no muy disímil de «¡Hijo’e tigre!». Era reticente a iniciarse al capítulo universal Sea el primogénito como quien va al quilombo del barrio o fuma el primer cigarrillo ante la presión liceal. Nunca se había visto como un padre, aunque sus esporádicas incursiones en la docencia le hubieran mostrado que le gustaba enseñar, sentir el placer de ayudar a alguien a comprender algo, así ese algo fuera una serie de Taylor y no cómo comer el puré de manzana con mediana autonomía o atarse los cordones hábilmente. Era así y no le parecía demasiado injusto, por lo menos consigo mismo, aunque lamentara un poco creer que era mejor transmitir el conocimiento que los genes, misteriosas cadenas donde imaginaba que estaría perfectamente escrita la historia humana, desde el cordón umbilical al plateado, nacer, hacer pipí y popó, decir papá y mamá, los monosílabos más simples repetidos para orgullo y emoción de padres y parientes, aprender a jugar, a estudiar, rebelarse, mujeres u hombres o ambos, trabajo, una casa, un auto, un hijo, quizá el segundo, por qué no un tercero, ser un buen padre, una buena madre, ser útil, lo que se dice un buen homo sapiens, servir, plantar un árbol, escribir un libro y finalmente besar la tierra o entregarse al polvo. Una trayectoria que en el fondo le parecía perfectamente inútil. Conocía de sobra los argumentos en torno a la felicidad, a la extensión de uno mismo, al milagro de crear vida (el hecho de que alguien se sintiera demiurgo por su ínfima participación en un proceso que en realidad no controlaba le parecía digno de un poeta o de un imbécil), pero en la vida se sentía inquilino y lo que le gustaba sin intermediación alguna era la muerte, que honraba como los antiguos guerreros. Contrario a las consignas al por mayor, nunca había cargado una bandera que no fuera la suya y no quería cargar con un hijo ni hacer a nadie cargar un padre así. Pero había también el recuerdo de una infancia particularmente triste, de pocos amigos y muchas traiciones, esteparia; el temor de transmitir una tendencia a la pesadumbre enmascarada por la ironía. Y todo esto sin dejar de reconocerse ampliamente egoísta y de profunda raíz anárquica, un antiescolástico ejemplar, resquicios de una adolescencia revoltosa e iconoclasta de la que había sobrevivido gracias a la facilidad para el estudio y bastante suerte.
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Alopecia
« La carrera que se desató en la comunidad científica, dio a conocer una sustancia que provoca la alopecia: la Dihidrotestosterona o DHT. Su inhibición sería la clave del éxito en la lucha contra la calvicie. »
De un recorte de diario
Leo en esta deficiente traducción de “Desandarás el desierto”, opera prima de Slim Ben Ahamed, moralista tunisino, elegante traductor del Corán y poeta de ocasión, que “los peores errores parecen repetirse en la Historia al amparo de un carbónico macabro”. Esta tesis, respaldada hoy mismo por Ricardo Bálsamo, mi vecino de enfrente, admite varios reparos y sin embargo, creo, no hace sino confirmar la condición humana.
No recuerdo cómo encontré el artículo periodístico, pero el estilo refinado de ciertas elucidaciones y, sobre todo, su materia principal, me hicieron pensar en mi vecino y aprovechando el domingo y el escampe crucé a llevárselo. Confieso que también crucé porque don Bálsamo practica la testarudez a guisa de deporte extremo y yo quería poder darme el lujo de preludiar un relato con el célebre alea iacta est: es sabido que cuando alguien se convence de que para eliminar el flagelo mundial de la alopecia, más conocida como calvicie y denominada comúnmente pelada por nuestros congéneres poco proclives a nomenclaturas pomposas, es necesario inhibir a DHL, se encuentra desde el vamos en serios problemas. Resulta indiscutible también que podemos establecer, con un mínimo margen de error, los pasos que seguirá de aquí en más el señor Bálsamo.
A los evidentes e iniciales cuestionamientos morales, puesto que un sistema de mensajería no es más que un incesante trazar de puentes, se sucederán otros de orden más bien organizativo, pues este vecino siente y sentirá en su fuero más íntimo que la moral está muy bien, pero ser pelado es un castigo repudiable.
Como primera medida, no calvo pero atormentado por la caída de cabellos, comenzará por editar uno a uno sus perfiles de comprador cibernético, procediendo a la sustitución de la forma de envío de los productos en cuestión. Sustituirá el servicio a inhibir por otros similares, resignándose, llegado al caso, a la entrega por vía normal. Luego de horas de navegación entre menús confusos, formularios mal diseñados y consideraciones ininteligibles en cuanto a la seguridad de la transacción a realizarse, comenzará a darse cuenta de que una actitud tan arrojada y consecuente como unilateral y feble no le servirán para desbancar como si nada a un servicio de envergadura mundial.
Este ser mortificado procederá entonces a un plan más acorde a la situación y se decidirá a cercar al enemigo en su ciudad, presumiendo que su éxito conllevará a la gestación espontánea y mundial de otros fenómenos similares, y el efecto dominó logrará un rotundo paf que resonará en todos los rincones del globo, para que de esa manera todos podamos festejar, al fin y como corresponde, el fin de la calvicie.
Así, apelará -verbo por demás oportuno- a sus amigos más cercanos y a su fiel esposa, ilustre conocedora de sus deambulares nocturnos e insistentes observaciones frente al espejo (llegando incluso al colmo del doble espejo para lograr una imagen más cruenta de su cada-vez-más-despejada realidad). Planteará el caso claramente y sus amigos darán un sí falto de dilación alguna, a lo que su esposa, cuyo sí es tácito e irrevocable, descorchará un buen champán y todos brindarán por el éxito de la misión.
La fase de entrenamiento del comando se verá precipitada por el aumento inesperado de la pérdida de cabello del jefe, debido a los nervios que sufrirá nuestro paladín, por aquello de los evidentes e iniciales cuestionamientos morales, que no resultarán tan evidentes y de iniciales tendrán poco, sumados al fresco olfatear del peligro inherente a la causa emprendida.
Las primeras medidas, consistentes en profusas intentonas por entorpecer la movilización de la flota de los vehículos de entrega de la empresa, se mostrarán rápidamente insatisfactorias al ya casi calvo héroe, quien optará por prácticas más disuasivas. El comando sesionará y casi por unanimidad (un voto en contra y dos abstenciones) llegarán a una resolución de corte conmovedor. Sin embargo, el primer secuestro a un distribuidor le mostrará al grupo la honda preocupación de la empresa por sus empleados y tras semanas de sordos intentos de negociación, lo devolverán a la sede central, a las cinco de la mañana, desnudo y encapuchado con un sobre manila tamaño gigante, sellado al peso para entrega local, en clara muestra de reprobación.
Dos días más de cavilaciones serán suficientes para que nuestro tan querido vecino pierda el último cabello, arrancado por él mismo en un arrebato de furia ante la indiferencia de la empresa causante de la calvicie. Esto lo llevará a tomar una decisión extrema: en tanto jefe del movimiento de liberación de los pelados notificará a sus auxiliares la fecha del emplazamiento de un coche bomba frente a la sede de la maléfica compañía.
Es claro que sus auxiliares, respaldados por el amor de su amistad y el voto de matrimonio, lo enviarán redondamente a freír espárragos y le sugerirán la concurrencia a un psiquiatra, palideciendo el sentimiento de camaradería y la irrevocabilidad misma del apoyo conyugal. Su esposa, presumiblemente, aprovechará la ocasión para abandonarlo de una vez, yéndose con un miembro del disuelto comando, profuso en cabellos y poco afecto a los espejos.
Él, como un verdadero defensor de causas no perdidas sino por ganar, proseguirá imperturbable su camino de gloria, pero su accionar solitario será tan desafortunado que este santo patrón de los desposeídos de frondosas cabelleras será sorprendido en pleno acto por los oficiales dispuestos para estos (y otros) casos, quienes tendrán la amabilidad de conducirlo a patadas a la seccional más próxima (entre protestas, porque después de todo era un artículo periodístico el que hablaba de inhibir a DHL), y de allí a una cárcel, donde, cada vez que su pelambrera pretenda siquiera asomar para ver si hace frío, el peluquero de turno (ese monstruo frío y mecanizado) lo alivianará en cinco minutos de sus complejos. El juicio que condenará a nuestro guerrero será seguido implacablemente por la prensa. Su esposa volverá con él al grito de siempre estuve, cuestión de no perder sus quince minutos de fama. La gente no se pondrá de acuerdo sobre la culpabilidad y el tema se tratará en el parlamento. Será, de seguro, objeto de charla en peluquerías.
Como al señor Bálsamo le profeso muchísimo cariño y simpatía, quizá algún día un guardia le entregue un paquete de mi parte, enviado vía DHL, indicándole de seguro: « Dale pelado, firmá la entrega ». En lo que a mí respecta, desde ya voy pensando qué enviarle. De momento, y a modo de emblema de esperanza, estoy pensando en un peine verdeazulado.
No recuerdo cómo encontré el artículo periodístico, pero el estilo refinado de ciertas elucidaciones y, sobre todo, su materia principal, me hicieron pensar en mi vecino y aprovechando el domingo y el escampe crucé a llevárselo. Confieso que también crucé porque don Bálsamo practica la testarudez a guisa de deporte extremo y yo quería poder darme el lujo de preludiar un relato con el célebre alea iacta est: es sabido que cuando alguien se convence de que para eliminar el flagelo mundial de la alopecia, más conocida como calvicie y denominada comúnmente pelada por nuestros congéneres poco proclives a nomenclaturas pomposas, es necesario inhibir a DHL, se encuentra desde el vamos en serios problemas. Resulta indiscutible también que podemos establecer, con un mínimo margen de error, los pasos que seguirá de aquí en más el señor Bálsamo.
A los evidentes e iniciales cuestionamientos morales, puesto que un sistema de mensajería no es más que un incesante trazar de puentes, se sucederán otros de orden más bien organizativo, pues este vecino siente y sentirá en su fuero más íntimo que la moral está muy bien, pero ser pelado es un castigo repudiable.
Como primera medida, no calvo pero atormentado por la caída de cabellos, comenzará por editar uno a uno sus perfiles de comprador cibernético, procediendo a la sustitución de la forma de envío de los productos en cuestión. Sustituirá el servicio a inhibir por otros similares, resignándose, llegado al caso, a la entrega por vía normal. Luego de horas de navegación entre menús confusos, formularios mal diseñados y consideraciones ininteligibles en cuanto a la seguridad de la transacción a realizarse, comenzará a darse cuenta de que una actitud tan arrojada y consecuente como unilateral y feble no le servirán para desbancar como si nada a un servicio de envergadura mundial.
Este ser mortificado procederá entonces a un plan más acorde a la situación y se decidirá a cercar al enemigo en su ciudad, presumiendo que su éxito conllevará a la gestación espontánea y mundial de otros fenómenos similares, y el efecto dominó logrará un rotundo paf que resonará en todos los rincones del globo, para que de esa manera todos podamos festejar, al fin y como corresponde, el fin de la calvicie.
Así, apelará -verbo por demás oportuno- a sus amigos más cercanos y a su fiel esposa, ilustre conocedora de sus deambulares nocturnos e insistentes observaciones frente al espejo (llegando incluso al colmo del doble espejo para lograr una imagen más cruenta de su cada-vez-más-despejada realidad). Planteará el caso claramente y sus amigos darán un sí falto de dilación alguna, a lo que su esposa, cuyo sí es tácito e irrevocable, descorchará un buen champán y todos brindarán por el éxito de la misión.
La fase de entrenamiento del comando se verá precipitada por el aumento inesperado de la pérdida de cabello del jefe, debido a los nervios que sufrirá nuestro paladín, por aquello de los evidentes e iniciales cuestionamientos morales, que no resultarán tan evidentes y de iniciales tendrán poco, sumados al fresco olfatear del peligro inherente a la causa emprendida.
Las primeras medidas, consistentes en profusas intentonas por entorpecer la movilización de la flota de los vehículos de entrega de la empresa, se mostrarán rápidamente insatisfactorias al ya casi calvo héroe, quien optará por prácticas más disuasivas. El comando sesionará y casi por unanimidad (un voto en contra y dos abstenciones) llegarán a una resolución de corte conmovedor. Sin embargo, el primer secuestro a un distribuidor le mostrará al grupo la honda preocupación de la empresa por sus empleados y tras semanas de sordos intentos de negociación, lo devolverán a la sede central, a las cinco de la mañana, desnudo y encapuchado con un sobre manila tamaño gigante, sellado al peso para entrega local, en clara muestra de reprobación.
Dos días más de cavilaciones serán suficientes para que nuestro tan querido vecino pierda el último cabello, arrancado por él mismo en un arrebato de furia ante la indiferencia de la empresa causante de la calvicie. Esto lo llevará a tomar una decisión extrema: en tanto jefe del movimiento de liberación de los pelados notificará a sus auxiliares la fecha del emplazamiento de un coche bomba frente a la sede de la maléfica compañía.
Es claro que sus auxiliares, respaldados por el amor de su amistad y el voto de matrimonio, lo enviarán redondamente a freír espárragos y le sugerirán la concurrencia a un psiquiatra, palideciendo el sentimiento de camaradería y la irrevocabilidad misma del apoyo conyugal. Su esposa, presumiblemente, aprovechará la ocasión para abandonarlo de una vez, yéndose con un miembro del disuelto comando, profuso en cabellos y poco afecto a los espejos.
Él, como un verdadero defensor de causas no perdidas sino por ganar, proseguirá imperturbable su camino de gloria, pero su accionar solitario será tan desafortunado que este santo patrón de los desposeídos de frondosas cabelleras será sorprendido en pleno acto por los oficiales dispuestos para estos (y otros) casos, quienes tendrán la amabilidad de conducirlo a patadas a la seccional más próxima (entre protestas, porque después de todo era un artículo periodístico el que hablaba de inhibir a DHL), y de allí a una cárcel, donde, cada vez que su pelambrera pretenda siquiera asomar para ver si hace frío, el peluquero de turno (ese monstruo frío y mecanizado) lo alivianará en cinco minutos de sus complejos. El juicio que condenará a nuestro guerrero será seguido implacablemente por la prensa. Su esposa volverá con él al grito de siempre estuve, cuestión de no perder sus quince minutos de fama. La gente no se pondrá de acuerdo sobre la culpabilidad y el tema se tratará en el parlamento. Será, de seguro, objeto de charla en peluquerías.
Como al señor Bálsamo le profeso muchísimo cariño y simpatía, quizá algún día un guardia le entregue un paquete de mi parte, enviado vía DHL, indicándole de seguro: « Dale pelado, firmá la entrega ». En lo que a mí respecta, desde ya voy pensando qué enviarle. De momento, y a modo de emblema de esperanza, estoy pensando en un peine verdeazulado.
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Frases cuasi célebres
El placer del carcelero no lo sustenta la atadura inviolable sino la puerta que él mismo entreabre.
O una versión ligeramente más castiza:
Sustenta el placer del carcelero no la atadura inviolable sino la puerta que él mismo entreabre.
O:
Sustenta el placer del carcelero no la atadura inviolable sino la puerta por él entreabierta.
O una versión ligeramente más castiza:
Sustenta el placer del carcelero no la atadura inviolable sino la puerta que él mismo entreabre.
O:
Sustenta el placer del carcelero no la atadura inviolable sino la puerta por él entreabierta.
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N'importe quelle légume
- a -
Atrincherado contra mí mismo, el aliento que siento no es sino mío y de nadie más. Carente, en estado básico, lamiendo lento el cardo que me salva mínimamente del horror vacui...
Y vamos...
Puedo equivocarme mil y una veces y quedarme solo con una sola vela encendida contra viento y mar, contra esa montaña de huesos, tejido, sangre, que de alguna manera debo de ser yo, tan extraño a mí mismo como mi primera foto o algún viejo vídeo familiar.
Puedo equivocarme pero a quien veo a veces en el espejo es a Pirro y él sabe y yo sé (pero por sobre todo él sabe) que desde el comienzo la suerte ya estaba echada.
Y vamos...
Puedo equivocarme mil y una veces y quedarme solo con una sola vela encendida contra viento y mar, contra esa montaña de huesos, tejido, sangre, que de alguna manera debo de ser yo, tan extraño a mí mismo como mi primera foto o algún viejo vídeo familiar.
Puedo equivocarme pero a quien veo a veces en el espejo es a Pirro y él sabe y yo sé (pero por sobre todo él sabe) que desde el comienzo la suerte ya estaba echada.
- b -
...multitud de brazos, esfuerzo o muralla o potencial mensaje, acumulación de gestos como ceniza lenta, la larvaria idea de que la acumulación paulatina de basura puede ser también una inversión, una apuesta, una forma de ingresar a un territorio en el que la ley es otra y las recompensas se resuelven con una pila usada o aquella bolsa de leche vacía o los restos de cáscaras de pelones, manzanas y peras, menos que cualquier cacharpa pero igualmente sólidos y efímeros, el olvido se da pero también se construye, distancia tras distancia como elefantes en manada, miradas que se empequeñecen y se nublan y dejan de ser poco a poco aquellas que alguna vez nos hicieron estremecer...
- c -
No me capturará ni una tumba ni una cruz. No me retendrá la mano amiga ni la mejor sonrisa. No dejaré descendencia. Tampoco fotos enmarcadas o lágrimas en un cajón. Estoy, paso, pasaré, no estaré más.
Puede ser París, Nueva Caledonia o una cuneta gobernada por grillos y ranas. Me da absolutamente igual. Días de calma chicha. Disonancia y flores muertas riegan el camino. No ha habido un solo día en el que el fantasma no haya dicho presente. ¿Por qué justo vos?
El desenlace parece cantado, una hiena inmunda olfateándonos los pies. Y será cuestión de tiempo para que yo pase a ser una sombra un recuerdo un ojalá.
Puede ser París, Nueva Caledonia o una cuneta gobernada por grillos y ranas. Me da absolutamente igual. Días de calma chicha. Disonancia y flores muertas riegan el camino. No ha habido un solo día en el que el fantasma no haya dicho presente. ¿Por qué justo vos?
El desenlace parece cantado, una hiena inmunda olfateándonos los pies. Y será cuestión de tiempo para que yo pase a ser una sombra un recuerdo un ojalá.
- d -
Asumamos que se puede imitar la tecnología pero no el conocimiento. Asumamos que aquello de si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar ya está más que démodé y muerto y enterrado. Asumamos que no hay lágrimas que valgan para volver a meterse en el coche donde aquella noche en pleno carnaval la empecé a desnudar. Asumamos que es imposible deshacer en un eje que está por demás deshecho y que refleja cobardía culpar al Porto Cruz. Asumamos los calcos de errores, los calcos de juicios y travesías del desierto y tanteos al azar. Asumamos que haber descubierto a Raymond Devos me hizo pensar en cuánto podríamos habernos reído juntos. Asumamos que no se trata de eso, que aunque me haya dejado nuestros abriles olvidados en el fondo del placard, su recuerdo deja mayormente un mal gusto, que aunque en cierta forma viva, no deja de ser un acto reflejo de la misma canción. Asumamos que no se puede, aunque se intente de esta manera, llenar todos esos huecos con estopa. Asumamos que ostinato rigore es una de las mejores cosas que le sucedió a la humanidad, a la ciencia y al Renacimiento, en ese orden. Asumamos, gente, asumamos.
- e -
Abrió por tercera vez el ventanal y se quedó mirando el edificio de todas las noches, combinación de ventanas como fichas encendidas o apagadas en un gran panel, la misma televisión que aturdía seguramente a una pareja de ancianos, el cuerpo de la mujer que como en un ritual se duchaba todas las noches a la una de la mañana.
-Qué culo formidable -murmuró poco convencido porque sabía de sobra que a esa distancia cualquier cosa podía ser tanto formidable como prescindible.
Como siempre: la perspectiva, un culo del cual a esa distancia se podía estimar a voluntad si valía oro o barro.
-Juicios a distancia -dijo sirviéndose otro vaso de vino-. Dios nos libre y guarde.
-Qué culo formidable -murmuró poco convencido porque sabía de sobra que a esa distancia cualquier cosa podía ser tanto formidable como prescindible.
Como siempre: la perspectiva, un culo del cual a esa distancia se podía estimar a voluntad si valía oro o barro.
-Juicios a distancia -dijo sirviéndose otro vaso de vino-. Dios nos libre y guarde.
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7 de febrero de 2007
and in the end the love you take
is equal to the love you make
is equal to the love you make
Se casaron en secreto, testigos los obligados testigos, la Jueza de ascendencia italiana, un quasimódico ayuda y Lutecia en pleno abril. Se divorcian ahora en plaza pública, entre confeti, clichés, foulards negros, frases de aliento o solapada conminación, rostros y calcos de rostros, estáticos, incólumes detrás de sonrisas estúpidas.
Triste será presenciar cómo amigos de la infancia se esforzarán en hilvanar mentiras, inventando una situación que no sólo no será fiel a la realidad, esa vaga quimera, sino que resultará una infame escupida contra un recorrido largo y bastante singular.
Heridos de muerte en la noche, hay ninjas que se arrastran silenciosos durante largo tiempo hasta que, vencidos en carne pero no en espíritu, ya no logran seguir más y mueren, como cualquier bípedo implume y aristotélico esperaría que sucediera.
También hay amores así.
Triste será presenciar cómo amigos de la infancia se esforzarán en hilvanar mentiras, inventando una situación que no sólo no será fiel a la realidad, esa vaga quimera, sino que resultará una infame escupida contra un recorrido largo y bastante singular.
Heridos de muerte en la noche, hay ninjas que se arrastran silenciosos durante largo tiempo hasta que, vencidos en carne pero no en espíritu, ya no logran seguir más y mueren, como cualquier bípedo implume y aristotélico esperaría que sucediera.
También hay amores así.
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Nomenclatura
Acabo de volver de un velorio y quiero postear dos cosas. La primera tiene que ver con los planes ofrecidos por la casa mortuoria. Hay cinco, denominados "Plan 1", "Plan 2", "Plan 2B", "Plan 3" y "Plan 4". Ya de entrada, eso de "Plan 2B" da para pensarlo, algo como si el difunto tuviera alguna esperanza ("no, no, cuando me velen yo tengo un plan B"). Dicho sea de paso, siempre me he preguntado cómo habrá sido el velatorio de Houdini. Por lo demás, todo muy curioso. He aquí los datos del "Plan 1", que parece el más barato:
La totale, quoi... me quedo pensando en pleno velorio mientras intento descifrar eso de capilla ardiente. Ni Rodia ni Diego ni Jotajota dan señales de tenerlo registrado. Ahora, RAE mediante, sé que es ardiente porque está iluminada con muchas luces. Las tres acepciones según la RAE son como sigue:
Ardiente. Joderse con la nomenclatura. Joderse.
La segunda tiene que ver con un fragmento de una novela que me vino a la mente hoy:
Ataúd "Social con vidrio", lustrado de primera, tapizado en su interior, imagen religiosa opcional, con herrajes metálicos y placa para grabar nombre y fecha de fallecimiento. Capilla ardiente. Mortaja. Album para firmas. Carroza fúnebre. Una berlina de duelo. Dos automóviles de acompañamiento. Traslados en furgón. Tramitación general para sepultura. Un aviso de prensa en una columna. Una ofrenda floral.
La totale, quoi... me quedo pensando en pleno velorio mientras intento descifrar eso de capilla ardiente. Ni Rodia ni Diego ni Jotajota dan señales de tenerlo registrado. Ahora, RAE mediante, sé que es ardiente porque está iluminada con muchas luces. Las tres acepciones según la RAE son como sigue:
1. (Por estar alumbrada con muchas luces). f. La de la iglesia en que se levanta el túmulo y se celebran honras solemnes por algún difunto.
2. f. Oratorio fúnebre provisional donde se celebran las primeras exequias por una persona, en la misma casa en que ha fallecido.
3. f. Cámara donde se vela un cadáver o se le tributan honras.
Ardiente. Joderse con la nomenclatura. Joderse.
*
La segunda tiene que ver con un fragmento de una novela que me vino a la mente hoy:
–No me parece tan así –dice Gabriel al Lord–. La muerte, por mal que suene, para esta gente es un negocio. Bastante seguro, si me permiten la aclaración. Estos son los primeros en la fila para ir a mear en la fuente de la eterna juventud, si me disculpan el tono de la apreciación…
–Qué animal que sos –dice Ingrid y se larga a llorar de nuevo–. Qué animal insensible, bestia…
–No te pongas así, Ingrid –intenta mediar el Lord, que ve la cara con la que Gabriel la observa.
–Pero no hay derecho –insiste Ingrid–. Decir que la muerte es un negocio o hablar de ensuciar una fuente. No está bien.
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En un asado cualquiera
Le puede suceder en cualquier lado, en el medio de una clase o en pleno velorio, por ejemplo, pero en los asados familiares es prácticamente infalible. La cuestión es que el brazo siempre sube y una mano lo toma violentamente del cogote, lo hunde en algo como un pantano de vómito, mierda y palabras, execrencias que en ese momento en el que justo estaba evaluando el tenor de las conversaciones le suelen parecer de orden similar, y lo mantiene así, en una incomodidad pituitaria durante un tiempo no pactado. Desde la otredad la semiótica debe esforzarse porque el tipo es críptico y no logra evitarlo. Sabe que tiene los ojos perdidos y que nada lo puede ya no alcanzar sino siquiera rozar. Puede estar triste e ido, buceando mentalmente en Ganímedes, o al borde del hartazgo. Y pese a la amplitud de estados posibles, por lo general está profundamente triste pero con una sensación de calma chicha y promesas de buen viento. Suele recordar cosas que lo marcaron: manos, gestos, un santuario, promesas, vagos paisajes, unos pocos sueños. Y mientras el asado continúa en sordina, en algún momento él oirá música y se dedicará a escucharla. La música variará pero casi con certeza será Mozart, Zitarrosa o Beatles, seleccionada mentalmente según criterios cuyo discernimiento le está vedado. ¿Para qué jugar un partido perdido de antemano?, se preguntará de un momento a otro mientras constata sin asombro y apelando a la visión periférica que algún comensal pulula intrigado en torno a su catatónica suerte. ¿Por qué esta voluntad pingüe y estéril en desproporcionadas medidas? (Es seguro que esta interpelación se la formulará mientras hamaca un vaso semi lleno y siente rechazo y una curiosa envidia al ver al resto de los invitados así, tan felizmente gregarios, fiesta, cotillón, Baco y bacantes, ropa ligera y la atalaya vacía. Estos descuidos se planifican, se dirá muy poco convencido mientras a la curiosa envidia la termina fagocitando el rechazo.) Sabrá tararear los conocidos versos egipcios: Papá murió y se secaron los campos. Luego vino la lluvia y arrasó lo que quedaba. Terminará prontamente el vaso tan sólo para llenarlo de nuevo al tiempo que pensará para qué te hicieron hondo, vaso dime para qué. Si la situación apremia porque a alguien se le ocurre que está así por timidez y entonces se le acerca con un tono entre docente y conciliador para hablarle de bueyes perdidos, de las bondades del omega-3 o, por qué no, de entomología o de fútbol, él apelará a su largo repertorio de monosílabos y muecas, o directamente a la reclusión en el baño, donde corroborará frente al espejo cuánto detesta el espíritu censista, el intento de empadronar las explicaciones de una derrota, tentativa sólo útil para converger al consuelo tres por diez y evitar ver lo que realmente hay que ver (porque sabe que algo hay que ver y que no logra ver.). En algún momento, sediento, volverá al asado con renovados bríos. Será cuestión de segundos hasta que el brazo nuevamente suba y la mano lo agarre del cogote y lo hunda otra vez en el pantano. Nada que hacerle, más recuerdos e imágenes y así seguirá, dominado por el trance hasta que venga otra mano que nada tiene que ver con la anterior, porque esta mano pernocta en las tres dimensiones cotidianas y lo tironea por la manga y le dice alegre y sabiamente: che, andá picando un poco de chorizo que se enfría; cosas que también pueden suceder en cualquier lado pero que en los asados resultan un invariante.
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