Humor en el velorio

En pleno velorio, un momento de humor, Estoy terminando "Sin los dos" y aunque tengo la sensación de que se cae un poco por momentos, creo que la estructura global resiste.

Comulgando en triángulo con un imaginario fuego de ortocentro, la loca de los gatos y los Flanders se expresan respetuosamente sobre la suerte del muerto, expresión que le oyeron al grupo del Lord y que los ha confundido un poco porque ¿dónde se ha visto que un muerto pueda tener suerte?
Ya comprobaron, para su gran alivio, que Santiago ha desplegado la esperada fidelidad del lobo (expresión rubricada por la loca de los gatos, a quien las muertes le inspiran particularmente su instinto figurativo pop), apareciendo en el momento preciso, y hace un rato que le están dando vuelta a ciertos argumentos como el perro a la cucha previo a recostarse.
–Decime, vieja –murmura el Flanders observando fijamente a su esposa–, si no se nos estará muriendo la gente en el barrio. Es imposible de no creer. Yo ya tengo miedo por mi salud, que mientras la hay, el resto es lo de menos.
–Ay, Tito, ni que lo dijeras. Es una atrás de la otra. Vamos a tener que ir a ver al dotor, por las dudas.
–Eso –confirma el Flanders.
–¿Te parece ir hasta el cajón para despedirnos del señor Peña?
–Delen ustedes, si quieren –replica él recorriendo con la mirada a las dos mujeres–. A mí los fiambres me julepean feo.
–No, no –indica la loca de los gatos con su mirada cocainómana y apoyando momentáneamente una mano curtida en el brazo de la Flanders–, lo mejor que descanse en paz.
–Eso digo yo –apoya la Flanders–. Que descanse en paz, el pobre.
–Hace frío en este lugar –dice la loca de los gatos, que mira al techo como buscando una confirmación de algo-–. ¿Y qué sabe del vecino de Kovac?
–¿Del Ramón? –se interesa la Flanders, acercándosele enigmáticamente–. Suicidio. Así nomás se lo digo. Creer o reventar.
–Fea forma de encontrarlo –determina el Flanders–, pobre el pibe de Sánchez, se debe haber agarrado un jabón de aquellos. Y después tener que cantarle todo a la cana. Pobre pibe. Se las regalo.
–Y ahora lo mismo con el señor Peña –dice la Flanders–. Forma horrible de morir. El pobre Nico se quedó mirando tele con el gladiador prendido porque el frío en estas épocas. Espero que no le pase nada.
–Qué imparable este botija, qué imparable –confiesa el Flanders a la loca de los gatos–. Nos va a salir jugador de fóbal o corredor de los cien metros lisos. Sabe que no pude atajarlo –mira a la loca de los gatos– y se me metió a lo de los Peña a mirar al muerto. Una falta de respeto, claro que sí. Dos sopapos bien dados, qué también. Así no nos va a aprender nunca modales, Gloria, yo te lo voy diciendo porque después decís que soy yo el que lo malcrío.
–No te nos preocupes Tito, que el Nico es bueno. Si no sería por la educación que le propinamos propiamente –hace una pausa enfática para permitirle al Tito digerir la erudición y la cacofonía–, se dejaría llevar por esos mugrientos que andan en la vuelta. Ojalá no lo agarre el miedo ahora. Pobrecito, es chico, y desde que se le murió el gato anda muy miedoso.
–¡Qué falta de injusticia! –se indigna la loca de los gatos–. Pobre Julio María, un gato precioso.
–Pobre –recuerda el Flanders–, quedó tan blanquito. Parecía cubierto de nieve. Bueno, yo nunca vi nieve, pero me supongo que debe de ser así. Me dio como una náusea verlo, casi termino gomitando el desayuno entero.
–Lo que yo digo, señora –remarca la Flanders–, una injusticia. Fíjese que para peor la tía de la hermana de Rodríguez, el carpintero de la otra cuadra, ¿ubica el que le hizo el juego de dormitorio completo a la madre del Camaleón cuando se volvió a casar? –la loca de los gatos asiente–. Bueno, cuando se enteró lo del Julio María, me dijo muy oriunda que era la vida y que qué le va a hacer. Así nomás, tomá pa’vos y todos tus parientes.
–Qué inorante –admite la loca de los gatos.
–Es que el barrio, le digo –se resigna la Flanders–. ¿Vio al señor Escarcha?
–¿Qué señor escorcha? –pregunta la loca de los gatos, confundida.
–No, el carnicero del mercadito, ¿no sabe que lo apodan el señor Escarcha?
–¿A Joaquín?
–Sí, lo apodaron los muchachos que andan siempre en el murito de ahí cerca. Estos muchachos, también, pero tienen razón. Viera usted la impresión que le da cuando se le aparece saliendo de esa heladera gigante que tiene ahí atrás. Vio que está todo canoso y para peor es alpino, sale así, todo blanco, parece lleno de escarcha…
–Como el Julio María –acota el Flanders.
–Eso –apoya la Flanders.
–¿Y qué le pasó con Joaquín?
–Que así está el barrio, le digo, el otro día voy a comprarle carne y el Tito acá presente es testigo, le pregunto inocentemente si tiene nalga y el muy guarango me responde que dos.
–Qué falta de desvergüenza –se indigna la loca de los gatos.
–Psé –dice el Flanders–. Así va el país, dígamen si no. Y ahora el padre de Sol que se nos muere…
–La verdad –dice la loca de los gatos dirigiendo una mirada solapada a la pieza del cajón–. Lo bueno que era el pobre. Madrugador.
–Y siempre con el bastón –suma la Flanders–. Un poco jorobado, pero de carácter. También con lo de la esposa siendo tan joven. Porque sesenta años, dicen que tenía sesenta años él, sesenta años no es nada.
–Nada –consiente el Flanders.
–Y nunca la conocimos. Dicen que era muy buena.
–Muy buena –confirma el Flanders–, me contastes que Sol salió a ella.
–Su imagen semejante –opina la Flanders con el dedo índice un poco en alto.
–Por suerte ahora están juntos –considera la loca de los gatos en un rapto de devoción–. Juntos para toda la eternidad.
–Toda.
–Qué le va a hacer –observa el Flanders, que busca con la mirada algo para comer; ya el estómago le hace ruido y le pareció ver a Sol salir de la cocina con algo en la mano–. Como dice el dicho, Dios los cría y ellos se juntan.
–¿Y volvieron con el muchacho? –pregunta la loca de los gatos.
–Ah –dice la Flanders encogiéndose dubitativamente de hombros–, eso no lo sé y voy a esperar para averiguarle. Pareciera que sí, pero no es momento. ¿No le parece?
–Claro que no –dice la loca de los gatos, mirando al suelo–. Hay que lo que se dice respetar el dolor ajeno.
Javier CoutoJavier Couto (Montevideo, 1974) es narrador. En 2010 obtuvo una mención de honor por Voces (cuentos) en el XVII Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental”. Su novela Thot fue finalista del Premio Minotauro 2013 (Editorial Planeta). En 2014 obtuvo una mención de honor con su libro de cuentos Del otro lado, en el Concurso Literario Juan Carlos Onetti 2014 y la primera mención en el Concurso Internacional de cuentos Julio Cortázar.

1 comentario:

Javier Couto dijo...

imaginesé.. a mí ese comentario de "Madrugador" me hace reír mucho.. típico, no?