viernes, julio 03, 2009

Noches de pensión

Herr Doktor conoce por lo menos cinco. La peor, por lejos, un agujero abominable en un impreciso punto de Concepción, parada obligada en la ruta Santiago-Puerto Varas. Recuerda con nitidez las toallas mugrientas, el techo semicaído, un baño invadido por hongos y festejado por cucarachas.

Luego hay una en Treinta y Tres, descanso del trecho Cerro Arequita-Quebrada de los cuervos ejecutado valientemente en el viejo Ascona. Habitación minúscula y de caprichosa disposición, junto al televisor de la tía Gregoria pululaban algo como souvenirs infectos y adefesios que bien podrían ser arte o simplemente mugre. La pieza olía a sopa recalentada, a sulfato de bario. El baño, cúbico, congregaba de manera misteriosa lavabo, w.c. y lluvero, que debían ser usados según combinaciones prodigiosas.

La tercera, en el D.F. de México, tuvo el atrevimiento de llamarse hotel. Al llegar a la recepción, Herr Doktor se creyó en un edificio abandonado. El recepcionista, reptiloide, supo hacer gala de lo mejor de la viveza chilanga (sin igualar a otro, igualmente reptiloide, de Guanajuato). La habitación ofrecía una alfombra verde mugrienta y rota, una cama que no era sino un paralelepípedo de cemento sobre el cual descansaba algo que algún surrealista borracho osaría denominar colchón, un baño casi tan grande como la pieza. Casi tan sucio también. Desde el balcón se podía ver una iglesia tapiada, curioso presagio.

Difícil encontrar presa más fácil que un turista que llega a Venecia sin alojamiento ni guía. En la estación de trenes, el veterano lo convenció con cuentos de una novia uruguaya en un tiempo remoto, que, para peor, Herr Doktor creyó al detalle. La habitación olía a humedad de una manera tan triste que le cuesta disociar Venecia de ese sentimiento (además Aznavour, se entiende). Un equipamiento mínimo y un vago sentido sanitario salvaron un poco la plata. En agosto de 2007, trillando al azar la ciudad de los canales, se dio de frente con la misma pensión. Por curiosidad, caminó el largo corredor hasta llegar a la misma pieza, testigo de berrinches de una imposible ex novia. Desde la ventana abierta venía el mismo, exactamente el mismo olor a humedad, tan triste que justificaba el tarareo conocido. Que c'est triste Venise au temps des amours mortes. Que c'est triste Venise quand on ne s'aime plus...

La pensión más intrigante se sitúa en Lyon e indiscutiblemente en la twilight zone. No tanto porque ésta también tuviera berretines del hotel que no era, sino por su atmósfera, vaya palabra. La pieza era el arquetipo de una habitación de película de terror: lámparas como candelabros entre kitsch y Vlad Draculea, mobiliario antiguo y largamente apolillado, un lavabo fuera del tiempo. Del lado humano (o algo así) dos elementos a destacar: una señora de pelo muy blanco que se encargaba de servir el desayuno. Además de inmortal, por vampira, era una envenenadora de larga data, se veía. Pero lo mejor, lo impagable, lo increíble por absurdo pero que ahí no sólo tenía sentido sino que era necesario es el recepcionista. Para empezar estaba muerto. Pero, como conviene en estos casos en los que se debe comerciar con los vivos, simulaba lo contrario. Algunos signos refutaban su propósito: obeso e infinitamente pálido, siempre sentado, sólo sus brazos se movían para ejecutar las acciones requeridas por su función. A su costado ocultaba un tanque de oxígeno, pese a fumar todo el tiempo, incluso cuando atendía (lo cual está prohibido pero andá a discutirle a un muerto). El mejor momento: atendiendo a un cliente, pucho en boca, hablando al mismo tiempo, le sobreviene un ataque de tos. Lentamente se saca el pucho, se lleva la mascarilla de oxígeno a la boca, aspira dos o tres veces, vuelve el pucho a su lugar y continúa atendiendo a un atónito cliente.

Y ahora le toca esta otra en Santa Cruz de Tenerife, sólo de paso, no tan sucia pero igualmente triste, jaulita de ancianos, tumba sin nombre. Mañana será otro día y esas paredes azules con manchas blancas, algo descascaradas, no serán más. Mañana, si el insomnio le da un poco de tregua, será un día de sol y de recorrida en auto por una isla que promete mucho.

En cuanto a las pensiones, los motivos que las congregan suelen ser similares: lugares de paso, con mala iluminación, camas individuales, paredes pintarrajeadas con un mal gusto que no se inventa, manchas de humedad como lunares, olores violentos, insectos, techos y pisos y baños insalubres. ¿Ejercicios de mentira y estafa o formas de vivir la vida? Habría que pensarlo un poco. En todo caso Herr Doktor suele repetir, sin que nadie sepa hasta qué punto habla en serio, que conviene conocer algunas pensiones, cuestión de disfrutar luego –si Fortuna lo permite– el merecido golpe de péndulo.

miércoles, mayo 20, 2009

Fantasía (toma 1)

Abrió por tercera vez el ventanal y se quedó mirando el edificio de todas las noches, combinación de ventanas como fichas encendidas o apagadas en un gran panel, la misma televisión que aturdía seguramente a una pareja de ancianos, el cuerpo de la mujer que como en un ritual se duchaba todas las noches a la una de la mañana.
–Qué culo formidable –murmuró poco convencido mientras terminaba el vaso de vino, sabiendo de sobra que a esa distancia cualquier cosa podía ser tanto formidable como prescindible. Como siempre: la perspectiva, un culo del cual desde tan lejos se podía estimar a voluntad si valía oro o barro.
–Juicios a distancia –dijo sirviéndose otro vaso y yendo a sentarse–. Dios nos libre y guarde.
En el comienzo no es una fantasía, largo arpegio yendo y viniendo y terminando en un Re, restos de olas que mueren ante las patas indiferentes de albatros y botellas rotas, una playa que no identifico pero que puede ser Piriápolis en invierno o Le Touquet andá a saber cuándo. Casi las 2:22 AM, los ojos cerrados, la revisión involuntaria, peso que se va, imágenes, una moza unirrostramente asiática pregunta para quién es el té verde, me sirve el bol de chirashizushi, me agradece y no sé por qué, cultural, debe ser cultural, cultura capricho del tiempo, leyendas al milímetro, cultura y acento inconfundible, luego salir, pagar y salir y caminar bajo la garúa tenue, París cada vez más sucio, ir a ver muebles, preparar la mudanza, es domingo y está abierto, Francia se desangra y allí enfrente veo a una bichicome sentada hablando disimuladamente por celular y yo me siento cada vez más lejos de este mundo.
Rascándose la barba sucia, Esteban se puso de pie, volvió a acercarse al ventanal abierto, con el vaso en la mano. Sabía que todo eso era absurdo, tan absurdo como suponer que porque hoy fuera su día sería el día y que él finalmente vendría, un capricho, coincidencia, destino, corrompida palabra, por eso lo mejor era seguir tomando, observando el edificio de enfrente, recurriendo a la Biblia como a la sangre y por qué no a la carne, todo tan absurdo en esa noche absurda, un payaso anunciando a los deudos el deceso, eterno doble discurso, maquillaje barato, largas filas de cíclopes que durante el sermón aplastan cabezas pero recogen dientes de oro.
Lo que suena es la Fantasía en Re menor K.397. Lo que me espera mañana es de nuevo el pozo, el vampiro laboral, la monotonía de lo imprevisible, como lo es ahora volver a ver los Glens de Antrim, las putas de Belfast (pero eran niñas, más que las de La Habana), una señora muy anciana y húmeda que cuenta historias a media voz en una de las casitas del Ulster American Folk Park, el volante a la derecha, como Francia, como Hadopi, como Edvige, como Loppsi 2, como mi raya ante el espejo, como encontrar un papelito perdido que dice: “Modigliani: Portrait Chaïm Soutine”, como el mismo espejo al que le preguntaba esta mañana qué discusión pueden tener árboles y pájaros.
–Peor la tribu de la fe, en la versión que se te ocurra, barbudos, rapados, con túnica, boinita negra o danza a cuatro manos, todos con la única verdad, un desprecio ejemplar hacia lo que cante otro Verbo. Y no me joden los sectarios gordos en alpargatas de oro, tribunos sin rostro, me joden las hormigas, los que forman filas a campo abierto, bajo rigor de rocío o curtiendo al sol una piel que hay que evitar pero no se puede porque el cuerpo, pese-a-todo, late y pide carne. ¿Nunca te pusiste a pensar que el planeta está a una de cantar la última flor y que sólo el quince por ciento de las personas son ateas o agnósticas?
–¿Y vos nunca pensaste, pichón de Werber, que no son hormiguitas sino soldados contentos?
–Claro que sí. Por eso te digo que el mundo es una gran mierda.
–El mundo es absurdo, Esteban.
–El mundo no existe. Existimos nosotros, vos, yo, esta mesa, los raboteurs de parquet ahí, el vaso de vino que no aceptás desde hace más de tres horas.
–Nosotros –el visitante se quedó en silencio mirando la botella sobre la mesa–. Con algo de suerte, espectadores. El tiempo pasa y nos borra.
–El tiempo no pasa, pasamos nosotros. Lo sabés muy bien.
Lo mejor de esta Fantasía de Mozart es el indeciso scherzo que, inesperadamente, se mueve como una suricata hacia la mitad de la composición, una composición que, ahora que lo pienso, es en sí una enorme suricata, tan acorde a la imagen de los astronautas tomando su propia orina, disonancia, entre la Madre Teresa y Mengele ocurre un mundo que se me escapa, algo que tal vez podrá explicar un imposible mestizaje de neandertales y cromañones y brindemos por la vieja Lucy.
–Hace años que no sé lo que es levantarme y sentir el pecho limpio, mirar por la ventana, ver el sol en lugar de esos Übermenschen tomando helado y coca cola mientras sacan a pasear sus miserias por el parque más cercano, hablando del tiempo, de los buenos tiempos, cuando el amor no era una operación bursátil, cuanto todavía cogían como Dios manda, vivían por algo, todo lo que esperaban era buen trigo y pescado.
–Siempre te ha quedado bien el asfalkote, siempre te ha quedado bien el recuerdo, viejo malvón crecido en Belvedere. ¿No estarás adornando la memoria?
–Festinger no pasaba de un mediocre de mierda. La disonancia cognitiva es un himno al gregarismo. Prefiero infinitamente reafirmarme en mis erratas, a riesgo de que el Karma realmente exista y un día se me pasen todas las facturas que fueron derecho a pasivos sin que yo dijera esta boca es mía.
No, no es una suricata enorme, al principio es más bien una tarántula, horror y elegancia, imagen cruel, violenta, azar y religión, juicios maniqueos decididos por dados algo pegajosos, la semiótica en versión Braille, llega a ser lo que eres, barro y polvo y tickets de bus y un edificio-pecera que no puede representar mejor el cliché capitalista. Sigo leyendo a John Perkins, enterándome de primera mano lo que todos sabíamos de primer bolsillo.
–Ni tan arrepentido ni encantado. Y hubo tiempo de melancolía, de creer que aún por ahí capaz que. Idioteces, en definitiva. Luego la ciudad me fue hundiendo en sus rutinas, horarios de oficina, el corte de pelo mensual o la vigilia entre guadañas y confeti.
–Y vos te creías que llevabas las riendas y encima que ibas a algún lado, muñeca, pulpo, Leguisamo solo, dando vueltas en el mismo potrero de siempre, calesita viva, espectáculo para niños y borrachos y soñadores, indigna forma de perder el tiempo mientras en África se mueren de hambre y todavía hay tanto problema por resolverse.
–Exacto.
–¿Te duele Andrea todavía?
–No es tanto ella como el fastidio de lo repetido, otra vez el mismo sketch mal actuado, ir acomodando el recuerdo, dejando crecer el desapego, las ganas de olvidar, las mismas ojeras en el espejo, cigarrillos y vino como si fuera el último día.
Cuando la locura, una jubilación o una 45 son destinos que te dan absolutamente igual, cualquier arañazo para arrancarte de este hastío de nuevo siglo, de la Historia, esa puta carroñera, de tu cara en el espejo que no deja de decirte que cada día estás más viejo y que si vos no te hacés cargo, la otra lo hará en algún momento, para alegría de gusanos y ciertos vecinos, si es que no son la misma cosa. La Fantasía se deja morir, muere, no puede hacer otra cosa que morir, muere pero otro tema comienza.
Tell me true, tell me why was Jesus crucified…

miércoles, abril 15, 2009

Embrión en formol

Como siempre, todo sucede en un tren. Difícil explicarte, a vos que cada vez venís menos porque últimamente hay poco y nada, difícil decirte que en realidad hay bastante pero se parece mucho a un embrión en formol: futuro asegurado, calidad de vida dudosa. ¿Triste borrón? Y travesía del desierto también.

Jornada agotadora en Grenoble. Presentación. Charla. Contactos. Y la eterna impostura, lujo de mariposa empalada en plena lepidoteca, brillo de roble apolillado, mirar de reojo el reloj, desear el techo, aire, sentir los hombros pesados, Atlas y otros oscuros.

En el palm suena la Bersuit. La argentinidad al palo. Milo es argentina, porteña, incapaz de decir championes o agua jane, cosas tan naturales, y quizá porque ahora pienso en ella sean estas líneas, estos garabatos que se arrastran frente a mí mientras me digo que no es ni la Argentina ni el Uruguay ni el dulce de leche ni un buen asado de tira –pero qué bien vendría un poco de picanha– sino un detalle de calendario. No hace mucho cumplí cinco años de residencia en Francia. Es cierto, hubo un impasse oriental de casi dos años en el medio, largo martirio de escenas repetidas, distimia como látex y también papelerío, jueza y finalmente un acta de divorcio que hoy ocupa un lugar privilegiado junto a otros diplomas que, justo es decirlo, también en buena ley he ganado.

Pero no es sólo un detalle de calendario. Me es triste escribirlo pero conozco mucho más Francia que Uruguay. Excepción hecha de la Corse y del DOM-TOM, he puesto un pie en cada región francesa. Difícil explicarte los motivos. Cuestión de trenes, tal vez. Sin embargo, la única vez que crucé el Río Negro fue para ir a San Gregorio de Polanco. Y todo era clandestino, clandestino e inocente, un imberbe de veintidós años mirando cómo una niña de dieciséis lo afeitaba frente al espejo del baño.

Pausa. Parada de quince minutos en Lyon. Y baila, baila, baila una danza rara. Tan Beatles, arreglos perfectos, tema de Bersuit, gran descubrimiento.

Y quisiera decir que es sólo una ignorancia geográfica. Quisiera. Por supuesto que desde esto que también es una burbuja sigo las noticias, me sigo enfureciendo y alegrando en medidas aleatorias, mando la papeleta, espero que llegue. ¿Y si hay plebiscito? Quiero creer que no viviré, desde lejos, una remake del voto amarillo.

Hace no mucho, en Montevideo murió Eros, un gato que vivió con nosotros más de quince años. Te parecerá estúpido pero la burbuja tiene esas cosas, las ausencias te golpean más, porque si imaginás que la ausencia acumulada como un silencio insoportable te prepara mejor… A la distancia, la certeza de la ausencia es la certeza del vacío aunque vuelvas, oh borrón de Ulises. Y eso se digiere despacio, rumiando, como la prosa de Nietzsche o el strudel. Zitarrosa dice que si estar vivo es viajar hacia la muerte, la vida es una viuda que sonríe. Actualmente estoy leyendo Morirás lejos, de José Emilio Pacheco. Zitarrosa, inmenso, canta murió mi madre, yo estaba ausente. Difícil que pase un día sin que piense en cosas así. Por eso me resulta curioso escribir que en general voy bien, que las ciclotimias han –tenuemente– entregado las armas, que esto es realmente una burbuja y yo disto mucho de ponerme a escribir mi Walden, pese a que con Milo cada vez pensemos más en un pavillon alejado de tanto ruido.

Te parecerá trivial y sin embargo tendrías que ver hasta qué punto están sembrados los campos franceses. Y si supieras hasta dónde ciertos lugares de la Camargue se parecen a Rocha (nota: hacer abstracción de caballos blancos y flamencos; otra: recordar el verso de Cortázar: de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados).

Y esto termina por aquí, sabrás comprender, incompleto, larvario, desordenado, cuestión de estar a tono con el sintagma que Rodia poco apreciará, no tanto por lo de embrión sino por el complemento preposicional, justo él, que suele entregarse a los caprichos de la morfotáctica y de la última tontería tecnológica, mientras lee a Shakespeare, gran quimera, y disfruta como una perra en celo.

domingo, abril 12, 2009

Casa sola

Por las noches te vuelvo a ver, no hay tiempo ni consuelo, sólo una almohada sucia, unas pocas fotos, el oporto, tu voz que vuelve a llamarme desde el baño. Nostalgia. Noche y nostalgia y como siempre un aeropuerto. Hacía frío y garuaba. Nos dijimos lo poco que quedaba por decirse. Era otoño, era abril, el comienzo de un camino desierto, el amor castigo, sin sombra ni futuro. ¿Y qué decirse después de todo? Lo mejor fue tu espalda, verte una última vez, la violencia apagada de un Hopper, el pelo suelto, embarcar hacia la sonrisa impersonal, tenga usted buen viaje, un asiento, un baño, desahogarse, y ahora tu voz desde este otro baño, en esta casa demasiado lejos y tan sola.

sábado, marzo 14, 2009

Cuando en tierras extrañas miro triste

Bueno, ocurre otra cosa: yo estaba en el año sesenta y uno en Austin, Texas –un territorio que yo quiero mucho– y había un señor paraguayo. Y me hizo oír unos tangos. Yo estaba avergonzado, se llamaban A media luz, La cumparsita, no recuerdo los otros… Y pensé: qué horror, voy a tener que simular que me gustan y a mí me parecen una vergüenza. Luego me di cuenta de que estaba llorando. Es decir que mi cuerpo lo sentía de otro modo.

Imposible contarlo de mejor manera. Pero eso ya lo sabés, vos que también pernoctás bajo este cielo que no es el cielo de tu tierra, vos sabés muy bien por qué recluido en el baño luego de una reunión con un potencial cliente, Herr Doktor evocó, durante cinco minutos que le parecieron un desahogo eterno, esta confesión que Borges le hace a Carrizo en sus memorables Conversaciones.

Es así y ya lo cantaba la épica en noches remotas. Está el momento en el que el fiel falla y la balanza se te va al quinto carajo, instantes en los que una foto o un perfume, sea de monte o de calle empedrada, pesan más que las frutas y la mirra que has ido acumulando en tu plato cotidiano. Poco importa que luego te recuperes, que le digas al día y al espejo que la vida es el mundo y que –como es sabido– sigue andando, así que mejor volver a la oficina porque tenés una lista obscena de pendientes. Poco importa porque luego, preferentemente de madrugada y a solas con un oporto o un Saint-Émilion, cuando la vida se hace carne, los otros pendientes, los que realmente importan, aparecen de nuevo y te empieza a importar que esta luna no brille como aquella, la que de noche blanca corría pero hace años no ves más.

Todo empieza de mañana con la curiosidad casi infantil de algunos compañeros de trabajo, ¿música popular uruguaya?, ¿no es igual que en Cuba,? ¿es como Shakira?, cosas así. Herr Doktor se propuso, con mucho gusto porque una cosa es el destierro y otra la estupidez, armar un compilado más o menos decente. En el mensaje enviado se vio disculpándose de un repertorio a la Prévert, hablando de milongas, gatos, bagualas y chamarras, payadas, vidalitas y zambas, mencionando la murga y confesando su poco amor por ella. Hubo una breve historia de mestizajes, del esclavismo, y, a falta de ejemplo concreto, hubo hasta Clara de NTVG y Negra murguera de la Bersuit. Quiso explicar más pero temió la enciclopedia inútil. Se limitó a mencionar algunos artistas, colocando a Zitarrosa al frente, por mejor, por poeta, por su voz, por sus arreglos de cuerdas y los sinfónicos también. Y, como de costumbre, Herr Doktor terminó hablando de las dictaduras, del exilio, de un sufrimiento que duda puedan siquiera evocar.

Y luego la piedra ahí mismo, todo el día el bloque en el estómago, en el pecho, sube y baja, en cada correo, cada intercambio, pregunta o respuesta o chiste, el almuerzo obligado y la reunión con el potencial cliente. La piedra incrustada, salvaje, mientras el hombre le habla de costos y beneficios y ventajas fiscales y él oye al Pepe Guerra que le canta al oído, cuando en tierras extrañas miro triste, pero poco puede hacer, todo obliga a la cabeza en alto, a la percha empresarial, el hombre le plantea escenarios diferentes y él sabe que tiene que dar una respuesta en cada caso, y lo hace y lo hace bien, además, sonriendo con la piedra ahí mismo, dibujando con las manos mientras la piedra se mueve, mientras el Pepe Guerra sigue cantando, mirando triste la lejanía azul del horizonte, y Herr Doktor siente al mismo tiempo que el hombre, pese a ser un perfecto monigote, se va transformando en un cliente mientras la voz del Pepe Guerra ablanda el bloque poco a poco, otros vagan sin consuelo por el mundo, ya la piedra, porosa y blanda, duele menos, diez minutos más y la reunión por suerte termina y ya puede ir al baño tranquilo a acordarse de las confesiones de Borges, a tratarse de cualquier cosa frente a un espejo que ha conocido tiempos mejores, a recordarse –como si hiciera falta– que la única certeza que no conoce distancias es el lento lamido de la sombra, lo cual lo conforma muy poco pero ahora no importa porque tiene que volver a la oficina, a los pendientes, a eso que unos pocos optimistas llaman vida.

sábado, febrero 21, 2009

Estilo

Porque no sucede sólo en literatura. Acalorando la gola de la 12 descamisada, Palermo realizó ciento cincuenta goles más que Maradona. Nadie inferiría, sin embargo, que Palermo es mejor jugador que el barrilete cósmico: cualquier mortal que aprecie el deporte sabe que Maradona es por lejos el mejor fútbol que jamás haya honrado una cancha. Sería igualmente curioso oír a alguien cuestionar que la canción Aserejé es más conocida que la Música Funeral Masónica de Mozart. Lo que tampoco creo que cuestione un individuo con un mínimo de sensibilidad es que esta última convoca un estado espiritual que la primera ignora. En un plano más prosaico, disfruto comprando mi baguette en la panadería de la esquina porque tiene el mejor pan del barrio, mucho mejor que el de la panadería del Monoprix, que también es pan.

Es cuestión de gustos, sin duda, pero sobre todo es cuestión de estilo. El de Maradona, el de Mozart y el del maestro panadero de la mencionada boulangerie. Y como otras veces, hoy es igual: siempre que voy a escribir sobre la cuestión del estilo literario, abandono el ejercicio por considerarlo de perogrullo, palabra repulsiva si las hay. Luego me doy cuenta de que el carácter de trivial se lo concedo yo: me resulta superficial proponerme un mal calco de lo que Castillo afirmó con lucidez: el estilo de un escritor es su manera de vivir, no de escribir. Yo creo, ingenuamente acaso, que el estilo es una voluntad que se corresponde con una manera de percibir un idioma y su expresión. ¿Manera de percibir la vida? No lo sé, pero no me extrañaría. En todo caso, en el juego de fronteras que se da entre lengua y habla deambula alguien que se proponga escribir decentemente.

No hablo ni de género ni de corrientes literarias; considero al estilo transversal a ambas supersticiones. Tampoco hablo del estilo como incapacidad. Promover floripondios como los que hace un tiempo cité de Federico Andahazi no constituye una toma de posición sino una falencia: ese hombre no puede –aunque quiera– escribir mejor (Woody Allen dice que la ventaja de ser inteligente es que siempre se puede simular ser imbécil, mientras que lo contrario es absolutamente imposible). Tampoco importa a estas líneas, por secundario, que esa incapacidad sea aplaudida en plaza pública y festejada edición tras edición. Eso es ceniza y sombras de las que se encarga el tiempo.

Hablo entonces del estilo como voluntad de escritura. Si la función de un escritor –la que él se atribuye– consiste sólo en vehicular información para lograr que un mensaje llegue a un receptor determinado, el estilo puede considerarse un ornamento, un estorbo, posiblemente un capricho. En este limitado paisaje, un Pollock literario estaría condenado al fracaso. La conclusión sería desoladora: el libro Exercices de style de Queneau resultaría un exceso, las acrobacias de Perec se calificarían de herejía, el resumen de la obra de Neruda cabría en el espacio de una página. No me molesta que un escritor se permita un lenguaje coloquial: me desagrada que no se dé cuenta y que en el texto se note esa ignorancia. Propongo como ejercicio contar cuántas veces fruncen el ceño los personajes de la novela El código Da Vinci.

En su Teoría del túnel, Cortázar contrapone el escritor-Balzac al escritor-Flaubert. Puesto a elegir, simpatizo largamente con el segundo grupo: sufro la superstición según la cual un escritor de narrativa cuya prosa sea más bien llana (léxico pobre, construcciones gramaticales simples, tropiezos en el ritmo, escasa intuición para juegos pragmáticos) es, en el mejor de los casos, un escritor correcto. Hay ciertas construcciones que deploro y que pueblan páginas de bestsellers y de la última promisoria opera prima. Emir Rodríguez Monegal desprecia a Felisberto Hernández como escritor. Entre sus vagos argumentos anota que Hernández escribe “parados” por “de pie”, lo cual le parece inadmisible. Igualmente inadmisible me parece a mí ese error de principiante, pero ojalá los errores más graves que se ven fueran de ese calibre. El leísmo deferente de las traducciones españolas es insultante, y poco me importa lo que diga la RAE.

Si, al mismo tiempo, la función que se atribuye un escritor es escribir como se debe escribir, Fortuna nos castiga con regüeldos como: “La sede del diario se alzaba tras el bosque de ángeles y cruces del cementerio del Pueblo Nuevo, y de lejos su silueta se confundía con la de los panteones recortados sobre un horizonte apuñalado por centenares de chimeneas y fábricas que tejían un perpetuo crepúsculo de escarlata y negro sobre Barcelona.”

Me aburren los escritores que antes de sentarse a escribir sacan el frac del armario, se ajustan la corbata y miran al horizonte. Ejemplos, mal que me pese, abundan, y el citado de Carlos Ruiz en el párrafo anterior no es de los peores. Lo que sucede en el fondo es que detesto la novela puramente informativa, logorrea de predicaciones y de cuando en cuando un desliz de “buena literatura”, el adjetivo cantado, las descripciones de siempre (siluetas que se recortan, fisonomías al detalle, masturbaciones paisajísticas). Es decir que siento repulsión frente al lenguaje malamente llamado literario, la necesidad de reducir (rebajar) a metáforas de cartón para el gran público un texto que podría ser algo como: "repetirlo repetirlo repetirlo hasta la afonía un solo grito frente al barranco a lo lejos el valle sólo el valle luego una tribu el fuego el posible encuentro". ¿Por qué no dejarlo así?

Difícil continuar porque estas apreciaciones me resultan evidentes. Es preferible referirse de nuevo a Castillo, a dos mínimas de su libro Ser escritor:

- Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: "ahí está la ventana" que "la ventana está ahí". En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.

- Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.

lunes, enero 26, 2009

Sombras nada más

Te veo de nuevo en el dormitorio, tu largo cuerpo descansa en la cama, estás dormido. Tu ropa sigue sobre la silla, nada ha cambiado, estás muriendo lentamente como cada mañana, tarde y noche desde 1984. Sentado desde aquí, a los pies de la cama, asistiendo rabioso, impotente a tu lucha inútil, venís a mí como el Cristo de Mantegna, gris y vencido, con tanto dolor sin horizonte, balbuceos y agonía, que no puedo, yo, que ya me siento viejo y quisiera ser tan sombra como vos para estar contigo, para que esto que es mi agonía muera también de una vez por todas, yo en la duermevela no puedo, suena el despertador, estoy en otro dormitorio a casi once mil kilómetros de distancia, hace años que no estás y debo ir a trabajar.

viernes, enero 09, 2009

Triple seis

Y su nombre es Thierry. Vagos rasgos de lechuza marcan sin clemencia su rostro y su bien ganado apodo de el autista –un máximo de diez palabras intercambiadas cada día– no oculta, al buen observador, un carácter particularmente abyecto. He sentido más aprecio por ciertos insectos que por él (pienso, por ejemplo, en las innúmeras arañitas desalojadas por la ventana con una servilleta). He tenido, me consta, niveles de comunicación más elevados con algunos insectos que con él. Baste observar que en el juego de apagar la luz para que el mosquito zumbe prenderla y plaf hijo de puta estás muerto hay una complicidad lustral y en cierto modo lúdica. Pero no, imposible, ardua tarea será el plaf en plena oficina, ver a Thierry como una hoja de palma contra la pared, descender indeciso en su deceso, darse contra el suelo, aplastado, hijo de puta estás muerto.

El autista hace lo que quiere y como quiere, y suele querer muy mediocre, solución a caballo entre ley de mínimo esfuerzo y mongolismo. Su andar de camello sin bozal refleja esa fofa y traicionera actitud frente a la vida. Incapaz de aceptar un error, se ríe nerviosamente de todo. En situaciones de alto estrés, cuando el cliente está a media hora de distancia y él no terminó lo suyo, incapaz de tirar la esponja dignamente, se ríe entre dientes y busca un compañero al que culpar. Experto en el arte de despejar el balón sin contemplaciones, encuentra en Clément una blanda cabeza de turco.

Entre él y yo apenas si cenizas, desprecio mutuo obliga. Soy su superior jerárquico pero no puedo echarlo a causa de un complejo encadenamiento de relaciones personales y favores. Lo sabe. Pero lo que no sabe, siquiera remotamente, es el significado que quien garabatea estas líneas en un ferry camino a Tenerife atribuye a la palabra paciencia.

Confieso que cada vez que su cara de lechuza regordeta llega a la oficina –siempre tarde, siempre como un poco sucio y con aire de ir de compras a la feria–, murmuro mentalmente el proverbio árabe: siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su nombre es Thierry. Y como hasta el último testigo de este mundo, de cierto, de cierto te digo que contados están sus días.

lunes, enero 05, 2009

Lanzarote

Porque Houellebecq tiene razón pero se equivoca. Cierto, en Lanzarote no hay mucho para hacer. Cierto, casi todos los turistas son alemanes o nórdicos. Cierto también, el Jardín de los cactus es una estafa adornada por especímenes de morfologías repugnantes, aunque muchas de ellas perfectamente fálicas (“De la vagina dentada al pene espinoso: bitácora de un largo periplo”, Freud, 1918, eds. Amorrortu). Pero qué más pedir luego de meses y meses de gris, frío, cemento e historias de recesión y chômage que hacen cada vez más invivible París. Porque, justo es saberlo, es jodido vivir en París, oh vanitas. Hace un año Rodia perfumó con sus ocurrencias la ciudad luz. Con acierto me confesó que no había ciudad más linda pero que jamás viviría en ella. Tiene razón.

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Los lanzaroteños hablan con un acento venezolano-cubano muy gracioso. Pueden confundir un acento montevideano con el chileno, por cuanto quizá de oído un corcho, quién te dice. La geografía, agreste, volcánica, de isla lamida pero seca, contrasta violentamente con los resort & spa que, desperdigados, ofrecen a los turistas de piel blanquísima y cachetes rosaditos un relax cinco estrellas.

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Anclamos en Costa Teguise. No sé si será la temporada baja, pero acá el estilo es de promotores que te arrastran verbalmente de la oreja hasta el restaurante X que, por supuesto, es el mejor. Recuerdo por momentos el agobio de la Habana, donde poner un pie en la calle equivale a un grito de ¡taxi!, dos pasos más es un ¡cigarros! cigars! y al llegar a la esquina ya tuviste el catálogo completo (además del obligado quiz de nacionalidades: ¿italiano? ¿alemán? do you speak english?).

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La isla se deja recorrer completamente en dos días, tres como máximo. Su arquitectura fue dictada por el turismo a tal punto que es difícil decidir qué es originario y qué plástico y lucecitas de colores. Muchos circuitos prefabricados, los suficientes cazabobos, la misma sensación aérea que alguna vez odié en Ibiza, en Varadero, en la fría isla de Chiloé. Su arquitectura fue dictada por César Manrique, tanto vivo como muerto, una suerte de Páez Vilaró pero más inclasificable.

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Puestos a jugar el juego, las visitas son escasas pero interesantes y podrían prescindir del discurso destinado a germanos (salve, ansiedad enciclopédica), pesada exégesis geológica que va muy lejos sin llevarnos a ninguna parte. La Cueva de los verdes y el Parque nacional de Timanfaya, junto con la inefable vista que desde la costa norte se tiene de la isla Graciosa, son lo mejor. Borges despreciaba el adjetivo inefable por estéril. Borges, al igual que Rodia, tiene razón.

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Cueva de los verdes, paraíso de espeleólogos, envidia enormísima del personaje que te hace la visita de la Gruta de los cuervos, en Treinta y Tres, el que te inventa el misterio con los ovnis y los masones y te habla de unos grillos blancos únicos en el mundo pero que después andás pateando en cualquier campo de Treinta y Tres.

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Luego la isla se desgrana en algunas playas un poco insulsas, de arena negra, demasiado europeas aunque sin llegar a claustrofobias como la côte d’azur o la costiera amalfitana, playas a las que la baja temporada otorga esa tristeza indefinida de los viejitos bailando en el Argentino Hotel de Piriápolis, tristeza perfectamente capturada en la película Whisky.

*

Nos quedaremos entonces con el paisaje lunar del Timanfaya, con la sencillez de la gente, con su lejano desprecio por los godos, con su –para mí– incomprensible orgullo por saberse primeros pobladores –ellos dicen fundadores– de San Felipe y Santiago de Montevideo, nuestra tan querida Santa María. Nos quedaremos, principalmente, con la higuera que plantó Hilario, aquella que creció pero jamás dio fruto, unos dicen que a causa del calor de la tierra, otros, con quienes formo filas, que tan sólo para sustentar una historia de la cual difícilmente se puedan sacar conclusiones morales.

lunes, noviembre 10, 2008

Abu Steif

Dos horas más tarde, Amjad nos trae la comida. Amigo de Motasem, su restaurante en la Gay Lussac, esquina Bv Saint Michel, su gran apartamento en el quinto arrondissement y el afiche con el mapa de una Palestina que se ve, en sucesivas imágenes, menguada infamemente por la ocupación israelí, me hacen siempre fantasear con la syrian connection.

Como de costumbre con la comida siria, nunca termino de entender exactamente qué estoy comiendo, pero me gusta a condición de que no esté infestada de comino. Amjad me apodó Abu Steif y, en un francés titubeante, me ofrece una cordialidad que linda la burla. Sé que me toma el pelo y tal vez por eso me cae tan bien. Con sus socios me dicen que tengo cara de sirio. Se ríen. Les respondo que si no fuera por el acentito que tienen, serían perfectos bolivianos. Recuerdan cuando les conté que gracias a nuestros berretines europeizantes nuestros bolitas son sus magrebíes. Se ríen menos.

Las dos horas previas a esto que son las grandiosas berenjenas rellenas que nunca recuerdo cómo se llaman se fueron entre la charla con Motasem sobre su tesis -que terminará algún día, inchallah- y una cantidad imposible de tés a la menta. La mesa está en la calle. Podemos ver el Jardin du Luxembourg, los buses pasar, la gente. Y como París es un museo de neurosis, dos horas son más que suficientes para observar la fauna y sacar apuntes mentales.

En el principio hubo gritos, algo como insultos y el ruido inconfundible de golpes. En la vereda de enfrente un hombre en una cabina telefónica, teléfono en mano, injuria en árabe a su interlocutor. Pregunto qué está diciendo. Amjad nos comenta que es su rutina diaria, que en realidad no llama a nadie y que habla persa, no árabe. Iraní, probablemente. Tres minutos más tarde, el hombre cuelga el teléfono y sale de la cabina. Es un clochard. Uno más, me digo, sintiendo lo que, en los escasos momentos en los que me aprecio como persona, identifico como algo cercano a la compasión.

Pero cinco minutos más tarde me convenzo de que el clochard es un iluminado. Zaratustra es un despierto, murmuro ya sin escuchar lo que me cuenta Motasem. ¿Qué diferencia entre su resultado y el de un mundo de hipercomunicación a mero nivel epidérmico? Me convenzo de que es infinitamente más valiente intentar, como él, lo imposible. Luego dudo, postulo que tal vez sí comunica pero a otro nivel. El recuerdo del último documental que vi sobre Raël y la pedofilia me hacen rechazar vehementemente la hipótesis, pero el clochard permanece en su rol de iluminado, sucio, borracho y piojoso, tal vez ni siquiera triste ante la imposible redención que lo vuelva niño de nuevo, seguramente rabioso y con hambre, arrastrando sus miserias ante un público indiferente, un Jesús perdido que a falta de desierto predica bajo un cielo gris frecuentado por diez millones de hormigas, de teléfono en teléfono, muerto de antemano por la próxima noche de frío o abandonado por un cuerpo que ya le es probablemente ajeno, sabiendo lo que cualquiera debería saber: que algún día alguien responderá.

Poco me importa ahora Abu Steif, Amjad y sus bromas, las dilaciones de Motasem, el cielo siempre gris. De aquí hasta el necesario oporto en casa será el clochard, la valentía del clochard, la tranquilidad de ese clochard, de saber -gracias a él- que un día, previo a la última hipotermia, antes de que su cuerpo lo niegue definitivamente de la misma manera que todos, día a día, lo negamos sin saberlo, en una cabina cualquiera de una ciudad imposiblemente hermosa y agobiante, alguien responderá.

martes, octubre 21, 2008

Fragmento

¿Hablás kikongo? Curiosa manera de acercarse porque desde lejos el pelaje y tanto rouge mostraban que a ella kikongo le sonaría a modernoso juego de quiniela o, con algo de suerte, a duda de mellado. Pero Esteban se acercó así, preguntándole si hablaba kikongo, idioma largamente conocido por sus caprichos variados en cuanto a producción morfosintáctica. Y ella no dijo nada hasta la tercera insistencia, cuando se decidió a mirarlo y preguntarle si tenía fuego.

-¡Kulala! -dijo Esteban.
-A mí no me insultés- respondió ella con el cigarrillo en la mano.
-No, no, así se dice fuego en la poesía kikonga. Kulala refiere a una danza rápida y el famoso poeta Tchikaya U’tamsi lo usa para crear una imagen en torno al fuego. Es también un piropo. Algo atrevido, por cierto. Disculpame, soy antropólogo. Esteban.

Ella dudó un momento ante la mano extendida, el cigarrillo apagado temblando indeciso en la mano, cercano a la boca, a tanto rouge.

-Mirá -dijo-, lo que hagas de tu vida privada no me importa. ¿Tenés fuego?

miércoles, octubre 08, 2008

Idiota

Encuentro un papelito en el bureau de al lado, que dice: Pascal Wirth a appelé. Y me río solo como un idiota. Tristes estos días tan livianos en los que logro, sin mayor esfuerzo, divertirme con cualquier guarangada. De aquí a xkcd, un paso. Y después, sin duda, la decadencia total, el castigo bursátil, la felicidad, esa gran soporífera.

lunes, septiembre 29, 2008

Energías renovables

ed elli avea del cul fatto trombetta
Dante/Infierno XXI

Como la imaginación no tiene límites, el cantón suizo de Friburgo acaba de instalar los primeros cinco mil inodoros ecológicos, prodigios que capturan el metano emitido por las flatulencias durante el universal acto. Digno ejemplo de precisión suiza, su mecanismo de aspiración y filtrado despacha el preciado intangible hacia un complejo sistema de cañerías que desembocan en un reservorio central, a fin de congregar el esfuerzo popular por aquello de que la unión hace la fuerza, viceversa y otras loas oportunas que el lector ocurrente y voluntarioso de nuestro semanario sabrá imaginar.

Según fuentes del Ministerio de Economía, por cada inodoro instalado un hogar recibirá una rebaja en sus impuestos cantonales en relación a la cantidad de metano registrado. Como era de esperarse, entre las primeras repercusiones el periódico La liberté (29/9) cita el aumento sensible del spam conteniendo chistes fáciles sobre el dispositivo, la generalización del consumo de comidas de olla, así como una disminución de la venta de antiflatulentos, motivo de la huelga general de los laboratorios especializados en el rubro.

La Canciller de Estado del cantón, Danielle Gagnaux-Morel, conocedora del adagio según el cual la analogía mueve el mundo, presentó esta mañana en rueda de prensa el estudio de un dispositivo idéntico para mascotas, que podría comenzar a utilizarse hacia fines de este año. De dudosa factibilidad, la noticia es desde ya gran esperanza de peatones, patinadores callejeros y usufructuarios de espacios verdes, pese a la batalla legal prometida por Brigitte Bardot, quien aboga abiertamente –citando el artículo quinto de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales– por el derecho de los susodichos a deponer como se les antoje y, si cuadra, a los cuatro vientos como Dios manda.

jueves, septiembre 25, 2008

telegrama cotidiano

ocho aeme tin tin tiririn tin tin en palm agarro semidormido apago alarma de puro enfermo verifico correo entre sábanas leo le monde también rebelión. las bolsas ni te cuento mc cain saca el cuerpo el congreso no vota así nomás bush boludeces sarkozy hombre de estado del año (!) edvige sigue el relajo sale el google phone el partido socialista no existe los piratas somalíes ojo al piojo. miércoles cansancio barba sucia ganas de quedarme en casa leyendo dos días y ya es viernes. de la ristra de sueños esta vez le vent nous portera noir désir. ritual obliga pongo tema repetirse en baño mientras me ducho menos dormido sin exagerar. cocina capuccino jugo uvas tostadas mermelada arándanos lavar rápido vajilla dientes abrigo taquelapariótodavíaesseptiembre y dale que es tarde. miércoles día de canard enchaîné lo compro dudo charlie hebdo mejor no viene el 21 subo canard me entero intrigas palaciegas galas placer infinito semibronca habitual. trabajar es siempre metamorfosearse entrar fresco a la máquina que diez u once horas después me escupe en versión carbónico. mil correos responder lo que puedo reuniones gestión personal planificación trabajo en equipo café mucha agua cinco dossiers para hoy comer chino enterarse costumbres marroquíes tunecinas españolas vietnamitas hablar de uruguay seguir bolsas verlas dudar 21 vuelta a casa. recoger correos ascensor té a la menta canal 4 justo cyrulnik résilience experiencia en perú ir a biblioteca hojear sus libros esperar las guignols que llegan pronto. guignols chirac invitado del día canta al mongólico patrick sébastien (ah si tu pouvais fermer ta gueule...) chistes sobre fatalismo paco rabanne en discurso de bush habitual tomadura de pelo a johnny hallyday imposible no reírse tanto. zapping canal arte especial responsabilidad compañías tren en shoah por qué no interesante poca información nueva comer un poco de preferencia salmón primer vaso de vino tocó côtes du rhone rico un poco amargón como siempre un yogur. leer algo cuaderno tomar notas. palm poner alarma sueño tarda venir seguir leyendo escribiendo côtes du rhone milo transversal omnipresente esto no es todo pero bastante mañana otro día mejor dicho hoy la vida ese largo buche de agua vivir. eso vivir o algo así.

sábado, septiembre 20, 2008

Joseph von Furstenberg

Ocupa a esta página el autor de Die jüdische Frage und der rap (Pendo Verlag, 2008), extensa vindicación del rap judío y testimonio de una retórica cuyo linaje puede rastrearse hasta los versos de Gilgamesh y, parcialmente, al perfecto Cantar de Salomón. Confieso haber frecuentado con inquietud de quiróptero las setecientas setenta y siete lentas páginas en las que el germano revela, a igual tiempo, identidad religiosa y pasión por los juegos de anacronías. La tesis central de Joseph von Furstenberg sostiene que el origen del rap, establecido por el vulgo en el continente negro, se sitúa indiscutiblemente en la Torá. Los dos corolarios principales, tal cual los he entendido, promueven el recobro inmediato del territorio musical rapero usurpado por el mundo goim, en especial por moros y gitanos, y la aceptación de la identidad enseñanza-rap, que lleva al autor a afirmar, desde el prefacio hasta el punto final, que todo es rap.

No nos intimida el posible panfleto. Tampoco nos desagrada la revelación de Moisés como primer hombre de rap. Baste recordar que en su versión folletinesca del judío errante, Eugène Sue prefigura elementos que hoy nos resultan cotidianos: el castigo a la falsa adoración, el pecado eterno, la diáspora como fenómeno aglutinante, referencias obligadas –es sabido– en las canciones de rap que plagan hoy día los cuatro vientos. Sin embargo, las aflicciones registradas por Sue fueron expiadas muy anteriormente por griegos y sumerios –Sísifo, Prometeo, Gilgamesh tras la serpiente, son algunos breves ejemplos de nuestra inevitable tendencia a la épica–, por cuanto tampoco sería absurdo postular que el rap fue incluso antes que Moisés.

El libro se excede en referencias. Generoso, otorga la amistad a figuras tan disímiles como el Rabbi Jacob de Louis de Funes, Paul Dundes Wolfowitz, José de Arimatea y los grupos raperos judíos de fama internacional Before Lilith y The kosher boys. Estas variaciones de orfebre parecen refutadas por un detalle acaso trivial: el docto alemán incurre en un error grave al desconocer –o simular desconocer– que la estructura rítmica clásica del rap no puede coincidir con la de los muchos versos que pueblan nuestro Pentateuco.

Sus escasas intervenciones públicas no son más soberbias que su obra. Invitado por Thomas Kausch a su emisión cultural hebdomadaria en Arte para compartir panel con Sinik –rapero francés de origen magrebí–, Jack Lang –ministro de cultura de Miterrand– y un ex agente del Mossad que participó vía teleconferencia desde un lugar incierto, von Furstenberg supo defender los argumentos capitales de su libro: la aliteración como evidencia de rap impuro, el ritmo natural de las lenguas semíticas, las primeras Parasha Hashavua como sesiones musicales encubiertas, el silencio largamente guardado por los escribas. Inútil que Jack Lang refutase la tesis, por espuria, y procediera a relatar su último viaje oficial a Jerusalén. Insuficientes los versos improvisados en dialecto kabyle por Sinik a fin de demostrar no sabemos muy bien qué. Los mejores diálogos quisieron ser los de von Furstenberg y el oscuro ex agente, quienes, obedeciendo las costumbres talmúdicas que obligan sus raíces, incurrieron en arengas sin descanso. Un auditorio de dudosa mansedumbre agregó la tensión restante a la emisión, que registró un récord de audiencia.

A la luz de tantos siglos de exégesis, juzgamos avara la afirmación del ex agente, experto en teología, según quien Moisés, al término de una alquimia imposible en el monte Sinaí, concibió a dos manos doctrina y destino único. Lo hemos dicho anteriormente: la unicidad es un privilegio divino. En la antigüedad, frente al movimiento de los mares la única explicación admisible fue la divina. Igual suerte compartieron viento, sol y luna. Evite el lector la falacia de negación del antecedente. Las mitologías manejan múltiples caprichos y son propensas a los juegos geométricos. Asimov, en su elogio de la escuela jónica, por ejemplo, refiere la dualidad en la mitología babilónica: Tiamat, diosa del agua salada, es escindida en dos por su descendiente Marduk. Como en toda muerte mitológica hay nacimiento, de una mitad fue el cielo; de la otra, la tierra firme. La historia ha querido que el curioso Tales de Mileto, verdadero padre de la ciencia, tenga mejor destino que los sofistas. Todo es agua, equivocó, sin embargo. Todo es número, se aseguró luego. Las variantes de este juego son innúmeras y meramente paradigmáticas: basta cambiar el sustantivo para obtener resultados más o menos conocidos, más o menos verdaderos: energía, movimiento, caos, luz, música, cartas todas de la misma baraja en la que soñamos desde hace milenios, como hoy sueña el docto alemán al asegurar que todo es rap.

Joseph von Furstenberg vive actualmente en Heidelberg y es profesor de teología en la Ruprecht-Karls-Universität.

Esteban Castillo/Apuntes de una enciclopedia patafísica

viernes, septiembre 05, 2008

Ritmo

Esa paloma con los huevos desparramados sobre la azotea, esa paloma de papel y mármol, esos huevos de papel y mármol, o de cal y yema, de donde saldrán más gallinas sagradas que crucen la medianoche, con un ala baja y la otra abierta. Mientras, yo, también, me presento y viajo, el pelo hasta el suelo, el vestido que me sigue por los suelos, y en la mano, la luna de ayer, el alhelí embrujado, de los años sesenta.

Marosa di Giorgio/Papeles salvajes

*

Yo esperaba a Clide en la esquina de la academia, vos me pediste fuego y a esta altura ya no nos queda la menor alternativa: esa escena íntegra un poco golpeada por el viento, un poco la primera entre nosotros, está a media cuadra de los fogonazos del cine, apenas algo adelantada a ese carro-carro con la yegua blanca o bastante después porque si mal no recuerdo hubo cartas (algún par de ellas), hubo eyaculación precoz y arrepentimiento, montones de caras, de manos, cierto clínico infinito que me palmeaba un hombro para despedirme en el crepúsculo contra unos vidrios opacos, camas desiguales y orgullo con voz alta y sonora, el timbrado y dejá, volvete, el mártir, no puedo con tanto resplandor en el camino de cintura, me hace mal, las ganas barco a la manera muy simple de Gonzalito.

Néstor Sánchez/Siberia blues

lunes, agosto 18, 2008

Lecturas

Breve reseña de los últimos libros leídos.

Cannibale - Didier Daeninckx

Si bien el estilo es forzadamente literario -horror, horror-, me sorprendió mucho que el relato estuviera basado en hechos reales. En efecto, en 1931 se realizó la Exposición Colonial en el Bois de Vincennes, pegadito a París. Curiosamente, días antes de la inauguración, se murieron unos cocodrilos en esta abominable muestra de tolderías que presentaba a indígenas, legado colonialista, como frutos bien lustrados. La historia se centra en una tribu de canacos (Nueva Caledonia), imbécilmente presumidos (y obligados a parecer) caníbales, que son canjeados por cocodrilos al circo Höffner, sito en Francfort-sur-le-Main. La historia traza paralelismos entre esa experiencia y los movimientos independentistas que medio siglo más tarde se levantarían en Nueva Caledonia.

Ni d'Eve ni d'Adam - Amélie Nothomb

Tercer libro leído de Nothomb, mismo cuadro clínico: apenas comenzado a leer, imposible abandonarlo. Es la otra cara de la moneda de su famoso Stupeur et tremblements: la misma francesita enamorada del Japón (país en el que nació) y sus vaivenes de toda índole. En este libro, en vez de ser denostada en su trabajo se dedica a establecer una particular relación de pareja con un nipón. Dicho sea de paso, Nothomb fue muy hija de puta con el pobre Rinri, que en el peor de los casos era un banana; sus autojustificaciones hacia el final de la novela resultan de gran mezquindad.

Cosmétique de l'ennemi - Amélie Nothomb

Cuarto libro. Liviano. Por momentos un poco aburrido (se salvó por poco del abandono). Ciento veinte páginas de un diálogo que desemboca en algo totalmente inesperado. Lo terminé hoy en el almuerzo, diciéndome que era un desenlace muy estúpido y de amateur. En el epílogo descubrí que era una ficción creada en torno a un episodio real, profundamente violento. Volví a casa pensando en eso.

H.P. Lovecraft - Michel Houellebecq

Lo leí en total desacuerdo de la primera a la última página. Houellebecq destila un romanticismo molesto en cada página y sobrevalora de manera imperdonable a Lovecraft, quien me sigue pareciendo un autor menor. Releí Dagón para confirmarlo.

Rashômon et autres contes - Ryûnosuke Akutagawa

Leí algunos cuentos y todavía estoy por entender el xeito del que habla Eco sobre que sólo los japoneses saben cuándo reírse al leer Rashōmon (¿o hablará de la película?). Yo no sé; no soy japonés, lo cual me alivia tal vez en ambos sentidos posibles. La oralidad es el registro utilizado por un narrador que se permite libertades hoy día imposibles.

Lionel Jospin, le temps de répondre - Entretiens avec Alain Duhamel

Confirmo lo que intuía: Lionel Jospin es lo más inteligente que le pasó al Partido Socialista después de Miterrand. Y conste que no soy socialista. El libro, perfectamente calculado, data de principios del 2002, antes de que Jospin sufriera una derrota impensable frente a Le Pen.

Haiku érotiques - Traduits du japonais et présentés par Jean Cholley

Muy bueno. Pensé varias veces armar un post al respecto pero no tuve el tiempo suficiente para escribirlo evitando caer en el chiste fácil. El libro adjunta varias imágenes que ilustran la época en la que los haiku se escribieron.

Kawabata-Mishima: correspondance

Cartas muy curiosas, todas preludiadas por uno o dos párrafos de disculpas y fórmulas de politesse que sólo las culturas milenarias. ¿Por qué a Rodia le gusta tanto Mishima? ¿Por qué éste, al firmar, vacila entre su verdadero apellido y el literario?

domingo, agosto 03, 2008

Eco y lo falso

Umberto Eco es de los pocos intelectuales vivos que admiro sin reparos. Supongo que lo admiro en parte por respeto a su conocimiento y en parte -y tal vez principalmente- porque desdeña de la impostura, sayo tan caro a los so called intelectuales.

Literariamente hablando, leer El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault fueron experiencias de enriquecimiento que perdonan largamente que La misteriosa llama de la reina Loana se haya extinguido a las ciento veinte páginas y caído en el olvido, vaya ironía. Como semiólogo, su Tratado de semiótica general es al mismo tiempo complejo y sólido, respetable, digno de la mayor atención aun para sus detractores. Y sin embargo lo que a mí más me gusta de Eco son sus ensayos, difícilmente clasificables. Por eso Apocalípticos e integrados. Por eso El superhombre de masas, Entre mentira e ironía y ahora La guerre du faux (la guerra de lo falso), desparejo compendio de publicaciones periodísticas, bastante bien estructurado y con una aclaración del propio Eco a modo de paraguas frente a sus propias contradicciones, inherentes a un investigador que va refinando sus opiniones según pasa el tiempo y cambia el viento.

La recopilación cubre un período de veinte años que comienza en 1963. Entre las fuentes de los artículos se encuentran los famosos Corriere della sera y Espresso (del cual provienen la mayoría de los artículos). De las seis secciones en las que se organiza el libro, mi preferida es "Leer las cosas", de la que extraigo fragmentos del artículo "Cómo presentar un catálogo de obras de arte".

Este irónico ensayo desarrolla un conjunto de instrucciones destinadas a un prefaciador de catálogos de arte (PCA). La tesis de Eco es que, al contrario que en el mundo de la literatura o el cine, en el que un crítico tiene un impacto mitigado -es decir acotado- sobre el éxito de una obra, en el caso de las exposiciones de arte el PCA puede crear o destruir un artista. Comparto plenamente la tesis de Eco si hablamos de arte moderno y contemporáneo, en el que usualmente toda obra va acompañada de un discurso que la explica, porque, justo es decirlo, esta curiosa epifanía discursiva suele ser más importante que la obra en sí.

Para prefaciar una obra, la motivación que deberá encontrar (sic) un PCA puede ser, según Eco, una de las siguientes:
a. corrupción (poco usual)
b. contrapartida sexual
c. amistad (en los dos versiones: simpatía real e imposibilidad de rechazar)
d. regalo de una obra del artista
e. admiración real del trabajo del artista
f. deseo de asociar su nombre al del artista
g. compartir intereses ideológicos, estéticos, comerciales en el desarrollo de una corriente o de una galería de arte
Decretada esta especie de taxonomía motivacional, Eco considera un caso de estudio hipotético: el pintor Jambonneau que desde hace treinta años pinta fondos ocres con, en el centro, un triángulo isósceles azul cuya base es paralela al borde sur del cuadro, sobre el cual se superpone en transparencia un triángulo escaleno rojo, con una inclinación sudeste en relación a la base del triángulo azul. El PCA deberá tener en cuenta que según el período histórico (entre 1950 y 1980) el artista dio a sus obras los títulos siguientes:
1. Composición
2. Dos más infinito
3. E = mc2
4. ¡No es sino un comienzo!
5. El nombre del Padre
6. A/través
7. Retorno a Kant
Eco opina: "¿Cuáles son las posibilidades (honorables) de intervención para el PCA? Fácil si es poeta: dedica un poema a Jambonneau. Por ejemplo: Como una flecha/(¡Ah!, cruel Zenón)/el impulso/de otro dardo/parasanga trazada/de un cosmos enfermo/de agujeros negros/multicolores. La solución es prestigiosa para el PCA, para Jambonneau, para la galería, para el comprador."

En uno de los los varios estilos de prefacio que presenta, para mi gran placer y estupefacción Eco se lanza en una cruzada pseudo científica cuando propone que un ECA con formación científica podría escribir: "Los triángulos de Jambonneau son grafos. Funciones composicionales de topologías concretas. Nodos. ¿Cómo pasamos de un nodo U a otro nodo? Es necesario, como se sabe, una función F de evaluación, y, si F(U) es inferior o igual a F(V), hay que desarrollar para todo otro nodo V, U, en el sentido en que engendramos nodos derivados de U. Una perfecta función de evaluación satisfará entonces la condición según la cual si F(U) inferior o igual a F(V), entonces d(U,Q) es inferior a d(V,Q), dónde, por supuesto, d(A,B) es la distancia de A a B en el grafo. El arte es matemático. Tal es el mensaje de Jambonneau."

Un tal prefacio estaría perfectamente alineado con el ethos y el pathos del pituto Cantero. Después de leerlo unas quince veces, me convenzo de que es un malabarismo que no está tan lejos de intentar encontrar un camino de distancia mínima entre dos nodos aplicando el principio de optimalidad (que, como se sabe, se cumple si no hay distancias negativas).

Otras proposiciones apelan al Pierre Menard de Borges, a la teoría de las catástrofes de René Thom, a la interpretación política, a la metafísica y a la psicología gestáltica, pasando por Lévi-Strauss, Mao, Sartre, Berkeley y su estúpido esse est percipi, Pollock, la Gioconda... Y todo más o menos en la misma bolsa.

Creo que los dos ejemplos presentados dan el tono del ensayo, que es uno de los tonos posibles del libro. Que Eco se dé el lujo de escribir cosas así me lleva a decir que desdeña de la impostura del clásico intelectual, esas hienas de papel, lo cual, sabiendo que se ha movido principalmente en el ambiente académico, no es poco. Hasta el nombre del supuesto autor es un mal chiste: Jambonneau en la versión francesa, Prosciuttini en la italiana, yo podría haberlo traducido como Jamonetti o Jamonardo.

En cuanto a "Cómo presentar un catálogo de obras de arte", luego de una guitarreada muy mastropieresca que corresponde a la última posibilidad del PCA, el artículo, irrisorio, termina de la siguiente manera: "Lo cual establece, más allá del criterio de practicabilidad y eficacia, un criterio de moralidad: basta decir la verdad. Naturalmente hay maneras y maneras."

jueves, julio 17, 2008

San Vicente

Una puerta derribada, a lo largo del tumulto las manos moviéndose en lo alto, sobre el coro que satura el aire, manos que se agitan como un manto oscuro, dolido, fuego y locura. Carnaval de San Vicente. Semilla de toda incertidumbre, antigua, obstinada amiga que te come rabiosa el hígado en noches como ésta.

Y no te importa, seguís abriendo camino, las manos en alto, juego de caderas, carnaval, San Vicente mártir de los cuervos danos una hora más de borrachera, un pacto nuevo, la última carta a jugar.

Qué importa ahora aquella herida como Prometeo, eterna y lustral, no nos verás sombrero en mano pidiendo limosna, nosotros los de la nueva sangre, nosotros hermanos de Baco y todos sus caprichos, moriremos en movimiento, en tu mismo molino cuya piedra hacemos girar, San Vicente, guerra y carnaval.

Otra puerta a la distancia, tumulto, manos, caderas, carnaval y fuego, locura, otra puerta derribada, el coro que sigue sonando, la sombra de Prometeo a lo lejos, estás solo y la botella ya vacía.

Notas a la canción
Carnaval de San Vicente
de Cesaria Evora

martes, julio 15, 2008

Relatividad (de la teoría a la práctica)

El sexo no aparece en la obra de Borges. Se salva, acaso y muy tangencialmente, Ulrica. Si hay otros ejemplos, los desconozco y serán bienvenidos. No sorprenderá a nadie que Borges tuviera razón: al proyectar una antología pornográfica, el maestro, que mil veces ha dado fe del trajín de la poesía, en perfecta métrica se inspira:

La señora de Pérez y sus hijas
comunican al público y al clero
que han abierto un taller de chupar pijas
en la calle Santiago del Estero