domingo, febrero 13, 2011

Paf se acabó

Triste escribirte en esta tarde de domingo en la que el sol se cuelga de los edificios, en la que se ve la larga fila de autos que se muerden los talones sin tregua. Ciudad de grúas, de sol aguado, ciudad burbuja. Juntos hemos hecho y deshecho el tiempo, pero seamos francos, este antro empezó a morir cuando Arturito de los tres pelitos decidió desempolvar sus mejores camisas y su breve pero impecable conjunto de corbatas de seda italianas.

Lo sabés mejor que yo, no es posible aullarle a la luna con tanto cansancio y almohadones confortables. Hasta el poeta más malo lo acepta sin necesidad de ajenjo: hay cosas que no se pueden escribir si no se siente que algo ahí abajo, muy abajo, duele y no se cura. Y aunque nada se ha curado, la casa está cubierta por una enredadera que se parece mucho a la indiferencia, a la mano que garabatea, indecisa, que envejecer es también claudicar, aceptar la repetición como norma de la estupidez, bajar las ventanas que algún romántico o imbécil había dejado abiertas esperando el pájaro que nunca vino. Entenderás que después de eso corredor de la muerte, alpargateo lento y lavandina en un calabozo que aunque tan mal huela, está vacío. El Zaratustra de Nietzsche, que sigue dando el la veinte años más tarde, recomendaba ante el dolor una cama pero dura, de campaña. Es sabido, los almohadones arruinan todo. Hasta la digestión.

Como siempre, la música da la clave. Suena Wayfaring Stranger, versión de Cash, ideal para estas últimas líneas.

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Abrí por primera vez esta ventana durante el verano uruguayo de 2006. Ahogado, necesitaba respirar. Divorciaba. Divorciaba de muchas cosas. No sólo la ruptura civil, aquella humillación frente a la jueza de cenizas y peineta (que fue, visto ahora, una de las mejores cosas que me pasó en mi vuelta a Uruguay) sino otra, más profunda, el quiebre con un pasado que ya no podía seguir arrastrándose de esa manera. Divorciaba compartiendo un apartamento de tres piezas, haciendo malabarismos para que dos personas que ya no se hablaban pudieran convivir o al menos cruzarse lo menos posible. Y cuando sentía (en el trabajo, en la cama del cuarto de invitados, en un ómnibus cualquiera) que no iba a poder terminar la jornada, abría la ventana y escribía sobre los planchas, citaba mis lecturas preferidas, me permitía textos dudosos que comenzaban declarando Ardua tarea la fellatio entre conejos o Será que las cosas no vuelven al mismo lugar canta Calamaro, mientras Heráclito lo aplaude desde la tribuna.

Me divertía como un niño mientras el divorcio avanzaba como un lento descamamiento. Ya no tenía cara, ni brújula, ni razones para quedarme en Uruguay o en otro lado.  Las operaciones cotidianas de las tres dimensiones se me ocurrían un esfuerzo inútil. Y Arturito, que lo sabía, me arrimaba un vaso de grappamiel atrás del otro, a razón de tres botellas por semana, sin contar vino y otros aperitivos y brindis de ocasión. Entrada la madrugada, sentados en el desorden de libros que se desparramaban por el cuarto de invitados, con Arturito solíamos mirar al vaso juntos y declamarle en silencio los grandes versos del poeta Benavides, que Darnauchans retomó en su canción. Y la noche estaba oscura. Y la vida en Montevideo seguía su rutina de horas, indiferente.

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Por este antro han desfilado casi todos mis fantasmas, mis muertos, mis gustos y disgustos, un Virgilio trasnochado e irreverente que responde al nombre de Arturito de los tres pelitos, como me apodó de niño alguien a quien no veo desde hace más de diez años.  Pasaron varias mudanzas, un cambio de país que sonó como una lápida, duelos que se cerraron en algo que se parece mucho a una victoria pírrica. Muchos descubrimientos, la mayoría alegres. Innúmeros viajes. Una porteña milonguerita que vino a traer el aire y la risa, y se quedó. Gran parte de los textos son tributarios de esos vaivenes. Los subterráneos lo fueron tanto que al día de hoy hay varios que ni yo entiendo del todo. Y aunque la consigna que me impuse al principio era monástica (abrí la ventana para respirar, no para conversar con los vecinos), otros perdidos se acercaron y el diálogo tuvo razón de ser. Nada mal, me digo, para alguien que desconfía a muerte del espíritu gregario y se esconde detrás de un chimpancé que fuma.

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Mis amigos más queridos están lejos. En Uruguay. En Chile. En España. Mi último gran confidente y hermano se piantó para Abu Dhabi, a la búsqueda de un futuro mejor. Y yo aquí ando, penando el frío, quejándome como siempre pese a vivir en la que es, sin duda, la ciudad más linda de todas. Dice mi hermana Patricia, que visita ahora tierras orientales, que un familiar le ha hecho entender que los que nos fuimos somos, con un poco de suerte y clemencia popular, traidores. Hay que tenerse fe para juzgar lo que no se conoce.  Hay que ser ciego y llano para creer que porque alguien salió a explorar le dio la espalda a todo. Hay que no tener la menor puta idea de lo que es estar perdido para creer que salir a buscarse es escupir el lugar donde naciste. En el Libro de Job, tal vez el más hermoso de la Biblia, tras extensas quejas de Job y amigos que lo tientan, Dios lo apostrofa, preguntándole ¿dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? Compartimos la ignorancia, cada cual hace camino como puede y entierra a los suyos, en silencio. O casi. I'm just going over Jordan. I'm just going over home.
 
*

Más allá de dos o tres ocurrencias, más allá de tantas torpes líneas, una idea, un par de chistes, me queda lo más importante, aquellos que, como vos, del otro lado de la ventana de aquel verano de hace cinco años, nunca supe por qué, se arrimaron a este antro sin expectativas y al tiempo ya eran amigos compartiendo el pan y el vino (sobre todo el vino), sin importar geografías, banderas o caprichos de temporada. Juntos hemos hecho y deshecho el tiempo, pero la hora apura, es de noche ya y la ventana así se cierra.

Esta última tarde de domingo, solo, termino el tercer vaso de muscat recostado en el sillón del living, escuchando la increíble voz de Cash que se tiende como un manto negro sobre la pieza, recordándolos y murmurando cada tanto en su dirección -que siempre mira al Sur- la que será mi última palabra: salud.

Q.E.D.

lunes, diciembre 06, 2010

Nieve

Lo más blanco que hay...


Canta Smith. Sinking. So I trick myself like everybody else.

martes, noviembre 09, 2010

Vuelta a casa

   De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre.  Escribe tú con sangre y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.
   No es cosa fácil comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.
   Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía y hasta el espíritu olerá mal.
   El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrompe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar.

Así Habló Zaratustra, Del leer y el escribir
Friedrich Nietzsche

*

I'm just a poor wayfaring stranger
While traveling through this world below
Yet there's no sickness, no toil, no danger
In that bright land to which I go

I'm going there to see my father
And all my loved ones who've gone home

Wayfaring Stranger

viernes, octubre 22, 2010

Montevideo

En el sueño, la ciudad venía a mí desde lejos, como una manzana. Una necesidad me perturbaba: recordar con exactitud sus contornos. Obsesionado con esta idea, se la explicaba a un compañero de trabajo. Difícil decir en qué idioma hablaba (¿hablaba realmente?). Le decía algo así como fijate bien, ahí está la bahía, hermosa, y luego la ciudad cae violenta como un ancla, sobre Punta Carretas. Sabía que me faltaba mencionarle la Rambla Sur, decirle que el malecón de La Habana era lo más parecido a la Rambla Sur que había visto en mi vida. Como él es oriundo de Biarritz y en sueños todas las carambolas son posibles, le comentaba que por un buen tiempo había pernoctado en Villa Biarritz, entre viejas pitucas que sacaban a pasear cuzquitos y porteros exageradamente bien vestidos. Luego le mostraba un apartamento en Pocitos y otro en el Parque Rodó. Volábamos, por supuesto. Lo primordial era estar cerca del agua, le decía. Él, que durante años también vivió en una ciudad con mar, asentía comprensivo. Y Montevideo volvía como una manzana en la que yo no lograba señalar exactamente la curva que dibuja la bahía. La manzana era verde. Y yo era consciente, rabioso, de que me estaba olvidando de la Rambla Sur.

Me desperté y fui a Google Maps.

jueves, septiembre 23, 2010

Buenos modales

Mahinda nos cuenta durante el almuerzo que en Sri Lanka es de mala educación pasarse un cuchillo de mano en mano. Así, la costumbre quiere que para darle un cuchillo a alguien, se proceda a colocarlo en un lugar neutro (por ejemplo una mesa), para que su destinatario pueda tomarlo. Pienso en cuántos intentos de asesinato por arma blanca terminan en suicidio y me río solo. Mahinda me mira sin comprender. Encuentro una excusa razonable y el almuerzo prosigue. Tema siguiente: el terrorismo en Francia.

*

Título ambiguo: El canto del cuchillo.

domingo, septiembre 19, 2010

Pasos

Se acaba de ir Camélia Jordana y su non non non (combien de fois faut-il vous le dire avec style : je ne veux pas sortir au Baron ?). Trivial. Tan trivial como un diploma de honor, remedo de medalla, campeonato de bolita y margaritas sobre una mesa no servida aún. Ya sé, no me digás, tenés razón, se parece mucho a un primer paso y esto no va en clave de escupir en la sopa. Pasa que estaría tan bien no salir de la burbuja (je ne veux pas prendre l’air, non non non), quedarse tras la gran máscara, servirse otro vino y brindar con los amigos.

Sí, se parece mucho a un gran paso y esto no es ni proverbio chino (toda gran travesía...) ni cuento chino (impostura, gran mesa, micrófono cof cof, detallar una travesía del desierto como si –desde la otredad– fuera algo más que pelusa en un ombligo ajeno).

Tristes ejercicios que, en otro sector, he frecuentado durante años de errancia académica. Aburre.

Pero como un milagro y casi sin quererlo, un día rumbeás para la universidad y te enterás de que George Martin va a dar una charla. Luego de corroborar quince veces el afiche, anulás la visita a la biblioteca y te dirigís casi corriendo al anfiteatro y como en un sueño te lo cruzás, en la puerta del anfiteatro, ecce homo, alto, enorme, ganas de abrazarlo y agradecerle, mil veces agradecerle porque los Beatles son lo mejor que le ha pasado musicalmente a la humanidad en el siglo 20 (je ne veux pas l’oublier, non non non), pero guardás la compostura galicista, ni siquiera lo saludás y te sentás donde podés. Y entonces el tipo se manda una conferencia sobre la evolución de los métodos de grabación, con una humildad que de nuevo te dan ganas de ir y abrazarlo y agradecerle, tratarlo de maestro, de genio, pero nada, compostura, muchas preguntas, el tipo es realmente sencillo, maestro.

Y todo esto fue hace seis años. Luego, y antes también, luego hubo otras mesas y tarimas, cualquiera tiene una opinión (je ne veux pas m’en passer) y –se sabe– la plaza pública es generosa.

Imposible no poner Beatles ahora (suena Revolution, en el show de David Frost). En fin, primer paso pero, internamente, alegría medida que se parece mucho a la satisfacción.

viernes, septiembre 10, 2010

Naturaleza

La Reserva de Fauna de Saint Maurice tiene 784 km2 de superficie. Frente a mí, a pocos metros, el lago Brown, uno de los 245 que se reparten el territorio de la reserva, se prepara para la tormenta.

Pasamos de la pieza de hotel con jacuzzi en Roberval (ciudad que, al igual que el lago Saint Jean, no vale absolutamente nada) a un chalet frente al lago, desde cuyo generoso balcón, mientras como cerezas, escribo esta postal. A mi izquierda, los vecinos esperan la tormenta junto a un fogón. Los niños cantan, animados por su madre. A unos doscientos metros veo el kayak del otro vecino, el japonés simpático y conversador, que salió inconscientemente a pasear con su hijo.

Estos han sido, por lejos, los mejores días de nuestras vacaciones. Este es uno de los tantos parques y reservas gestionados por la Sepaq y pese a su superficie tiene sólo 27 chalets, 4 refugios, 4 campos rústicos y 90 plazas de camping.

Pero tanta cifra es inútil para describir esta experiencia, trivial para muchos pero asombrosa para citadinos eternos como nosotros. Al llegar al chalet, luego de hacer la penosa ruta de 27 km que separa la recepción de los chalets de este lago, descubrimos una ardilla robando algo en la puerta. Apenas nos vio y ya nosotros no la vimos más. 

El chalet está completamente equipado y todo funciona a la buena voluntad del propano, incluida la heladera. La mujer de la recepción se rió sinceramente cuando pregunté si había electricidad. Se entiende que el resto del check-in fue muy distendido. Cuando nos mostró el mapa de la reserva sonrió ante mi mano que recorría la superficie y mi pregunta de si todo eso era la reserva.

Hemos comprobado a qué punto Canadá sabe lo que hace en materia de protección natural y en qué medida los canadienses se comportan de manera acorde: el sistema funciona porque sus usufructuarios son por demás razonables.

Lago Brown entonces. Cinco chalets de este lado. Tres en la otra punta, a 7 km, junto a la vivienda del gardien, un ruso macanudo que nos trató todo el tiempo de franceses (los rusos y Francia, toda una historia). 

Los mosquitos son en realidad mini vampiros. Sólo el DEET los frena. Para gran tranquilidad de un aracnofóbico, todo el chalet está protegido con mosquiteros, incluso este balcón techado.

Hemos visto ardillas, sapos, águilas sobrevolando el lago, patos salvajes enseñándole a sus crías a huír del peligro, pájaros de todo tipo, y hasta osos negros en estado salvaje que van a comer a un lugar acondicionado para placer histérico de unos pocos infantes y cámaras. En una noche que no conocemos, oímos aullidos que parecían de lobo y un graznido nervioso que no teníamos registrado. El eco generado por las colinas que rodean el lago, pobladas por bosques, creó el resto del misterio.

Cada chalet tiene un bote propio. Hay también un kayak y una canoa, que utilizamos con ganas, para uso general. Todos tenemos equipamiento apropiado: chalecos salvavidas, extintor, repuestos de toda índole, provisiones mínimas.

Dentro de unas horas, arrastrados odiosamente por esa rutina que es la vida, deberemos deshacer el camino, abandonar la extrema belleza de la reserva para dirigirnos a Trois-Rivières, mañana a Montréal, el avión, París, otra vez el cemento y la aglomeración de neurosis.

Cada vez me convenzo más de que nuestro destino es un poco Walden, una casa de madera sin mayores pretensiones, junto a un lago y rodeada de bosques de pinos.

jueves, septiembre 02, 2010

Some candy talking

Ya se habrá visto cómo en el mejor tema de Jesus and Mary chain el cantante lleva la melodía con un tempo que nace lento, casi arrastrándose con la pandereta que suena a lo lejos, un tempo que nace tímido y luego va engordando poco a poco como una ola que viene de lejos. En un momento llega la mejor parte, ya se huele la bruma salada, and I talk to the filth and I walk to the door, la ola se levanta como una cobra, como el cantante que se endereza frente al micrófono, I'm knee deep in myself but I want to get more, la voz grave se hace desear un segundo más, of that stuff, y la ola blum, enorme, rendida de placer, se derrumba contra el estudio de grabación y deja los últimos rastros color escarcha antes de hacerse amiga de las alfombras, antes de irse a los rincones y más allá de las rendijas de las puertas, a morir en soledad.

jueves, agosto 26, 2010

La Schutzstaffel en Uruguay

En 1975 Serge Gainsbourg publica la canción S.S. in Uruguay. Bajo el sugerente título se esconden la visión de un Uruguay refugio de nazis y todos los lugares comunes sobre los cuales, con lucidez, canta el Cuarteto de Nos en No somos latinos.

S.S. in Uruguay, sous un chapeau de paille je siffle un jus de papaille avec paille. Esta canción, pegadiza, casi trivial y tonta, con los clásicos coros gainsbournianos de mujeres cantando un francés con acento británico, se ve saturada de sombreros de paja, jugos de papaya tomados con pajita, el sol omnipresente.


Curiosa miniatura de Gainsbourg (a quien se le perdonan largamente ésta y otras burradas, tanto como a Voltaire cuando hablaba de geografía), forma parte de un conjuro denominado Rock around the bunker, cuyas tierras pueblan grandes canciones como Nazi rock o Yellow star.

Dejaré de lado la polémica que causó el disco, muy mal recibido en la época, por la acidez –a la Vian– inherente al tratamiento musical de los temas cantados. Yellow star, por ejemplo, es lo más parecido a un mal comercial de juego de quiz, en el que Gainsbourg canta que se ganó la estrella amarilla y termina diciendo “difícil para un judío la struggle for life cuando lleva la estrella amarilla”. Que un judío se burle de los judíos siempre me ha generado un cierto respeto (cf. sketch del gran Desproges "On me dit que des juifs se sont glissés dans la salle ?"). Dejaré de lado igualmente la versión de S.S. in Uruguay que hace Julien Doré, especie de Taddei o Johansen francés.

Et toujours ces couillons qui parlent d'extradition. Mais pour moi pas question de payer l'addition...

Cuando escuché este tema por primera vez (hace por lo menos cinco años), me reí de la letra. Luego, hace algo así como un año, cuando se descubrió que el ángel de la muerte pernoctó en tierras orientales, no me causó ninguna gracia. Gainsbourg no lo sabía: eligió Uruguay por la sonoridad y sin saber que, como dice su tema, Mengele tampoco pagó la adición.

domingo, agosto 22, 2010

La ruta de las ballenas

Tadoussac alimenta su eterna modorra en el encuentro del río Saint-Laurent y el fiordo de Saguenay. Decir que los paisajes son majestuosos no significa arriesgar una hipérbole. Entre los locales, mayormente caucásicos, se encuentran algunos indígenas innus, que venden artesanías y pieles con una amabilidad seca pero franca que da gusto. Las estatuas antropomorfas, vagamente africanas, retuvieron toda nuestra atención.

En la zona del fiordo de Saguenay ingresamos -sin saberlo- en un Guiness turístico, modesto orgullo local: el Hotel Tadoussac es el más antiguo de la región; el fiordo es el más meridional; la bahía de Tadoussac es una de las más bellas del mundo (lejos de conocerlas todas, apostaría a que es cierto); la capilla indígena es la primera capilla de madera de América del Norte. Agrego modestamente a esta lista las cerezas: las mejores que he comido en mi vida.

Dos excursiones nos permitieron conocer el fiordo, el Parque Nacional de Saguenay (imperdible) y asistir al espectáculo en el que belugas, focas y rorcuales, ajenos a tantas embarcaciones, nadan sus rutinas para asombro de niños y no tan niños. Hubo, incluso, una baleine à bosse y una orca, algo insólito según la guía de la excursión, ecologista a muerte cuyas exclamaciones y semi gemidos frente a los cetáceos me llevaron a imaginarla en otras situaciones, Dios nos libre y guarde.

Típico balneario para amantes de la naturaleza. A la noche refresca y a las veintidós horas hasta los restaurantes tienen sueño. Los dos pubs del pueblo son tan animados como las emisiones de El gaucho solo, si se me permite la anacronía. Por los mozos piolas y la comida abundante y sabrosa, no hay mejor restó en la zona que el Café Bohème.